Bailarina / Ballarina / Dancisto

Mi amiga Carme, que de pequeña hacía ballet, me pidió un dibujo de una bailarina. Carme me pidió que la bailarina fuera un homenaje a Carmen Tórtola Valencia (1882-1955), pues —aparte de compartir nombree— siempre ha sentido una especie de amor o deseo por la artista y insistía en que le hubiese gustado haber vivido los días de la Belle Époque a su lado, pues, aunque ella no lo reconozca y su marido no lo sospeche, Carme tiene una tendencia sáfica que se mantiene oculta a duras penas.

A mí, la tal Tórtola Valencia siempre me ha recordado a Mata Hari, por lo que decidí no hacerle caso y tirar por el camino fácil, aprovechando un fragmento de una pintura de Edgar Degas.

Tórtola en 1929, retratada por B.A. Gil

Como debí suponer, no le gustó. y el cuadro me lo quedé yo. Para disculparme de Carme y en homenaje a su musa os ruego que leáis los textos siguientes y recapacitéis sobre ellos. Amen.

Técnica: Lapiz de colores + acuarelas

Iba en un paso rítmico y felino / a avances dulces, ágiles o rudos, / con algo de animal y de felino… / La bailarina de los pies desnudos / Su falda era la falda de las rosas, / en sus pechos había dos escudos… / constelada de casos y de cosas… / La bailarina de los pies desnudos. / Bajaban mil deleites de los senos / hacia la perla hundida del ombligo, / e iniciaban propósitos obscenos / azúcar de fresa y miel de higo. / A un lado de la silla gestatoria / estaban mis bufones y mis mudos… / ¡Y era toda Selene y Anactoria / la bailarina de los pies desnudos!
Ruben Darío, 1912

Las manos de Tórtola / Tus manos son cual dos palomas blancas / de tu hermosura en el radiante cielo / porque el poder de tus miradas francas / las detuvo en su vuelo. / Senderos son de gloria / tus dos brazos / y son tus manos / mágicas y bellas, / de esas dos cintas de sutiles lazos / dos broches de estrellas. / Son terribles, sagradas y piadosas: / con tus uñas clavadas en mi cuello / moriría, creyendo que dos rosas / con sus espinas fieras y celosas / señalaban mi muerte con el sello / de las muertes gloriosas.
Pío Baroja, 1914

Tiene al andar la gracia del felino, / es toda llena de profundos ecos, / anuncian sus corales y sus flecos / un sueño oriental de lo divino. / Los ojos negros, cálidos, astutos, / triste de ciencia antigua la sonrisa, / y la falda de flores una brisa / de índicos y sagrados institutos. / Cortó su mano en un jardín de Oriente / una manzana del árbol prohibido / y enroscada a sus senos la serpiente / devora la lujuria de un sentido sagrado / Mientras, en la tiniebla transparente / de sus ojos, la luz pone un silbido.
R. M. del Valle-Inclán, 1922

Un fuego de rubíes todo tu cuerpo inflama / diríase que sangre te corre por sudor… / La pasión de tus ojos ha encendido su llama / y toda tú te abrazas en un fuego de amor… / Si Salomé volviese de los infiernos rojos / (donde es flor de las llamas su ardiente corazón) al sentir en sus ojos el fuego de tus ojos / diría que el infierno está en tu corazón. / Y luego, cuando viese tu danza de los velos / sentiría el tormento del fuego de los celos / y en vez de la sangrienta cabeza de Johanan / ¡Pediría tu alma al Tetrarca Satán!
R. Gómez de la Serna, 1925

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