La historia del imperialismo moderno, tan firme y tan seguro de sí mismo a la muerte
de la reina Victoria de Gran Bretaña, no había durado ni el lapso de una vida humana
(por Ejemplo, la de Winston Churchill, 1874-1965). (HOBSBAWM, Eric. Historia del siglo XX)
Cualquier obra humana tiene su origen en unos intereses más o menos filantrópicos; puede estar pensada como algo totalmente desinteresado o bien puede orientarse hacia el objetivo de conseguir el mayor beneficio posible. Si observamos en conjunto la historia del hombre, ésta nos parecerá una sucesión de estrategias de alcance mundial para conseguir territorios, poder, prestigio, cosechas, esclavos o materias primas. Las víctimas en un momento determinado suelen ser los verdugos en otro, y sin duda los verdugos habrían actuado de otro modo en unas circunstancias diferentes. Sin embargo, hay una entidad más grande que el ser humano que juzga las acciones de éste; evidentemente no hablo de Dios, hablo de la opinión pública.

Hoy en día la opinión pública parece más manipulable que nunca, sobre todo debido al bombardeo constante de información por todos lados, pero en el fondo no es así. Actualmente la situación no es muy distinta de lo que era hace unos cuantos milenios, cuando, entre las paredes de adobe de Mohenjo-Daro, las matronas cotilleaban al atardecer mientras el sol se ocultaba más allá del valle del Indo.

Ha llovido mucho desde entonces, y las discusiones de ciudadanos en el ágora de cualquier polis griega se han trasladado a la opinión pública actual, nacida en los tiempos de la ilustración, que conforma una extraña combinación de control y libertad. A lo largo de los años la Opinión (en mayúsculas) sólo era accesible a los ciudadanos instruidos, pero hay un momento entre los siglos XVIII y XIX, que se coloca una semilla que fructifica de manera que, a partir de la segunda mitad del XIX, toda la población tendrá acceso a dicha Opinión. Son los medios de comunicación e información los que modelan el mundo, los que transmiten lo que hay que saber y los que influyen en la llamada opinión publica dirigiéndola hacia uno u otro lado.

En la primera mitad del XIX la renovación de la prensa multiplicó las publicaciones que llegaban al público. El interés creciente de este público aumentó y repercutió en un aumento de la tirada… Si a todo esto añadimos un desarrollo de las noticias de ámbito político, una reducción de los costes de publicación, la evolución de la técnica tipográfica, la invención de nuevas prensas, la mejora en los transportes y la telegrafía eléctrica. ¿Qué tenemos? Mucho, pero no todo, falta una pieza esencial: el periodista.
Evidentemente el «periodista» ya existía, pero faltaba algo que lo acercara a la sociedad, que lo convirtiera en un «aventurero», que interesara al lector por sus peripecias.
Las agencias de prensa (principalmente Havas en Francia, Wolffen Alemania, Reuter en el Reino Unido, Associated Press en Estados Unidos) se repartieron distintas áreas de influencia y, cada una con su estilo particular, proporcionaron información a los periódicos de todo el mundo. Estos periodistas de finales del XIX («Aventureros, brillantes, mistificadores, imaginativos hasta el exceso, golfos…”, en palabras de Manuel Leguineche) se convirtieron en verdaderos personajes de novela, aunque, curiosamente, todavía no aparecen habitualmente en estas.

En la segunda mitad del XIX hay pocos casos de periodistas-protagonistas de novelas. Tenemos por ejemplo los dos corresponsales que cubren la invasión tártara de Rusia verniana de Miguel Strogoff (1876): el francés Alcide Jolivet (no sabemos para qué agencia trabaja, ya que el autor no lo dice en ningún momento) y el inglés Harry Blount del Daily Telegraph. Pero en el fondo Jolivet y Blount son personajes anecdóticos, aparecen y desaparacen pero no obtienen en ningún momento el protagonismo; al contrario de lo que sucede con los innumerables buscavidas que trabajan en los periódicos de la calle Grub y que aparecen en la novela de George Gissing, New Grub Street (1891). Este grupo de personajes fracasados son unos periodistas que se encuentran en pañales, en la antesala de lo que serán más tarde; sobreviven y aún no se atreven utilizar la noticia como herramienta para cambiar el mundo, aunque el autor ya tiene claro lo que pasará en breve ya que afirma que la prensa «es una maquinaria para arruinar el país«.

Tampoco podemos olvidarnos de Bel Ami (1885) de Guy de Maupassant, donde se nos presenta a George Duroy, un periodista que engloba en su persona las características que conforman el imaginario colectivo del periodismo hasta la actualidad: antihéroe, aventurero, investigador, con cierto encanto, perdedor, romántico, sin escrúpulos…
Quien también habla de periodistas es Mark Twain, aunque en este caso el autor estadounidense se dedica sobre todo a desmitificar a los mismos, ya que él fue periodista y conocía las luces y sombras del oficio. En sus libros Twain hace aparecer periodistas sin escrúpulos, sinvergüenzas, dispuestos a todo por unas monedas, cínicos y aventureros… O sea, todos los lugares comunes de lo que sería el periodismo literario y cinematográfico del siglo XX.

Mark Twain fue periodista e incluso llegó a dirigir un diario, pero en realidad aparece en este artículo porque conoció y apoyó a uno de los protagonistas de la lucha periodística contra las grandes potencias coloniales: Edmund Dene Morel.
A la metrópolis llegaban noticias de las colonias, pero en el fondo al habitante metropolitano le importaba bien poco lo que pasaba en las posesiones de ultramar. Hay un detalle aportado por Philipp Blom (citando a Bernard Porter) en la que nos cuenta que los niños en la escuela no jugaban a colonizadores y zulúes, sino a ingleses y romanos.
Los periodistas y las potencias coloniales intervinieron en una monumental partida de ajedrez a cuatro (o cinco o seis) bandas. Una partida que se desarrolló durante todo el siglo XIX y que dio como resultado el reparto del pastel colonial africano y asiático.
Pero, ¿Cuál es la razón del inicio del imperialismo colonial? Tradicionalmente se han detallado tres factores que pueden considerarse como su origen: Una superproducción debida a la Revolución Industrial, el aumento considerable de la población europea y una rivalidad creciente entre las potencias que obligó a explorar nuevas situaciones estratégicas. A estas tres causas debemos sumar la necesidad de materias primas que ya no eran proporcionadas por una América autónoma.
Evidentemente estas cuatro razones son sólo una pista de lo que sucedió y el porqué de su rapidez. Podemos añadir otras causas que también influyen en el resultado final: la unificación de Alemania, el prestigio que proporciona la conquista de nuevos territorios, las nuevas ideologías nacionalistas que estaban a favor de la expansión, el aumento del volumen de productos manufacturados, la búsqueda de nuevos mercados, etc.

Las tendencias económicas capitalistas fueron esenciales para autores como Hobson, quien opina que la causa principal que origina el imperialismo es el excedente de capital que no puede invertirse de manera lucrativa en el propio país y las grandes empresas lo solucionan invirtiendo en lugares donde hay menos competencia y la mano de obra y las materias primas son más baratas. Pero hay otros autores que niegan específicamente esta relación entre imperialismo y capitalismo (E.J. Hobsbawm) e incluso los hay que dan más importancia a motivaciones eminentemente políticas de tipo estratégico y diplomático (Wolfgang Mommsen y David Fieldhouse).
Esta última tesis también fue apoyada por Henry Brunschwig, quien considera determinante para la expansión africana de Francia la derrota sufrida en la guerra franco-prusiana, hecho que originó en ambientes militares y gubernamentales una urgente necesidad de recuperar el prestigio perdido.

Por tanto las causas son muchas y cada una de las potencias eligió sus propias excusas para iniciar el proceso colonial y avanzar hacia el imperialismo: para los rusos la colonización era la esencia de su historia; los españoles fueron a América para manifestar su grandeza; para los portugueses su expansión era el símbolo de su audacia; los ingleses querían dominar los mares y dejar su huella en todo el mundo; los franceses creían que el mejor que podía aspirar cualquier hombre, nacido donde hubiera nacido, era ser considerado ciudadano francés…
Iniciada la expansión africana, las potencias se apercibieron que todas querían lo mismo y que no había pastel para todos. Estos conflictos se dirimieron en la Conferencia de Berlín (1885), convocada bajo la excusa del antiesclavismo y prometiendo medidas humanitarias. Allí estuvieron representadas veintiuna potencias europeas más el Imperio Turco y Estados Unidos, y en ella se establecieron las bases del reparto del continente africano, se determinó la libre navegación marítima y se concretó la libertad de comercio en toda África.
¿Cómo quedó el continente africano después del reparto? Alemania obtuvo lo que actualmente es Camerún, Togo, parte de Ghana, Burundi, Ruanda, Tanzania y Namibia; Bélgica lo que hoy en día es la República Democrática del Congo; España el protectorado de Marruecos, Sahara Occidental, la zona que va del Ifni a Marruecos y lo que hoy en día es Guinea Ecuatorial; Francia dominaba Argelia, Túnez, Marruecos, Mauritania, Senegal, Mali, Guinea, Costa de Marfil, Níger, Burkina Faso, Benin, Gabón, República del Congo, Chad, Yibuti, Madagascar y las Comores; Italia obtenía Libia, la zona de Eritrea y Somalia; Portugal controlaba Angola, Mozambique, Guinea Bissau, y las islas de Cabo Verde y Santo Tomé y Príncipe; Los británicos dominaban Egipto, Sudán, Kenia, Uganda, Sierra Leona, Gambia, Ghana, Zimbabwe, Zambia, Botswana, Nigeria, Unión Sudafricana y Malawi. ¿Quién se libra? Sólo Liberia y Etiopía.
Y algo similar pasó con Asia, aunque la presencia de imperios fuertes como el chino, el otomano y el japonés hizo que las actuaciones de las potencias europeas fueran más cautelosas; las colonias se convirtieron en protectorados y la expoliación se camufla bajo la forma de concesiones comerciales autorizadas por los gobernantes del país.
En América, siguiendo los postulados de la llamada doctrina Monroe (sintetizada en la frase de John Quincy Adams «América para los americanos«), los Estados Unidos inician su expansión a costa de México (1845), Hawái (1874), Panamá (1895) y finalmente Cuba, Puerto Rico y Filipinas (1898).
Pero, como hemos dicho, el gran pastel de la colonización fue África; las costas africanas llevaban siglos siendo exploradas/explotadas pero el interior continuaba virgen. A partir de 1870 se inició su conquista, por lo que, cuando alguna potencia europea detectaba ganancias en alguna zona de África, se enviaban unos representantes que obtenían los derechos de explotación a través de tratados con los nativos. Los primeros en avanzar dentro del continente africano fueron franceses e ingleses, pues sus posesiones se remontan al siglo XVIII. Pronto llegaron belgas, alemanes, italianos y españoles, de manera que, en 1914, Liberia era el único paso independiente. Esta nueva política expansionista se llamó Imperialismo. Esta palabra era un neologismo que no se incorporó al vocabulario político hasta los alrededores de 1870 y no se generalizó hasta la última década del siglo. Hobson dice que en 1900 la palabra está «en labios de todo el mundo […] y se utiliza para indicar el movimiento más poderoso del panorama político actual del mundo occidental«. Pronto este término salido de la política introdujo cada vez más en la cultura popular.
Los diarios, publicaciones, folletos y novelas por entregas reproducían lugares lejanos y exóticos al mismo ritmo que el hombre blanco los conquistaba
Tenemos a Lord Greystoke, que se convierte en Tarzán (¿o es al revés?) y al tiempo en «rey de los salvajes», pues nadie puede imaginar a un blanco entre negros que no terminaría dominándolos.

También hay que señalar a un miembro de la familia imperial china que, después de la rebelión de los Boxers (1899), se rebela contra las potencias extranjeras y acaba convirtiéndose en el diabólico Fu Manchú, malvado entre los malvados, representación del «peligro asiático»

Y no podemos olvidar Allan Quartermain, el «gran cazador blanco», que pasa su vida en África y representa una rara avis, pues su punto de vista y sus actuaciones no pueden ser considerado coloniales y en sus aventuras se acerca más a la postura de los nativos que a sus compañeros ingleses.

¿Alguien más? Si, el príncipe Dakkar de la India, tras la revuelta de los cipayos de 1857, adopta el nombre de Capitán Nemo y mantiene una lucha constante e interminable contra el imperio británico, combatiéndolos por todo el mundo…

Pero no sólo de pulp vive el hombre, por lo que autores más «serios» como Kipling y Conrad muestran a los ciudadanos del mundo occidental los aspectos negros de la sociedad colonial. Gracias a ellos (y a las novelas por entregas, a los funcionarios destinados a las colonias, a los periodistas, a los soldados que volvían del servicio y las relaciones comerciales) nuevas palabras y conceptos se introducen en la sociedad europea, así como nuevas espiritualidades, influencias artísticas y aspectos de nuevas culturas.
En El Jardín secreto (1910) de Frances Hodgson Burnett, se nos explica que cuando Mary, una niña de nueve años, llega de la India a casa de sus familiares en Inglaterra. Una vez allí, tiene una conversación con la criada en la que se ve claramente la visión que se tenía de las colonias entre las clases populares de Europa. La conversación se desarrolla en los siguientes términos:
«-Si claro. Ya veo que es muy distinto –contestó con simpatía- Supongo que será por la cantidad de negros que hay junto a los respetables señores blancos. Al principio, cuando me enteré de que venía usted de la India, creí que usted también sería negra.
Mary se incorporó de la cama furiosa.
-¿Cómo? –Exclamó-. ¡Cómo! ¡Creíste que yo era una nativa! ¡Una hija de cerdos!
Marta la miró acalorada.
-¿Pero qué palabrotas son estas? No sé por qué se enfada tanto; una señorita como usted no debería usar este vocabulario. Yo no tengo nada contra los negros. Cuando una se informa sobre ellos, se da cuenta de que son muy religiosos. Siempre he leído que en un negro hay un hermano. Nunca he visto una persona de color negro, y estaba muy ilusionada pensando que ahora vendría una. Cuando encendí el fuego esta mañana, moví un poco la sábana, pero ni siquiera es usted morenita como yo… ¡Pues no está usted paliducha!”

Pero, tal como he dicho antes, en esta partida de ajedrez de alcance mundial no sólo participan estados, potencias, militares y capitalistas; también tienen mucho que decir periodistas y escritores. Estos últimos están ubicados en uno u otro bando y mantienen posturas colonialistas o bien, por el contrario, luchan con todas sus fuerzas contra los abusos. Son ellos los que dirigen la opinión pública en una u otra dirección, podríamos decir que son los influencers del siglo XIX.
Hay muchos y cada uno de ellos interviene de manera diferente; enumeraré algunos ejemplos que pueden servir de modelo general:
John L. O’Sullivan.
El imperialismo estadounidense surgió a partir de multitud de ideas diferentes, pero una de ellas es el mesianismo. Este primer jugador de la partida mediática creía profundamente en lo que predicaba, por lo tanto podemos discrepar de él debido a sus ideas, pero no podemos sino admirar su coherencia. O’Sullivan escribió en 1845 en el United States Magazine and Democratic Review un artículo donde afirmaba que los Estados Unidos eran un pueblo elegido por Dios y tenían un destino que ya estaba predeterminado: la expansión por toda América. O’Sullivan dio nombre a su doctrina: Destino Manifiesto, y este consistía, además de la expansión territorial, extender la libertad y la democracia y la ayuda a las razas inferiores.

Esta visión mesiánica mezclada de nacionalismo complementa la expansión económica que mantendrá Hearst, y ambos conforman dos ejemplos perfectos del periodismo que, desde el bando del imperialismo, trabajaron para orientar la opinión pública hacia las tesis expansionistas. Sin embargo la opinión pública no veía con buenos ojos esta expansión sobre todo por dos razones. Una de ellas era la memoria histórica, ya que la misma existencia de los Estados Unidos se debía a la rebelión contra otra potencia: el Reino Unido; la otra razón era más pragmática: la constitución de Estados Unidos no preveía las colonias y, como máximo aceptaba territorios; territorios que debían acabar como estados de pleno derecho de la Unión. Pero a pesar de esta oposición, el debate se dirigió hacia el lado de los que tenían el poder mediático y finalmente una gran mayoría de la población creyó este destino manifiesto; ya que, ¿Quiénes eran ellos para ir en contra la voluntad de Dios?
William Randolph Hearst.
El segundo jugador de la partida es el periodista y empresario estadounidense William Randolph Hearst. A este personaje es complicado incluirlo en uno u otro bando, aunque el sentido común nos empuje a englobar en «el equipo imperialista». No obstante Hearst es un ejemplo claro de la frase marxista (de Groucho, no de Karl) que afirmaba que si no nos gustaban sus principios, tenía otros.

Hearst fue el inventor de la llamada prensa amarilla o sensacionalista, la neutralidad no era su fuerte y sólo tenía un interés: vender cada vez más periódicos. Por esta razón se dedicó a publicar artículos incendiarios contra Leopold II rey de los belgas cuando Henry I. Kowalsky, el agente del rey en San Francisco, fue despedido y, a falta de dinero, vendió a Hearst toda la correspondencia que había mantenido con Leopold. Evidentemente Hearst habría hecho lo contrario si hubiese ganado unos miles de dólares con el hecho de ir a favor de Leopold.

Hearst, por interés, se enfrentó a los sueños imperialistas de los belgas (o al menos de su rey), al tiempo que potenció, animó y dio forma a la expansión americana a costa de las últimas colonias españolas. Desde el New York Journal, Hearst se dedicó a difundir día sí y día también, las atrocidades españolas contra el pueblo cubano. Hearst, como una especie de Catón el Viejo, convirtió España en su Cartago particular, y pedía constantemente la intervención estadounidense en la isla. El presidente McKinley no estaba convencido, pero la oportuna explosión del Maine con 256 víctimas, hizo que el congreso autorizara la intervención en Cuba. ¿Altruismo? No soy quien para juzgar los motivos de Hearst y sus acólitos, pero la ocupación de Cuba llevó al control de las compañías azucareras y personajes como Rockefeller fundaron sucursales del National City Bank por todo el Caribe.
Las proclamas y artículos de Hearst fueron una pieza más del imperialismo estadounidense del XIX, ya que decantaron la opinión pública hacia una dirección favorable a los intereses económicos y expansionistas de las élites americanas.
Rudyard Kipling
Si nos dirigimos al otro lado del Atlántico y de allí saltamos hasta la India, nos encontramos otro defensor del imperialismo, en este caso el británico Kipling.
Kipling fue un conocido escritor, un notable poeta. Rehusó ser nombrado Caballero y la Orden al Mérito (el mayor honor que puede recibir un súbdito inglés) y en 1907 recibió el premio Nobel de literatura… pero sin duda de lo que estaba más orgulloso es que se le conociera como «el escritor del Imperio»; ya que realmente lo era (uno de sus primeros poemas «The White Man’s Burden«, de 1899, es un alegato imperialista que justifica, e incluso lo considera un deber sagrado, el dominio blanco sobre las «razas inferiores»).

Pero lo que realmente Kipling mostró al lector británico fue su propia visión de la India, y esa visión era una visión reaccionaria. En sus novelas (por ejemplo Kim) o en sus cuentos (cualquiera de ellos) se vislumbra un hecho: la realidad india exigía la tutela del Imperio Británico. La sensación que transmitía Kipling era que la soberanía que se ejercía sobre la población india era lo que daba sentido a su propia existencia, como si ellos no pudieran llevar adelante su país sin la benevolente y protectora autoridad británica.
En realidad Kipling no iba muy equivocado con relación a la postura que mantenían los ciudadanos de la India con la reina. El 2 de agosto de 1858 ésta fue nombrada soberana de la India y sólo unos meses después se publicó un decreto donde se indicaba que la reina mantendría los derechos, la dignidad y el control sobre sus posesiones en todos los principados indios y, además, a todos ellos se les consideraba súbditos británicos con las mismas obligaciones, derechos y deberes que un carnicero de Cardiff o un obrero textil de Leeds, a condición de que estos reconocieran que habían perdido sólo un derecho, aunque esencial: el autogobierno. Y la razón de esto, expresada por los funcionarios gubernamentales destinados a la India, era muy clara: los indios eran incapaces de gobernarse a sí mismos.

Kipling opinaba lo mismo que estos funcionarios, creía firmemente en lo que escribía y estaba convencido de que el sistema colonial que él conocía (su economía, funcionamiento y sociología) era absolutamente natural y no podía concebir que la Europa Blanca no tuviera el derecho a dominar, someter y educar al resto del mundo, compuesto por razas inferiores que no habían salido aún de una infancia cultural; y no lo decía sólo él, había una serie de científicos (Cuver y Knox sobre todo, pero también Darwin) que clasificaban los pueblos humanos en categorías.
La separación de clases que aparece en sus novelas y cuentos es tanto o más estricta que las propias castas de la India. Para Kipling no existe un conflicto entre la amistad que pueda tener una persona con un «inferior» y el servicio a la colonia; la segunda pasaba siempre por delante. No existe conflicto porque «es así como debe ser», y porque pensaba que lo mejor que podía pasarle a la India era ser gobernada por Inglaterra.
Joseph Conrad
Siguiendo los pasos de Kipling (o más bien, caminando a su lado) encontramos el escritor polaco nacionalizado británico Joseph Conrad. Son pasos similares y distintos a la vez, ya que Conrad es totalmente consciente de lo que hace y escribe, y sabe de las virtudes y los pecados del colonialismo. Conrad denuncia sus atrocidades en obras como El Corazón de las Tinieblas, aunque lo hace de una forma sesgada y sin enfrentarse a ellas, al contrario de como lo hizo su amigo, el diplomático Sir Roger Casement.

Pero no podemos quitarle el mérito de la denuncia, sobre todo por el hecho de mostrar aspectos donde dejaba medianamente claro que el colonialismo no era una empresa de aventureros románticos, sino que el frío mundo de los negocios se había adueñado de toda la maquinaria colonial. Pero Conrad era hijo de su tiempo y de su cultura, y su punto de vista era también imperialista y opinaba que la huella de la cultura Europea era beneficiosa para los «pueblos conquistados», y que estos pueblos (inferiores en todo a los blancos europeos) sólo podían aspirar a ser gobernados con benevolencia, pero gobernados al fin y al cabo. Además, ellos, los súbditos de Su Graciosa Majestad, lo tenían fácil para adaptar las rudimentarias monarquías de los países africanos a algo más grande: la monarquía imperial, «omnisciente, omnipotente y omnipresente», en palabras de Terence Ranger.

Esto mismo hicieron los alemanes con la figura del káiser, aunque no pudieron hacerlo los franceses en sus colonias, ya que la tradición republicana era prácticamente inexportable a los pueblos africanos.
H. G .WELLS
Al contrario de los dos autores anteriores, H.G. Wells llenó sus obras de pistas contrarias al imperialismo. La Isla del Dr. Moreau puede leerse como una metáfora del imperialismo europeo, donde el científico que domina la raza medio humana medio animal de la isla, sería la imagen del colonizador.

En La Guerra de los Mundos está aún más clara esta metáfora, ya que los marcianos que atacan Londres lo hacen a imagen y semejanza de las potencias occidentales que, gracias a sus poderosos ejércitos, dominaron y se repartieron los continentes africano y asiático: «Antes de juzgarlos con excesiva severidad debemos recordar que nuestra propia especie ha destruido completa y bárbaramente no tan sólo a especies animales, como el bisonte y el dodo, sino razas humanas culturalmente inferiores. Los tasmanienses, a despecho de su figura humana, fueron enteramente borrados de la existencia en una guerra exterminadora de cincuenta años, que emprendieron los inmigrantes europeos. ¿Somos tan grandes apóstoles de misericordia que tengamos derecho a quejarnos porque los marcianos combatieran con ese mismo espíritu?”.
Esta fue la jugada maestra de Wells, no compartir la visión idílica del imperialismo y mostrar lo que puede llegar a sentir la orgullosa metrópoli de Londres, capital del imperio más grande que han visto los siglos, cuando es conquistada y convertida en una colonia de unos seres técnicamente superiores a los humanos. Finalmente los marcianos son derrotados por unos minúsculas bacterias… otra lección de humildad que nos sirve Wells.
Edmund Dene Morel
Aquello que Wells denunció a través de sus novelas y cuentos de manera subliminal, el periodista británico de origen francés, Edmund D. Morel, lo denunció de una manera directa, sin paliativos.

Su tarea fue denunciar las actuaciones en la colonia productora de caucho del Congo, dominio personal del rey de los belgas, Leopold II. Si Morel estaba obsesionado y aterrado por el terror que se vivió en el Congo, Leopold lo estaba por ganar cada vez más dinero, sin importarle la pérdida de vidas humanas. El régimen de terror instaurado por los funcionarios belgas consistía en dominar totalmente a la población nativa, en retener por la fuerza a las mujeres e hijos de los trabajadores, al cortar las manos de estos si los hombres no cumplían con las cuotas de producción, en violaciones indiscriminadas y asesinados intimidatorios, etc.
Morel, representante de una compañía naviera de Liverpool, descubrió los hechos a partir de los cargamentos de armas y munición que salían de Bélgica con destino al Congo. A través de sus indagaciones averiguó la verdad del Congo: no era más que una gran empresa privada del rey que gracias a la esclavitud y dominio de los nativos hacía ganar millones de francos. A partir de entonces Morel inició una campaña a través de artículos periodísticos, conferencias y entrevistas con personajes importantes, para denunciar los hechos y conseguir el fin del régimen de Leopold II en el Congo. Fundó el periódico West African Maily, y junto con Sir Roger Casement, fundó la Congo Reform Association en 1904.
Casement era un diplomático enviado por el gobierno británico a investigar que había de verdad en las palabras de Morel. En 1903 viajó al Congo y fue testigo directo de las atrocidades. El informe que hizo a Foreing Office fue lo que necesitaba Morel para aumentar la contundencia de su discurso.
Las acciones de Morel tuvieron efecto primero en personajes influyentes y luego en la opinión pública general. A través de mítines en Francia, Inglaterra y Estados Unidos, miles de personas fueron conscientes de las atrocidades; personalidades de todo el mundo (incluso belgas, como Emile Vandervelde) y personajes como Sir Arthur Conan Doyle, Mark Twain, Anatole France, el propio presidente Theodore Roosevelt o el secretario del Foreing Office Sir Edward Grey, le apoyaron.
Estos apoyos ayudaron mucho, pero también levantaron sospechas sobre si Morel no era más que un agente a sueldo del gobierno británico o americano para encontrar una excusa que proporcionara a británicos o americanos la ocupación del Congo. Además, muchos católicos creían de buena fe en la labor evangelizadora de los belgas en el Congo, y no apoyaron Morel pensando que favorecía los intereses de misioneros protestantes.
Cientos de artículos y varios libros hicieron cada vez la bola más grande, hasta que el propio Leopold contraatacó moviendo hilos para intentar cambiar el enfoque de los periódicos, y en algunos casos lo consiguió. Pronto huvo periodistas favorables a sus intereses, pagó conferenciantes, creó grupos de opinión y basó su estrategia en una guerra de medios.
La guerra mediática la ganó Morel, ya que Leopold se centró en personajes de la élite dejando de lado el público general, mientras que Morel llegó a estos mismos personajes sin olvidarse de los lectores «de la calle»; incluso algunas jugadas del rey (como por ejemplo cuando despidió a su agente en San Francisco, Henry I. Kowalsky, quien vendió a Hearst la correspondencia privada que habían mantenido) le salieron al revés.

Finalmente la presión de las otras potencias (sobre todo Reino Unido y Estados Unidos) hicieron que en 1908 el Congo se convirtiera en colonia belga dejando de ser un dominio personal del rey. Incluso Morel, antes de morir, reconoció que las reformas llevadas a cabo por los funcionarios coloniales habían mejorado mucho la situación de los nativos.
Podría seguir con más ejemplos de escritores y periodistas de uno u otro bando en cualquier conflicto, ya que durante los últimos años del XIX, y a lo largo de todo el XX y el XXI la prensa pasó de decir que «Lord Jones ha muerto” a gente que no sabía que Lord Jones estaba vivo —como dijo muy oportunamente Chesterton (1874-1936)— a concentrar los disparos en un espacio muy pequeño y repetirlos sin parar, ya que las masas «únicamente recordaran aquellas ideas más sencillas que se repitan mil veces”, como explicaba de manera lamentablemente cierta, Adolf Hitler.
Esta frase de Hitler es algo que han aprendido todos los populismos del mundo y lo saben llevar a cabo de manera muy eficaz, mucho mejor que las matronas que cotilleaban al atardecer entre las paredes de adobe de Mohenjo-Daro, mientras el sol se ocultaba más allá del valle del Indo.
BIBLIOGRAFIA
- BLOM, Philipp (2010). Años de vértigo. Cultura y cambio en Occidente, 1900-1915. Anagrama
- COHN, Bernard S. (1983), “Representación de la autoridad en la India Victoriana”. A: HOBSBAWM, Eric, La invención de la tradición. Crítica
- CORTES Lopez, Jose Luis (1984). Introducción a la historia de África negra. Espasa
- FERRO, Marc (2003). Diez lecciones sobre la historia del siglo XX. Siglo XXI
- FIGUEROLA Garreta, Jordi (1998) L’imperialisme. UOC
- GENTILI, Anna Maria (2012). El león y el cazador. Historia del África subsahariana. CLACSO
- GISSING, George (2007). La nueva Grub Street. Alba Editorial
- HITLER, Adolf (2016). Mi lucha. Real del Catorce
- HOBSBAWM, Eric (2012). Historia del siglo XX. Crítica
- HOBSBAWM, Eric (2009). La Era del Imperio 1875-1914. Crítica
- HODGSON Burnett, Frances (2013). El jardí secret. Viena Edicions
- JAMPOLER, Andrew (2013). Congo: The miserable expeditions and dreadful death of Lt. Emory Taunt. USN. Annapolis: Naval Institute Press.
- LEGUINECHE, Manuel (1998). Yo pondré la guerra. Aguilar
- LOZANO, Alvaro (2016). XX, un siglo tempesuoso. La Esfera de los Libros
- MATEOS Martín, Oscar (2005). África,el continente maltratado. Cristianisme i Justicia.
- MAUPASSANT, Guy de. (2006). Bel Ami. Cátedra
- RANGER, Terence (1983), “El invento de la tradición en el África colonial”. A: HOBSBAWM, Eric, La invención de la tradición. Crítica
- SAID, Edward W. (2001). Cultura e imperialismo. Barcelona: Anagrama
- SAMPSON, Robert D. (2003). John o’Sullivan and his times. The Kent State University Press
- VERNE, Julio (2005). Miguel Strogoff. Alianza Editorial
- WELLS, H.G. (1999). La guerra de los mundos. Unidad Editorial
- WELLS, H.G. (2000). L’illa del Dr. Moureau. La Magrana





