SIRI, mi asistente personal (o no)

¿Qué eres? Soy SIRI. ¿Quién eres? Sólo soy SIRI, tu humilde asistente virtual.   

Después de esta clara evasiva no me atreví a preguntarle nada más; ya me había dicho lo que es (o lo que nos quiere hacer creer que es): un asistente, una ayuda, un diccionario, un buscador… un atajo para conseguir una información que podríamos encontrar por otros medios; es ridículo tenerle miedo a un diccionario o una especie de archivador.

Cuando queremos tomar una decisión a veces encontramos la solución (o lo que creemos que es la solución) a partir del sentido común (tal como suele decirse: el camino de la doxa), pero otras veces necesitamos la ayuda de aquello a lo que podríamos llamar institución, que habitualmente estará especializada en el problema concreto que nos preocupa (y también suele tener más recursos que nosotros).

No son las dos únicas opciones, también hay una que es más rigurosa, la científica, y una más especulativa, la filosófica (e incluso una tercera, aquella que sólo se basa en algo tan difuso como la fe: la religiosa).

Una no es mejor que otra, pero una es más eficaz que la otra y, sintiéndolo mucho, debo afirmar que el sentido común no es el mejor camino (la fe, aún lo es aún menos, pero no quiero perderme por estos senderos que no llevan a ninguna parte).  

En el año 2014 Spike Jonze (1969) dirigió la película Her, donde Theodore establece una relación profundamente amorosa con su asistente virtual, Samantha, y cae en un error bastante común: humanizar un objeto. Cuando los ordenadores ocupaban habitaciones enteras y nos hablaban por medio de tarjetas perforadas, era difícil humanizarlos (aunque en la ficción pronto aparecieron computadoras que nos hablaban de tú a tú, como por ejemplo el HAL 9000 de 2001: A Space Odyssey). 

Pero SIRI nos habla con una voz femenina y se comporta como si realmente fuera una persona y, al igual que la Samantha que enamora a Theodore, podemos creer de manera sumamente fácil que es un ser humano, independientemente de lo que parece. Es por esta razón que tenemos derecho a preguntarnos qué define a una persona; ¿El cuerpo? ¿La mente? ¿El habla? ¿El razonamiento?

¿SIRI tiene alguna de estas propiedades, o sólo nos hace creer que las tiene? Ella, como todo aquello que pertenece al ciberespacio, es una entidad física descorporizada que consigue lo que los gnósticos siempre desearon: trascender el cuerpo (la cárcel) para penetrar en el espacio conceptual.  

Ya sabemos que no tiene cuerpo, sin embargo, ¿tiene inteligencia? SIRI no puede razonar, no tiene mente. No es un ser humano, pero está programado para simular que lo es (por eso suele evadir las preguntas directas sobre qué es o quién es). Recordemos que «disimular» es fingir que no se tiene lo que en realidad se tiene, mientras que «simular» es fingir tener lo que no se tiene.

En cualquier caso la realidad no varía, simplemente esconde. A ojos profanos, SIRI puede ser sorprendente, pero no es más que uno de los últimos peldaños de una cadena de proyectos de inteligencia artificial como Parry, Eliza o SHRDLU, que desde la década de los 60 han intentado superar el llamado Test de Turing y convertirse indistinguibles de un ser humano, o sea, virtualmente humanos. Y esta posibilidad nos aterroriza: la creación de una máquina indistinguible de nosotros y que, como consecuencia de ello, superior a nosotros.

 

La «comodísima» interfaz gráfica de Eliza

Desde finales del XIX sabemos, gracias a Sigmund Freud (1856-1939), que muchas cosas que tienen lugar en nuestras mentes son inconscientes; muchas actividades humanas se realizan sin que intervenga la conciencia, entonces, ¿podemos decir que una máquina es consciente? La idea de Alan Turing (1912-1954) era idear un test que determinara si una máquina pensaba; hay quien considera este test como algo absurdo, ya que no sirve para distinguir un pensamiento que sea diferente del pensamiento humano; ninguno de nosotros diría que un chimpancé no piensa, pero un chimpancé nunca pasaría el Test de Turing. Si un «animal pensante» no puede pasarlo, ¿por qué tiene que hacerlo un «ordenador pensante«? Y en caso de que pase el test, ¿esto significa que piensa o que ha «simulado» que piensa? 

No importa el resultado final, la tecnología aterroriza a un porcentaje muy elevado de humanos, y si la tecnología aparenta ser más lista que nosotros, este porcentaje aumenta.  

En 1947 se publicó en la revista Astounding Science Fiction un relato de Isaac Asimov (1920-1992) titulado Little Lost Robot, donde el autor desarrolla lo que se ha denominado complejo o síndrome de Frankenstein, o sea el miedo de la humanidad a los robots aunque estos estén programados para protegerlo y no tengan la posibilidad de hacerle ningún tipo de daño. Esta premisa ha estado presente desde que Herón de Alejandría (circa 10 dC – circa 75 dC) escribió su Περὶ αὐτοματοποιητικῶν (Sobre la construcción de autómatas), o tal vez incluso antes. 

Ilustración de Ralph McQuarrie. Publicada en I, Robot, de Isaac Asimov


A lo largo de los siglos la literatura nos ha recordado que cuanto más perfecta sea la creación humana, más fácil será que se rebele y quiera obtener su libre albedrío («tú eres mi creador, pero yo soy tu dueño» se lee en Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary W.Shelley).

Una prensa mecánica puede matar a un obrero, pero una prensa mecánica con inteligencia, puede decidir matar a un obrero, y es entonces cuando la tecnología se convierte en aquella personificación del Moloch devorador de trabajadores retratada en Metrópolis (1927), que ejemplifica la desconfianza en relación a la tecnología, un recelo que viene de lejos y que, a pesar de que se agudizó con la revolución industrial o con las primeras cadenas de montaje, en la antigua Grecia ya era considerada como algo que perturbaba la armonía de la naturaleza. 

Moloch, el devorador

En el periodo que va de la Edad Media a la Ilustración, esta desconfianza perduró y con el llamado movimiento ludita, a inicios del XIX, se llegó al extremo de querer destruir las máquinas para evitar la pérdida de trabajo debido a la su introducción en las industrias. Pero el ludismo no se queda en la anécdota de un simple movimiento obrero, ya que muchos pensadores del XIX y del XX (e incluso del XXI) muestran una tecnofobia generalizada.

Lewis Mumford (1895-1990) opina que la tecnología no sirve a los humanos, sino que se aprovecha de ellos para sus propios intereses, y la única solución es crear una especie de bioética que proteja los valores humanos y oriente la tecnología en hacia ellos. Una opinión similar la tenía Ortega y Gasset (1833-1955) cuando advertía del peligro de esclavitud del hombre moderno ante la tecnología.

Otros autores, como Jürgen Habermas (1929), proponen mejorar la comunicación hombre-naturaleza, evitando el diálogo con la técnica, considerando este como algo imposible. Una opinión distina (y bastante más discutible) es la de John Zerzan (1949) que propone una especie de vuelta al paleolítico para recuperar aquella «… dorada estirpe de hombres mortales» (“χρύσεον μὲν πρώτιστα γένος μερόπων ἀνθρώπων”) haciendo suyas las palabras de Hesíodo en Ἔργα καὶ Ἡμέραι” (Los Trabajos y los Días).

Zerzan llega al extremo de rechazar todas las máquinas y cualquier tipo de tecnología, incluso la agricultura. Sin duda se trata de un argumento muy radical y osaría decir que además bastante ridículo; como muestra sólo hay que buscar una fotografía de John Zerzan y advertiremos sorprendidos que utiliza gafas.   

Estas posturas pueden ser rechazadas sólo con la simple observación: la automatización ha crecido en todo el mundo, la productividad ha aumentado y, desgraciadamente, la mayoría de la gente tiene más facilidad para acceder a la tecnología que a la comida o los medicamentos (hoy en día cualquier niño de 14 años del tercer mundo que posea un smartphone tiene más información disponible en el momento que el presidente de Estados Unidos hace treinta años). ¿Qué hemos ganado? Hacer mucho más trabajo con menos esfuerzo. Esta es la clave: el esfuerzo. 


Las máquinas no nos han desplazado, sino que hacen que aquellas tareas repetitivas y poco imaginativas que nos tenían encarcelados, desaparezcan; las máquinas, y SIRI entre ellas, hacen por nosotros lo que nos resulta un esfuerzo. Podemos preguntar a SIRI qué hora es donde vivimos o, si tenemos curiosidad, en Chicago o la Isla de Pascua (que por cierto, es la misma que en Chicago, lo he preguntado a SIRI y me lo ha confirmado). SIRI sólo es un asistente, un atajo como ya he dicho.   

La tecnología ha buscado desde su inicio la máxima eficiencia (y aquí asimilo la rueda y el microchip de silicio) y ha buscado satisfacer las necesidades humanas y, a la vez, incrementar el nivel de bienestar. Esto también lo reconoció Ortega y Gasset quien, además de advertir del peligro de esclavitud del hombre moderno ante la tecnología, nos recordaba la afirmación de que el hombre «…no tiene empeño alguno por estar en el mundo. En lo que tiene empeño es en estar bien» y este es el trabajo de la tecnología y el progreso científico, que sirven esencialmente para vivir mejor (no somos animales que aceptamos simplemente «existir», los humanos queremos «vivir» tener más tiempo para imaginar, crear, disfrutar… amar) y por eso la humanidad se esfuerza por disminuir el esfuerzo.

Ortega se pregunta dónde va a parar este ahorro de esfuerzos, se cuestiona sobre qué hacemos de él, y decía que el hombre puede dedicarse a «una serie de quehaceres no biológicos, que no le son impuestos por la naturaleza, que él se inventa a sí mismo» o sea simplemente «vivir». Decidir que se quiere hacer con la propia vida humana, actuar de manera más productiva o menos, más imaginativa o menos, más razonable o menos. 

Homo habilis intentando conectarse a la WIFI

Por lo tanto de sus palabras podemos interpretar que la técnica (considerando ésta bajo el aspecto de un martillo, una brújula, el gran colisionador de hadrones del CERN de Ginebra o nuestra humilde servidora SIRI) es lo que hace humano al hombre, lo que le da la humanidad y la eleva de la animalidad. Esta afirmación puede discutirse; hay quien duda que el Homo faber haya sustituido el Homo Sapiens o incluso habrá quien nos dirá que la aparición de las primeras herramientas de piedra no marcan la separación entre el género homo y los homínidos que le precedieron. Los que mantienen estas hipótesis suelen considerar que el hito que marca el inicio de la humanidad es la conciencia de la propia existencia, el hecho de pensar en el futuro, prever lo que sucederá y, sobre todo, tener un sentimiento espiritual en hacia la muerte.  

Parte de razón tienen; sabemos que tanto el Homo ergaster como el Homo habilis usaban herramientas, pero ¿eran humanos? El hecho de pertenecer al género Homo y utilizar herramientas los clasifica automáticamente como humanos; pero, si es así, ¿qué hacemos con los homínidos anteriores? No son humanos, pero se ha demostrado que utilizaban herramientas, por lo tanto esta distinción entre unos y otros no nos sirve. 

Hoy en día parece claro que la aparición de las herramientas se debe a la necesidad de su uso, no debido a la inteligencia de quien las crea. La industria lítica es un paso avanzado de un proceso más ecológico que biológico, por tanto, en cierto modo, podemos considerar que la herramienta no es el elemento diferenciador entre lo humano y lo animal, ya que fue el hecho de abandonar la seguridad silvestre y encontrarse en la sabana inhóspita lo que obligó al homínido a «inventar» las herramientas de piedra. El Australopithecus ya las usaba, y hay muchas posibilidades de que los antiguos homínidos forestales las fabricaran a partir de materiales efímeros como ramas, hojas, tallos y otras materias vegetales. 

Sin abandonar el razonamiento, osaría decir que no es el hecho de construir una herramienta (los pájaros construyen nidos) sino que es el hecho cultural de transmitir el conocimiento de la construcción lo que nos hace humanos. Me atrevería hacerlo, pero no lo haré, ya que se ha demostrado que un chimpancé que aprenda a utilizar una herramienta concreta, enseñará cómo funciona ésta a los individuos que lo rodean. Por tanto vuelvo a estar en un callejón sin salida: La cultura definida como información que se transmite tampoco nos hace humanos. 
No quiero abandonar las herramientas, ya que creo firmemente que son ellas las que inician la «chispa» de la humanidad y las creencias religiosas son un paso más en la humanización. Hoy en día aún ignoramos si el fenómeno religioso es una conciencia evolutiva o una invención para explicar fenómenos desconocidos. Una postura muy común, que Lucrecio en De natura rerum versifica (versos 1723-1728) es la siguiente: “¡Oh raza de los hombres sin ventura! ¿Cuando a los dioses concedió existencia  y los armo de cólera inflexible, cuantos gemidos asimismo entonces, qué heridas nosotros, y qué llantos a nuestra descendiencia ocasionaron?

Continuando con nuestro razonamiento, tampoco sabemos si esa capacidad para crear técnicas que nos liberan de trabajos pesados es lo que nos hace humanos —incluso no sabemos si realmente somos lo suficientemente humanos o si nos acercamos a lo que ya se denomina transhumanismo. El transhumanismo es una de las tecnofilias más extendida actualmente; nos habla de la posibilidad de superar las carencias humanas mediante la tecnología (superar el envejecimiento, las capacidades intelectuales, etc).    

El transhumanismo es una clara señal de esperanza en el futuro de la humanidad que, al contrario de lo que creen los tecnofóbicos, propugna una evolución eminentemente humana de la sociedad, que une de manera definitiva la herramienta y el ser humano ya que, como he dicho antes, somos lo que somos por la tecnología y gracias a ella el Homo connectus será el paso siguiente del Homo faber (por cierto, aunque se use, la expresión Homo connectus es erronea, ya que en realidad debería ser Homo connectens, pues el participio de connecto es connectens, la forma connectus no existe en latín). 

Transhumana a punto de ser «conectada»

 

Pero el transhumanismo cae también en un fallo humano: dar preferencia a los sentimientos frente la razón. Las predicciones de 1957 afirmaban que en diez años el campeón mundial de ajedrez sería un ordenador, las de 1965 predecían que en veinte años las máquinas harían todos los trabajos que podía hacer un hombre y en 1982 se decía que alrededor de 1990 los ordenadores tendrían sentido común y podrían mantener una conversación con un ser humano. Evidentemente las especulaciones pueden ser correctas, únicamente el periodo de tiempo es demasiado corto. 

El transhumanismo peca de lo mismo. Todo llegará, claro está, pero tenemos que ir avanzando sin miedo a la tecnología y acercándonos cada vez más a una sociedad similar a aquella que fue imaginada por Gene Roddenberry (1921-1991); una sociedad en que la ciencia y el hambre de conocimientos es lo que mueve la humanidad, y no el dinero o el poder (para conocer más de la economía en el universo de Star Trek, es muy interesante el artículo de Rick Webb The economics of Star Trek, que puede leerse aquí, o el curioso libro de Manu Saadia, Trekonomics de 2016).

¿Y mientras eso llega? Siempre podremos preguntar la hora a SIRI, y seguro que nos contestará.     

BIBLIOGRAFIA   

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