Locke y la aparición de la tolerancia en Europa

Aunque pueda parecer relativamente curioso, la tolerancia europea (y por ende, la mundial) nació de la esclavitud agraria, de las guerras de religión y las cacerías de brujas. Bueno, en realidad no es exactamente asi, quizá exagero un poco, pero tampoco estoy muy equivocado; vayamos por partes.      

John Locke, aunque este es el de Lost

Podemos detallar dos fenómenos socioeconómicos que afectaron profundamente la Europa Moderna (que, según la división clásica de Cristoph Keller sería el período que comprende los siglos XV a XVIII): Uno de ellos es el desplazamiento del eje comercial del Mediterráneo al Atlántico y el otro es la división territorial del trabajo en el ámbito agrícola.  

Debido a la creciente demanda urbana hubo un aumento de producción de cereales, esto originó una carrera comercial en la que los países del oeste del continente no pudieron competir en precio respecto a los del este, ya que en ellos se seguía manteniendo la llamada Segunda Servidumbre (es un término acuñado por Engels, que lo definia como un tipo de pre-capitalismo). Esta esclavitud camuflada permitió a esos paises reducir costes, gracias a que el campesinado vivía casi en régimen de esclavitud y por eso era rentable el cultivo de grandes extensiones de trigo.    

Por tanto, en esa época, podemos dividir los pueblos europeos en tres grandes grupos:   

1. La Europa libre del régimen feudal, donde los campesinos gozaban de libertad jurídica. En ella los señores feudales tenían una potestad jurisdiccional y las obligaciones tributarias eran meramente simbólicas. Corresponde aproximadamente con la Península Ibérica, la Italia Meridional, la Francia Mediterránea, parte de Inglaterra y los Países Bajos.

2. La Europa en que persistía un régimen feudal «suave», donde se mantenían los derechos jurisdiccionales y el pago de unos cánones no-simbólicos. Se trataría de la mayor parte de Francia e Inglaterra.  

3. La Europa totalmente feudalizada, donde los campesinos no tenían libertad, dependían totalmente de su señor y la explotación de los terrenos era de una servidumbre similar a la medieval. Correspondía a toda la Europa al este del rio Elba.  

Estos tres modelos territoriales se repartían en unas zonas más o menos claras y, ya que la expresión «al este del Elba» es imprecisa en sí misma, quisiera aclarar que se refiere a los territorios del Sacro Imperio Romano Germánico en donde aparecía la transición entre la Grundherrschafty la Gutsherrschaftr, o sea entre los señoríos de tipo occidental y los de tipo oriental. A partir de esa zona de transición la llamada Segunda Servidumbre está  vigente, sobretodo a orillas del Báltico, en el Imperio Ruso, en los Principados Rumanos y entre los otomanos.   

Esta Segunda Servidumbre no era una refeudalización, ya que esto sugiere una «vuelta atrás”; en realidad, a diferencia de la servidumbre feudal, los cultivos tenían un destino que no tuvieron las antiguas reservas feudales: la exportación al mercado internacional.  

Estas tres divisiones anteriores crearon el caldo de cultivo para dividir Europa en dos bandos religiosos por una razón muy simple: la religión en la Europa Moderna era algo que conformaba el andamiaje de la sociedad. La confrontación religiosa no es una simple discusión teológica; su trascendencia y repercusiones ha llenado todos los aspectos de la vida europea hasta la actualidad.   

El inicio del conflicto lo encontramos en la insatisfacción creciente ante lo que se consideraba una degeneración de la Iglesia romana. Podemos considerar el año 1517 como el punto de inicio, en el momento en que se exponen en la iglesia de Wittemberg (Sajonia) las célebres noventa y cinco tesis de Martín Lutero en contra les indulgencias papales. Es entonces cuando empieza la Reforma, que pronto se extendió por la Europa atlántica y septentrional (Luteranos: Alemania y países escandinavos y bálticos; Anglicanos: Islas Británicas; Calvinistas: Suiza y zonas de Francia, Países Bajos y Escocia).  

Con el Concilio de Trento (1545-1563) se fijaron las posiciones frente a los planteamientos de Lutero y se desencadenó la lucha militar contra el protestantismo y la llamada Guerra de los Treinta Años (1618-1648).  

A este conflicto, en el que participaron las grandes potencias europeas, se sucedieron una infinidad de conflictos menores como, por ejemplo, las revueltas de los campesinos alemanes (1523-1526) frente a las demandas fiscales de los príncipes. Todos estos conflictos, en su inicio, se basaban en algunos puntos esenciales de la reforma, por ejemplo la ausencia de intermediarios entre el Cielo y la Tierra o la creencia que la única servidumbre era para con Dios y no ante la nobleza; pero pronto la propia reforma se volvió en su contra y como consecuencia de ello los reformadores protestantes modificaron sus planteamientos iniciales y determinaron la existencia de intermediarios entre Dios y los hombres, introdujeron de nuevo las corvees, una palabra derivada del francés corvée, que se corresponde a les prestaciones en trabajo por parte de los campesinos en tierras del señor.   

En la ilustración puede leerse: «Taille, Impôts et Corvées»,

No se trataba de una verdadera imposición señorial, sino que eran una forma de pago a cambio del arrendamiento de la tierra, pero sin duda convirtieron al campesino en una especie de esclavo hasta la primera mitad del XIX cuando, debido a la combinación de la revolución francesa, el capitalismo económico y la revolución industrial, la esclavitud agraria se convierte en esclavitud industrial.  

Este no fue el único conflicto de la época ya que fue en ese momento cuando se iniciaron las cacerías de brujas.

Se trataba de una creencia antigua, pero en pocos decenios las supersticiones de las clases populares pasaron a gobernantes, eclesiásticos y eruditos, y esto hizo que todas las tensiones sociales y religiosas encontraran un chivo expiatorio: la bruja. ¿Dónde apareció esta histeria colectiva? Evidentemente en Europa se mantenían ritos paganos, cultos a divinidades luni-solares, hadas o ninfas… Michelet, siguiendo su habitual “historiografía romántica”, afirma que el cristianismo victorioso eliminó la aristocracia olímpica, pero no pudo con los pequeños dioses y diosas de cuevas, riachuelos, bosques, colinas y estanques.  

Jan Van der Velde, La bruja (1626)

Freud decía que los cristianos estaban “mal bautizados” ya que al rascar la ligera capa de barniz que los recubre debajo siempre encontramos su pasado politeísta.

Todo esto hizo que pareciera que el diablo estruviera por todas partes, y el ambiente del Concilio de Trento por un lado y la difusión del Malleus Maleficarum por otro, hizo que tanto católicos como protestantes se pusieran todos de acuerdo en condenar a personas por brujería.

Evidentemente hubo muchos aspectos que influyeron en la locura colectiva, pero la crisis económica agrícola, la inflación, el crecimiento demográfico y los conflictos religiosos, junto con la lucha entre el orden establecido y las herejías, la desencadenaron.

Aquel que va contra el orden establecido no es el revolucionario del XIX; en el XVII sigue siendo un hereje; como dice Tenenti: “[…] En la Europa del siglo XVI muy pronto se convirtió en hereje todo aquel que no era partidario de la propia fe”, y continua afirmando que para la inquisición española eran herejes, por ejemplo, todos los habitantes de los Países Bajos y la religión fue la excusa de los soberanos para imponer sus intereses a campesinos descontentos o a príncipes rebeldes. Era una excusa, claro está, ya que, sigue diciendo: “…en lo esencial puede afirmarse con seguridad que los intereses estatales y nacionales se impusieron cada vez más por encima de las exigencias confesionales.”  

Entre 1550 y 1650 se produjeron unas 50.000 ejecuciones y aproximadamente 100.000 procesados, y todo terminó cuando los mismos inquisidores dejaron de creer en brujas y el escepticismo ganó terreno. Entonces desaparecieron las brujas, pero los herejes continuaron, ya que estos ya no se encontraban simplemente en el bando contrario, ya que se convirtieron en herejes los erasmistas católicos para la iglesia de Roma o los arminianos para los protestantes, por ejemplo.

Al igual que en la época medieval, la herejía estaba a la orden del día; podemos decir que si bien la reforma subvirtió el orden católico y la contrarreforma quiso contrarrestarlo, ambas se combinaron para actuar de manera similar y, como la Reforma llegó a mucha gente en un periodo muy corto de tiempo, no hubo una verdadera asimilación y el pueblo se encontró en que no podía expresar su fe de manera libre. La intolerancia religiosa no apaciguó hasta el siglo XVIII, en una Europa dividida en varias religiosidades y sociedades diferentes.  

Tendremos que esperar hasta 1690, con la publicación de la Carta sobre la tolerancia de John Locke para que en toda Europa lleguen las nuevas ideas, que señalan claramente, de una vez por todas, la separación de la iglesia y el estado. Esta es la consecuencia más importante de la reforma, la contrarreforma, las guerras religiosas y las revoluciones de la Europa moderna; es la aparición de un hombre que representa el inicio de la verdadera modernidad.  

John Locke, ¡este si!

Las palabras de Locke podrían haberse pronunciado hoy mismo… aunque, pensándolo bien, es necesario que alguien las pronuncie hoy mismo: «Digo que es una sociedad libre y voluntaria. Nadie nace miembro de una Iglesia, de lo contrario, la religión de los padres y de los abuelos perviviría en cada hombre por derecho hereditario, lo mismo que sus propiedades, y cada uno debería su fe a su nacimiento: no se puede pensar nada más absurdo que esto. Las cosas, por tanto, están como sigue. El hombre, que por naturaleza no está obligado a formar parte de ninguna Iglesia, ni ligado a una secta, entra de forma espontánea en la sociedad en la que cree haber encontrado la verdadera religión y el culto que agrada a Dios. La esperanza de salvación que encuentra, siendo la única razón para entrar en la Iglesia, es también el criterio para permanecer en ella. Si con posterioridad descubre alguna cosa errónea en la doctrina o incongruente en el culto, tiene que tener siempre la posibilidad de salir de la Iglesia con la misma libertad con la que había entrado. Pues, en efecto, fuera de los que están unidos por la esperanza de la vida eterna, ningún otro vínculo puede ser indisoluble. Una iglesia es, pues, una sociedad de miembros unidos voluntariamente para este fin».

BIBLIOGRAFIA

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