Sin duda Newton estaba predestinado a iluminar las tinieblas; en su tumba puede leerse «Hic depositum est, quod mortale fuit Isaaci Newtoni», o sea, “aquí yace aquello que era mortal de Isaac Newton”. pero es que, además, Newton fue aquel a quien el poeta Alexander Pope le escribió un maravilloso epitafio que rezaba “Nature and nature’s laws lay hid in night; God said ‘Let Newton be’ and all was light” («La naturaleza y sus leyes yacían ocultas en la noche; Dios dijo: “¡Hágase Newton!” y todo fue luz»).
Por razones más que obvias no se permitio que se colocara esta frase en el monumento que tenía dedicado en la abadía de Westminster.
¿Exagerado? En realidad no; Newton describió la ley de gravitación universal, la teoría sobre el color, el cálculo infinitesimal, las tres leyes del movimiento, la demostración de que hay leyes que gobiernan los cuerpos celestes, construyó el primer telescopio reflector… en fin, es complicado elegir un descubrimiento científico que sea esencial para el desarrollo del pensamiento moderno; todos lo son dentro de su campo, pero creo que hay algo que debemos a Newton y realmente modifica la manera de ver el mundo: el mecanicismo. La mecánica mueve el mundo; hay leyes que lo describen.
Newton unificó los movimientos celestes con los terrenales y gracias a sus leyes podemos explicar cómo se moverá una bala de cañón, un cochecito de un niño, una manzana caída de un árbol o aquel plato que nos cae al suelo justo cuando la hemos terminado de limpiar (nunca antes); pero estas mismas leyes nos explican el movimiento de los planetas y otros cuerpos celestes. Podríamos decir, siendo un poco irreverentes, que Newton incluyó a la física aquel principio hermético que afirmaba “quod est inferius es sicut quod est superius, et quod es superius es sicut quod est inferius”.
El gran mérito de Newton no es esta identificación de movimientos, sino un hecho que se deriva de él: el universo es comprensible; es complejo, pero cognoscible, hay leyes que lo pueden describir. Newton es el triunfo del empirismo.
A partir de Newton, el ser humano obtiene una nueva visión del mundo que le rodea, una visión mecanicista, ordenada, determinista. Dios ya no es el centro del universo, pero el hombre que había ocupado durante un tiempo aquel lugar, también se aparta para permitir la entrada de las matemáticas y de la física. Las fórmulas son quienes describen el mundo y son el verdadero oráculo que nos cuenta cómo es, cómo fue y (lo más importante) cómo será. Ya no es necesario confiar todo a Dios, al hombre le basta con su intelecto para conocer aquello lo que le rodea.
A partir de Newton y del desarrollo de sus Principia, se refuerzan todas las ciencias a lo largo del siglo XIX: matematización y cuantificación de la electricidad, desarrollo de la química, nuevos criterios de clasificación a la historia natural, creación de la biología tal como la conocemos … esa es una de sus huellas: introducir el análisis matemático en el estudio de la naturaleza y hacer que, según las acertadas palabras de Bernard Cohen “todos los razonamientos que se apliquen a los movimientos mayores deberían aplicarse también a los menores”, de manera que la naturaleza sea “en extremo simple y conforme consigo misma«.
Esta simplificación pretende que todo funcione como un reloj que, en lugar de engranajes, tiene moléculas y átomos; el mecanicismo que ya defendió Galileo, Descartes, Kepler, y Copérnico, llegó a su cima con Newton. Gracias a él podemos afirmar que, por el hecho de conocer la posición y la velocidad en un momento dado de todas las partículas de un sistema, podemos determinar todos sus valores pasados y futuros. Para Newton esto era la prueba que Dios había organizado el universo, pero también que el hombre tiene en sus manos el poder de un dios, ya que es capaz de conocer el presente, pasado y futuro. Esta idea, más que proporcionar euforia, en el fondo es pesimista, ya que si se puede conocer todo gracias al cálculo, no hay libertad, ya que todo está predeterminado.
Esta paradoja es conocida como «el demonio de Laplace» (aunque parece ser que Laplace jamás utilizó el término “demonio”, sino que habló de una “intelligence… Rien ne serait incertain pour elle, et l’avenir, comme le passé, serait présent à ses yeux”, pero es mucho más efectiva la palabra demonio en este contexto, e incluso más comercial).
Laplace nos explica que podríamos llegar a imaginar a un ser que sea capaz de conocer la situación de todas las partículas del universo. Pues bien, este ser, gracias a las ecuaciones de Newton, podría conocer todo lo que ha pasado y pasará desde el Big Bang al Big Crunch y esto nos lleva a la misma pregunta que antes: si todo está predeterminado donde está la libertad individual?
Hoy en día sabemos, gracias a la mecánica cuántica y las múltiples teorías del caos, que el azar también interviene, pero con eso no basta para desbaratar el fatalismo intrínseco en esta idea determinista… pero no nos preocupemos, en realidad ya se ha demostrado (con mayor o menor fortuna) la incongruencia del demonio de Laplace y el indeterminismo de las ecuaciones newtonianas. Por ejemplo son muy interesantes, a favor y en contra, los argumentos de David Wolpert –Argumento de la Diagonal de Cantor– y de David Deutsch – La Estructura de la Realidad, publicado por Anagrama.
Pero claro, este personaje que es el Demonio de Laplace tiene sus límites. Todos (bueno… solo los que han visto la película) recordamos al Dr. Strange calculando en unos instantes los 14.000.605 futuros posibles para elegir el único en que gana al perfido Thanos. Pero 14.000.605 es un número muy elevado, pero finito, comprensible y manejable. El Demonio de Laplace calcula un número infinito de variables, y existen límites para una cantidad infinita de información: la entropía máxima del universo, la velocidad de la luz y la cantidad de tiempo necesario para mover esta información a través de la longitud de Planck… En fin, que la cifra resultante, creedme, es cercana a 10120 bytes (un 1 seguido de 120 ceros) y -creedme de nuevo— es una cifra muy alta.
Si imaginamos un supercomputador construido con toda la materia del universo conocido y que se hubiese puesto en marcha en el mismo momento de la creación del universo, hace 15.000 millones de años, supuesta fecha de ocurrencia del Big bang, obtendríamos (con la fórmula de Bremermann) estos 10120 bits, por tanto se trata de un cálculo que no puede ser computado en el tiempo que ha transcurrido desde la creación del universo.
Ahora bien, hecha la ley hecha la trampa; podemos imaginar que el Demonio de Laplace ocupa un o varios universos paralelos o dimensiones alternativas, de manera que pudiera determinar los datos pertinentes y hacer los cálculos necesarios en un tiempo y espacio mayor… pero también podemos pensar que somos libres y que, cuando elegimos qué tomar de postre un jueves para cenar, tomamos nuestra decisión según lo que realmente nos apetece (y tengamos en casa, en ese momento, claro está). ¿Qué es más fácil creer? Sin duda que miramos lo que hay en casa de postre antes que pensar que tomamos nuestra decisión gracias a la posición de unas partículas computadas por un ser supranatural.
BIBLIOGRAFIA
- Carroll, S. (2015). Desde la eternidad hasta hoy: En busca de la teoría definitiva del tiempo. Madrid: Debate.
- Claro, F. (2008). De Newton a Einstein, y algo más. Santiago: Ediciones UC.
- Cohen, I. B. (1983). La revolución newtoniana y la transformación de las ideas científicas. Madrid: Alianza Editorial.




