La teoría de los diferentes géneros literarios fue propuesta por Aristóteles en su Poética. Según él, existían tres géneros principales: la épica, la tragedia y la lírica, por tanto cualquier otro género o modalidad es una combinación o relación de estos tres y de sus relaciones con otras artes.
Hay obras literarias que parten de una obra de arte y por supuesto existen obras de arte que tienen como tema la literatura, pero en el fondo basarnos en esto sería una consideración simplista; en realidad tanto los géneros literarios como las artes plásticas comparten intenciones y producen sensaciones similares.
A partir del helenismo, se establece un paralelismo entre las distintas ramas del arte, de tal manera que se aplican habitualmente los mismos criterios creativos para combinar distintos géneros o artes. Recordemos la frase que Plutarco atribuye a Simónides de Ceos que aparece en su obra De gloria Atheniensium: «la pintura es poesía muda y la poesía una imagen que habla».

Este pensamiento afirma que la poesía participa de la idea del eikôn (imagen) de la misma manera que la pintura y la escultura. ¿existe esta relación que los une? Kant diferenciaba entre artes mecánicas y estéticas y Zimmermann hablaba de artes de representación material y de representación perceptiva… pero todas están relacionadas en cierta manera, por eso podemos hablar de estilo románico, gótico, barroco, mecanicista, futurista, postindustrial o steam-punk.
Hablamos de estilos diferentes porque nos gusta clasificar y catalogar; a veces pienso que todos somos como Pochet, aquel personaje de Pierre Daninos, que decía que si no conocía los nombres de las cosas se sentía perdido, pero si los conocía todos, se perdía…
En fin, regresemos al helenismo. En él, las artes plásticas recuperan personajes menores y aparentemente insignificantes. El helenismo se olvida de los grandes dioses olímpicos y representa sátiros y silenos, escenas cotidianas, pequeñas ninfas, niños jugando, guerreros heridos… Al mismo tiempo la literatura abandona las grandes líricas corales y monódicas.
El espíritu del arte y la literatura está condicionado social y políticamente. Hay rasgos comunes a todas las disciplinas artísticas: olvidarse de los grandes temas, de las grandes composiciones, de la retórica y, como he dicho, aparece un resurgimiento de los temas mínimos, incluso frívolos. La tradición clásica del arte choca con el eclecticismo de la época.

La escultura sigue un estilo que podríamos definir como «pictórico» y el ser humano se convierte en el principal objeto representado. En esa época un nuevo género literario adquiere preponderancia: la biografía; que va a sumarse a unas novelas que no nos hablan de grandes dramas ni de historias míticas, sino que cuentan problemas familiares, humorísticos, de dinero, de amores y de sexo. Biografías y novelas de entretenimiento… y también poesías bucólicas.
El helenismo produce poesías que hablan del mundo pastoral, de épica amorosa, de las pequeñas cosas que nos rodean. No producen una cantidad ingente de obras de arte, pero todas siguen unos parámetros similares que también aparecen en el arte arquitectónico. Las opulentas ciudades de Alejandría, Antioquia o Pérgamo no podían quedarse con algo tan «caduco» como la solidez dórica o la gracilidad jónica. Desde Corinto llegó a inicios del siglo IV aC un nuevo estilo lujoso, adornado, barroco… y este estilo se repitió en edificios públicos de toda la ciudad para dejar al visitante boquiabierto.

Era una arquitectura destinada a demostrar poder y magnificencia y agobiar al espectador con el tamaño y el lujo excesivo. Los proyectos eran colosales, titánicos: había un proyecto (sin duda irrealizable) de esculpir el monte Atos como si fuera una gigantesca estatua de Alejandro; el puerto de Rodas levantaba un coloso de más de 32 metros de altura; el faro de Alejandría tenía 120 metros de altura… una auténtica demostración de megalomanía.

Pero la época helenística no se quedaba en eso, ya que también fue representativa de lo delicado, pequeño, gracioso, con profusión de esculturas de niños, de objetos mínimos, de escenas intrascendentes, cotidianas. Dos ejemplos clásicos de la escultura helenística son el Fauno Barberini actualmente en la Gliptoteca de Munich y el Niño con Oca de Boethos de Calcedonia.
El helenismo se basa en la expresividad y el Fauno Barberini es un perfecto ejemplo de ello. Tiene un gran sentido de la teatralidad pero siempre dentro de un realismo que permite temas o maneras de enfocarlos que hasta entonces eran imposibles. La soltura y exhibición del Fauno Barberini (o un tema tan fuera de lugar como el Niño con Oca) son esculpidos con el máximo virtuosismo, de forma que se disfruta de su visión girando a su alrededor, para que pueda verse desde todos los ángulos, pues son obras globales, ideadas para poder ser vistas desde cualquiera de sus lados.
El Fauno Barberini suele estar datado a finales del III aC. Era una estatua muy deteriorada (le faltaba un brazo y las dos piernas) y fue restaurada por Bernini en el siglo XVII. La restauración cambió la posición de la pierna derecha, por lo que de intención inicial de embriaguez se convierte, tras la restauración, en provocación sexual.
El Fauno Barberini es una magnífica muestra de lo que Nietzsche llamó belleza dionisíaca; o sea perturbadora, salvaje, contraria a la razón y a la vez alegre y peligrosa.

BIBLIOGRAFIA
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