Borges siempre admiró a Spinoza; en su obra hallamos muchas pistas de ello e incluso quiso escribir un libro sobre él pero, según sus propias palabras. «Acompañe los materiales y luego descubrí que no podía explicar a otros lo que yo mismo no puedo explicarme«. El agobio que le ocasionó el exceso de información hizo que abandonara el proyecto, aunque llegó a pronunciar varias conferencias sobre el filósofo.
Para Spinoza Dios posee una sustancia divina infinita, por lo que Dios y la Naturaleza (en mayúsculas) se identifican. En el poema titulado Spinoza, Borges dice aquello de
Libre de la metáfora y del mito
labra un arduo cristal: el infinito
mapa de Aquel que es todas Sus estrellas.

Es una maravillosa definición de Dios: Aquel que es todas las sus estrellas, o sea, aquel que lo engloba todo. No me extraña pues, que ante esta infinitud, Borges se sintiera como el protagonista de su relato La escritura del Dios (1949), donde éste afirmaba que era imposible comprender a Dios o comprender sus palabras, ya que «¿Qué tipo de sentencia construirá una mente absoluta?», de modo que cualquier dato le suponía otros datos concatenados y así hasta el infinito, por tanto: “Decir el tigre es decir los tigres que lo engendraron, los ciervos y tortugas que devoró, el pasto de que se alimentaron los ciervos, la tierra que fue madre del pasto, el cielo que dio luz a la tierra. Consideré que en el lenguaje de un dios toda palabra enunciaría esa infinita concatenación de los hechos, y no de un modo implícito, sino explícito, y no de un modo progresivo, sino inmediato”.
He buscado pero no he localizado la conferencia de febrero de 1981 en La Opinión Cultural de Buenos Aires, pero si que he podido leer la pronunciada en abril de 1985 en la Sociedad Hebraica Argentina, y su lectura me confirma la impresión de que ya tenía anteriormente del poema Spinoza: Borges está atemorizado ante la infinitud.
En la conferencia en la Sociedad Hebraica Argentina afirma que «Me he pasado la vida explorando a Spinoza y, sin embargo, qué puedo decir de él […] Ha vislumbrado algo. Sabe que eso que vislumbra es vastísimo«.
Está atemorizado y, como él es solamente un ser humano, no puede reducir la infinitud a algo que no sea infinito, al igual que el Dios de Spinoza no puede ser inferior a si mismo.
En 1946 Borges publicó Del Rigor de la Ciencia, un cuento donde utiliza una metáfora que repetirá otras veces a lo largo de su obra y que entronca directamente con su visión de Spinoza y del Dios infinito que tan grande como todas sus estrellas:
“…En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, esos Mapas Desmesurados no satisfacieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él”.
O sea, ¿qué sentido tiene un mapa de China tan grande como China?

