No es mi intención hacer una nota biográfica de Erasmo de Rotterdam, simplemente recuperaré una frase sobre él que escribió Stefan Zweig; para el autor austriaco, Erasmo fue el primer europeo consciente de serlo.
Vista su vida y conocida su obra, nos damos cuenta que Erasmo era un hombre que a lo largo de su vida siempre retuvo en sí un odio hacia el fanatismo; siempre y en cualquier ocasión lo rechazó.
Erasmo era un hombre justo, sin prejuicios, que estaba siempre al lado de sus amigos y llegó a comprender a sus enemigos. Un hombre que no veía ninguna contradicción entre el pensamiento de Jesús y el de Sócrates; que le gustaba soñar con el cielo cristiano o con el Olimpo clásico y que no le gustaba definir el mundo antiguo como pagano, sino como precristiano.

Erasmo fue la tercera pieza de la triada formada por él, por Lutero y por San Ignacio de Loyola; las tres personalidades que durante el siglo XVI marcaron el espiritualismo europeo.
Lutero fue el artífice de la reforma protestante y San Ignacio lo fue de la contrarreforma. Erasmo era la pieza que estaba justo en el centro de las dos corrientes, y recibía presión por los dos lados para que se inclinara hacia una u otra opción. Evidentemente no lo hizo, ya que, si bien era consciente del abuso y degeneración de la Iglesia, tampoco estaba de acuerdo con los métodos luteranos. Para él todo eso era política, y la política prefería tenerla cuanto más alejada, mejor.
Elogio de la Locura (Morias Enkomion – Μωρίας Εγκώμιον – Stultitiae Laus) no es su obra más importante, pero si la más conocida. Fue escrita en el año 1509 y es una sátira que se inspira en autores clásicos como Luciano, a quien Erasmo tradujo.
El autor imagina una diosa llamada Locura, que en la obra enumera sus virtudes, sus áreas de influencia, las profesiones más propensas a adorarla y aprovecha para así criticar las tonterías hechas en nombre de la sabiduría y el conocimiento. El título del libro no está libre de controversia, ya que las traducciones suelen utilizarla palabra follia en catalán o locura en castellano, en lugar de la más adecuada estulticia, ya que la obra escrita por Erasmo, éste se refiere concretamente a la palabra estulticia (o sea «falto de discernimiento»), ya que si Erasmo hubiera querido referirse a la locura en sí, habría usado la palabra latina Insania. A lo largo de la obra el autor contrapone la sabiduría con la estulticia; si hubiese pensado en «locura» sin duda la habría contrapuesto a «cordura».
Pero, ¿qué nos propone el autor? Si nos quedamos en la anécdota, podemos suponer erróneamente que todo es una broma en que Erasmo, bajo el disfraz de un personaje jocoso, se dedica a comparar estupidez y sabiduría, y entrega todos sus méritos a primera, rechazando el pensamiento y la inteligencia. La razón es un estorbo, la cordura un lastre, la filosofía un disparate… la única manera de alcanzar la felicidad es abrazando la ignorancia.
Pero no tenemos que caer en esta trampa. Esta presunta imagen de frivolidad y exaltación de la mediocridad no es sino una gigantesca muestra de ironía. Erasmo nos enseña todos los aspectos del mundo donde el supone que habita la estulticia y nos los muestra desnudos de trajes y ornamentos, ya que así, tal como hizo el niño delante del emperador, podemos señalar con un dedo la locura, soberana de una sociedad donde la incompetencia es la norma, la estupidez un valor, el imbécil y el ignorante dan lecciones. Lo triste es que hoy en día el discurso de Erasmo sigue vigente.

Erasmo es un idealista, confía en la razón, desea que el cristianismo recupere su inocencia primigenia, rechaza los ritos recargados de la Iglesia, confía más en un pobre campesino analfabeto que en un obispo que solamente se preocupa por su oro o en un monje que repite las oraciones sin sentimiento, como quien espanta moscas en una tarde bochornosa de verano.
Erasmo escribe su obra para advertirnos y quiere que con la carcajada encontremos el verdadero camino, un camino lógico por otra parte, pero lleno de pedruscos y difícil de transitar, ya que habitualmente se prefiere otro: el camino llano y luminoso (pero equivocado) de la locura y la insensatez.
“En suma, sin mí no habría sociedad posible ni relaciones sólidas y agradables en la vida; sin mí, la verdad, el pueblo no soportaría largo tiempo a su príncipe […] si no se engañaran mutuamente, se adularan unos a otros y usaran de complacencia, frotándose recíprocamente con la miel de la necedad”
Erasmo desea una renovación de la Iglesia, pero desde dentro de ella. Quiere limpiarla de todo aquello que la lastra, y eso es, curiosamente, lo mismo que tendría que acercarla a Dios: La estructura misma de la Iglesia Católica, desde el Papa hasta el último monje mendicante. Erasmo desea que la iglesia olvide normas canónicas y se centre en lo que realmente es importante para el: Las Escrituras y la palabra de Jesús.
“Y que diré de aquellos que embaucan al pueblo muy suavemente con sus fingidas indulgencias y que miden como con una clepsidra la duración del Purgatorio, contando los siglos, los años, los meses, los día y las horas sin equivocarse en modo alguno, como si se sirviesen de una tabla matemática?”
El método de Erasmo, su herramienta principal, es la llamada declamatio, o sea un ejercicio que se corresponde con un discurso oral ficticio pensado en conjunto desde el inicio, pero planteado para que parezca un discurso improvisado. Con relación a ello, es el propio Erasmo (o la Estulticia) quien nos recuerda que antiguamente se hacían elogios a los dioses y a los personajes ilustres, pero también a las virtudes y a las ideas abstractas, incluso a las cosas insignificantes. Entonces se pregunta: ¿por qué la estupidez no puede elogiarse a sí misma? ¿Acaso no se lo merece?
Erasmo sigue las reglas clásicas de la argumentación: Los capítulos 1 a 4 se corresponden con el exordium o introducción; los capítulos que van del 5 al 9 serían la argumentatio a persona (el linaje de la estulticia); del 10 al 48 serían la argumentatio a re (sus virtudes); del 49 al 67 tendríamos la confirmatio (las profesiones más propensas a la estupidez y los ejemplos cristianos y paganos que parecen demostrarlo). Finalmente, en el capítulo 68, tenemos la peroratio o epílogo.

Pero, claro está, este discurso formal no sale de su boca, es siempre la Estulticia quien habla, y a través de ella el autor aprovecha para ridiculizar todo aquello que no le gusta. No hay párrafo que no esté impregnado de una profunda ironía y, como suele pasar, eso se puede malinterpretar fácilmente, ya que la ironía es a menudo un recurso literario frecuentemente incomprendido. A pesar de todo ello, el autor nos lo transmite de una manera muy comprensible y hace que toda la obra sea una especie de colección de imágenes fijas, como si fuese un teatro de marionetas o de títeres donde los personajes representan la estupidez humana y la caricaturizan. No es hasta el capítulo 68, el último, donde aparece el propio Erasmo para señalar la frontera que existe entre sabiduría y estulticia.
Lo formal está presente en toda la obra, a pesar que pueda parecernos una especie de chiste. Luciano, Virgilio, Glauco y toda la ironía clásica están presentes.
“…yo no soy el inventor del género, sino que desde antiguo ha sido puesto en práctica por grandes escritores, pues ha siglos que Homero cantó las guerras de las ranas y de los ratones en la Batracomiomaquia; Virgilio, a los mosquitos y al almodrote; Ovidio, a las nueces; Polícatro hizo el elogio de Busiris, e Isócrates lo fustigó; Glauco celebró la injusticia; Favorino, a Tersites y las cuartanas; Sinesio, la calvicie; Luciano, las moscas y los parásitos; Séneca escribió la apoteosis de Claudio; Plutarco, el diálogo de Grillo con Ulises; Luciano y Apuleyo, el asno; y no sé quién, el testamento del cochinillo Grunio Corocota, de que hace mención San Jeronimo”.

El personaje de la estulticia, usado en las fiestas carnavalescas medievales, unos años después mostrará su rostro burlón y su sombrero de bufón en otras obras como La danza macabra (Guy Marchant, 1485) o el Das Narrenschiff o Nave de los Locos (Sebastián Brant, 1492).
Pero, ¿qué busca Erasmo con todo ello? Pues simplemente desea criticar lo que no le gusta: la estupidez, el hedonismo, la gandulería, los vicios, el “dejar hacer”, el “ya lo hará otro”… en definitiva, el carpe diem mal entendido. Erasmo busca imitar los maestros de la sátira grecorromana contraponiendo la imagen del bufón despreocupado e inocente a la del sabio preocupado por los humanos quehaceres.
“…del mismo modo que el caballo no es desgraciado porque desconozca la Gramática, así el hombre tampoco lo es porque sea necio, puesto que la necedad hallase conforme con su naturaleza”.
El bufón (el loco) puede decir lo que quiera sin temer ser acusado de herejía, y justamente por esto busca el autor la provocación para remover conciencias y conseguir una regeneración profunda de la Iglesia, ya que ella es lo que más le preocupa. Recordemos que el loco es aquel que está afectado de un alto nivel de independencia intelectual, aquel que no se conforma con las normas establecidas por el pensamiento mayoritario.
En definitiva, y según la magnífica definición de Ambrose Bierce, loco es aquel en el que todo es inusitado.
Ya he comentado que Erasmo busca cambiar la Iglesia desde dentro, no desea un cisma como Lutero; él quiere, como dice Lucien Febvre, una pre-reforma. Erasmo busca un cambio de mentalidad sin abandonar la ortodoxia, lanza su críticas sobre aquello que no le gusta pero guarda siempre guarda la distancia con relación las posturas más extremistas (Lutero y San Ignacio de Loyola). Erasmo busca un consenso que no llega jamás a encontrar.
Erasmo nos enseña todo aquello que tiene que cambiar, todo aquello que él cree que tiene que cambiar. Pero sus ataques se centran principalmente hacia la degeneración de la Iglesia. Erasmo recuerda que los teólogos solo divagan sobre cuestiones formales y dejan de lado aspectos mucho más cercanos al cristiano; el clero se dedica a repetir formulas y frases de las Sagradas Escrituras como si fuesen cacatúas, sin comprenderlas (ni deseando comprenderlas). Incluso el Papa, cardenales y obispos tan solo son simples acumuladores de dinero. En fin, que se ha perdido el sentido de lo que es ser cristiano.
“…en los frailes y vicarios, sin acordarse siquiera de su nombre de obispo, que quiere decir trabajo, vigilancia y solicitud, pues sólo cuando se trata de atrapar dinero es cuando son obispos de verdad y no de los que duermen en las pajas.”
Erasmo siente una verdadera añoranza de la pureza del cristianismo primitivo, pero no se queda solo en eso; Erasmo muestra también una repulsión más que evidente por la idolatría, entendida como culto a las imágenes de santos y vírgenes, elevando su latría a una especie de culto supersticioso mucho más cercano a la esencia del paganismo que al mensaje de Jesús.
“Ellos proclaman, a guisa de oráculos, que tal proposición es escandalosa, tal otra poco reverente, tal otra herética, tal otra malsonante, de tal suerte que ni el bautismo, ni el Evangelio, ni la doctrina de San Pablo y San Pedro, ni la de San Jerónimo, ni la de San Agustín, ni siquiera la del mismo Santo Tomás, el gran aristotélico, bastan para formar un cristiano si no cuenta con el asentimiento de los bachilleres. ¡Tanta es la sutileza de sus juicios!
No ha cambiado mucho este culto a lo largo de los tiempos; hoy en día el culto excesivo a santos y vírgenes, el fanatismo profesional o la divinización de personas mediante la latría, la dulía o la hiperdulía, ha adquirido unas cuotas de exceso muy superiores a las que se vivían en el siglo XVI. Podemos recordar aquí las palabras de Freud, que decía que los cristianos estaban “mal bautizados” ya que al rascar la ligera capa de barniz que los recubre debajo siempre encontramos su pasado politeísta. También podemos recuperar las de Antonin Artaud, aquel desconcertante y camaleónico escritor francés, que dijo que demasiada devoción a una corona de espinas, a una cruz de madera, al corazón de Jesús o a un puñado de vírgenes negras, blancas, rojas o amarillas, solo nos demuestra que para los individuos que los adoran “se entregan con el mismo peligro de espíritu, la misma amenaza de caer en una irremediable idolatría que las alteraciones de la energía creadora al misterio de los dioses paganos.”
En fin, y para llegar a unas conclusiones, podríamos clasificar las tesis propuestas por Erasmo en tres grandes apartados:
- Primero, la locura nos aporta aquello que es necesario para conseguir la felicidad en este mundo en que nos ha tocado vivir.
- Segundo, la misma locura que nos aporta la felicidad, es la que ayuda a que los poderosos (rey, clero, nobleza, etc.) olviden sus deberes y se refugien en sus vicios.
- Tercero, la locura puede proporcionar a los cristianos las herramientas precisas para tener fe en una vida mejor después de la muerte.
“En resumidas cuentas, que adondequiera que volváis los ojos veréis que los papas, los reyes, los jueces, los magistrados, los amigos, los enemigos, los grandes y los pequeños, todos, en fin, se desviven por el dinero, que, como es despreciado por los sabios, es lógico que se aparte de ellos constantemente.”
Jugando con la broma, con la sátira, Erasmo configura una obra capital de la época en que fue escrita. Una obra moderna, precursora del pensamiento de Voltaire o Montaigne; una obra en que el autor se atreve a buscar la alegría de vivir, la locura, la felicidad extrema, la joie de vivre en Cristo… incluso afirma que el éxtasis de santos y místicos no es sino otro tipo de locura con relación a Dios. “Ridentem dicere verum” decía Horacio y Erasmo recupera sus palabras para todo el mundo cristiano.
“Quintiliano, príncipe de los retóricos, escribió sobre la risa un capítulo más largo que la Ilíada; en fin, tanta es la importancia que los retóricos atribuyen a la necedad, que muchas veces lo que ningún argumento pudo deshacer, la risa lo des barata en un instante. Ahora bien: supongo que nadie pensará que el arte de hacer reír no me pertenece a mí, a la Necedad.”
La risa, la alegría, son conceptos que pueden vincularse a las ideas más elevada e incluso este placer de vivir, en su justa medida, puede acercarnos a Dios de una manera mucho más cercana al mensaje de Cristo que no la doctrina y las normas rígidas de la Iglesia.
“Lo que acabo de decir aparecerá más claro si, como os he prometido, demuestro en pocas palabras que esa suprema felicidad a que aspiran los devotos no es otra cosa que una especie de locura”
Erasmo consigue que la Estulticia se ensalce a sí misma, y lo hace convencido que es ella que mueve el mundo. La sabiduría no lleva a ningún lugar y es la estupidez la que consigue triunfar. Pero, me pregunto, ¿realmente Erasmo cree en todo esto? ¿Finalmente también él queda convencido y decide que vivir en la estulticia no nos hará más sabios pero si más felices? ¿Renuncia a sus ideas y cae dentro de la locura colectiva que parece ocupar todos los ámbitos de la sociedad? La respuesta a estas tres preguntas es la misma: No.
Él está convencido que la estulticia no debe gobernar el mundo, y por esto nos muestra todos los lugares donde está presente, para que vigilemos de cerca no caer en ella y nos mantengamos alejados precavidamente. A pesar que, como parece ser que está por todos los sitios, cada día es más complicado no caer en ella.
Todas las citas que aparecen de la obra Elogio de la Locura pertenecen a la traducción de A. Rodriguez Bachiler, publicada por Editorial Folio en 2007
Bibliografía
- Artaud, Antonin. (2006). Heliogábalo o el anarquista coronado. Argonauta.
- Bierce, Ambrose. (1998). Diccionario del diablo. Edimat.
- Ciordia, Martín. Pròleg a Elogio de la locura de Erasmo de Rotterdam.(2007). Colihué.
- Fanego, Tomas. Pròleg a Elogio de la locura de Erasmo de Rotterdam.(2004). Akal.
- Febvre, Luicen. (1985). Erasmo, la contrarreforma y el espíritu moderno. Orbis.
- Horacio. (2008). Sátiras. Epístolas. Arte poética. Gredos.
- Vidal Guzmán, Gerardo. (2009). Retratos. El tiempo de las reformas y los descubrimientos (1400- 1600). Rialp.
- Voltes Bou, Pedro. Pròleg a Elogio de la locura de Erasmo de Rotterdam. (1953). Espasa Calpe.
- Zweig, Stefan. (2011). Erasmo de Rotterdam: Triunfo y tragedia de un humanista. Grupo Planeta.



