Hace unos días estaba leyendo un artículo del geógrafo Joan Nogué sobre los espacios abandonados que conforman nuestra geografía urbana e industrial. En él me encontré con una frase que me sorprendió: «son poco visibles no porque no se vean, sino porque no los miramos”.

Estos espacios residuales, abandonados, ajenos al desarrollo, derruidos… siempre me han aportado un cierto grado de desasosiego.
Más tarde, aprovechando una pausa por una café se lo he comentado a mi mujer y ella me ha dicho de marera rotunda: «yo sí que los miro«. “¿Porque?” Le pregunté, «porque cuando los veo pienso en cuando no eran unas ruinas, cuando se trabajaba en estas naves, cuando había gente que entraba y salía, vivía, se movía, sufría … y tengo ganas de parar el coche, verlos mejor y aprender de ellos«.

Esta explicación me hizo pensar en lo difícil que es integrar estos paisajes en el estudio geográfico, ya que son efímeros, tienen fecha de caducidad y serán derruidos totalmente en el momento en que alguien fije su mirada sobre ellos. Ello me supone una duda: ¿deberían mantenerse? ¿Su efímera vida es su máximo valor?
Recuerdo una frase del poeta Ferreira Gullar sobre el arquitecto Oscar Niemeyer: «Oscar nos ensina que a beleza é leve / Oscar nos enseña que la belleza es ligera«. ¿Es así realmente?

He ilustrado esta pequeña reflexión con unas fotografías de una estación modesta, construida alrededor de 1883.
Dicen las crónicas que el día de Santa Virginia de 1890 llegó la primera locomotora a Riudecanyes, y en 1985 se cerró definitivamente la estación, sin esperar a celebrar el centenario. Llegó un momento en que Adif quiso derruirla totalmente, pero el ayuntamiento de Riudecanyes consiguió mantenerla recordando a Adif que tanto al estación como el almacén de mercancias estaban catalogados como bienes de interes local.
La estación se encuentra en una línea bastante desconocida; lo era entonces y aún lo es hoy en día, a pesar de constituir la principal vía de enlace entre Cataluña y el resto de España para los trenes de mercancías.
Realmente es una pena que ahora no disfruten de ella la mayoría de los trenes de viajeros, ya que es una línea bonita, con dos majestuosos puentes que hay cerca del apeadero de Duesaigües i l’Argentera, dos muestras magníficas de arquitectura ferroviaria construidas con ladrillo con arcos de medio punto. Además, un poco más adelante, está el túnel de l’Argentera, de 4.044 metros, durante muchos años el más largo de Cataluña de la red de vía ancha, diseñado por el ingeniero Eduard Marsitany, que obtuvo tal prestigio con la construcció que fue nombrado por Alfonso XIII, Marqués de la Argentera.
