La verdad en el arte

Etimológicamente, la palabra estética viene de αἰσθητική (percepción, sensibilidad). Este detalle es importante; es conveniente rebuscar en el origen etimológico de los términos, ya que siempre nos ayuda a entender los conceptos, aunque en este caso —según parecer de Hegel— se queda corto.  

Hegel opina que la verdadera comprensión de una obra de arte se da cuando ésta trasciende el plano espiritual; cree que con la percepción no es suficiente, pues se necesita reflexión para poder mostrar su verdad, ya que el arte se contrapone a la realidad, y no es una manera de ver el mundo, sino LA MANERA. Es «la visión del mundo en el sentido literal de la palabra».

Hegel por Schlesinger 1831

Complementa esta definición Benedetto Croce, quien divide la historia de la estética en cuatro etapas: la estética pre-kantiana, la kantiana y post-kantiana, la positivista y finalmente la contemporánea. En el largo período que va desde el mundo clásico a Kant, la estética se categorizaba según la controversia existente entre los términos belleza/utilidad y belleza/bondad (pulchrum/aptum, decorum/honestum), una oposición entre valores que no era tal, ya que para el hombre medieval existe una dificultad manifiesta para separar estos conceptos; ya que todos ellos están categorizados como valores, por tanto consideraban que uno siempre llevaba al otro.  

Benedetto Croce en 1909 (fotografia de Mario Nunes Vais)

En la estética clásica las cosas son bellas porque provienen de Dios, porque Él es la belleza, pone orden en el caos y aquello que esta ordenado, sólo puede ser bello. ¿Y qué papel tiene aquí el arte? El arte es el que ordena la naturaleza y a la vez la supera, es aquel que lo organiza por medio de unos parámetros claros y de esta manera permite su comprensión al hacerla más alcanzable al entendimiento humano.

La opinión de Kierkegaar la conocemos, pues la anotó en su diario el 11 de septiembre de 1834, que «la razón por la que no puedo decir de verdad que disfruté positivamente de la Naturaleza es que no me doy cuenta bien de qué es de lo que disfruto. Una obra de arte, en cambio, la puedo comprender«.  

Søren Kierkegaard, dibujado por su primo Niels Christian Kierkegaard (c. 1840)

Pero, el arte como visión del mundo, ¿nos traslada una verdad o una mentira? Cuando Goethe publicó su autobiografía la tituló Dichtung und Wahrheit (“Poesía o verdad”), ya era consciente de que un concepto excluía el otro.

Goethe por Stieler (1828)

Ya en tiempos de Platón se decía que los poetas mentían mucho (recordemos el verso de Pessoa, «o poeta é um fingidor. Finge tao completamente, que chega a fingir que é dor, a dor que deveras sente«); a pesar que hay quien dice, y yo estoy entre ellos, que su intención no es mentir, sino adornar la realidad.  

Busto de Platón del siglo IV a. C. copia romana de un original griego

A partir de lo anterior, no está de más recapacitar sobre las siguientes palabras de Boccaccio: «Digo que los poetas no son embusteros. Pues es propio de los embusteros, a mi juicio, una falacia muy semejante a la verdad, por la cual algunos deforman y expresan la falsedad… las ficciones de los poetas no se parecen en nada a las variedades de la mentira, porque no tienen intención de engañar a nadie fingiendo«.     

Boccaccio por Raffaello Sanzio Morghen (1875)

Para Hegel el objetivo del arte no es decir la verdad, sino representar lo bello y revelar la armonía presente en la naturaleza; de modo que cualquier otro fin es accesorio/accidental, y por eso el arte eleva el alma desde la mediocridad de los pensamientos cotidianos hasta la esfera del bien y la belleza (o sea, la divinidad).   

Toda obra de arte supera la realidad y la trasciende estéticamente, pero sin prescindir de ella, ya que arrastra con ella su propia realidad. Con relación a esto, el filósofo franco-alemán Max Bense opinaba que la belleza de una obra de arte siempre es más que la propia realidad, pero no puede existir sin ella, ya que de ella depende en su origen y es su sostén.   

Max Bense fotografiado por Hans G. Conrad (c.1956)

Esta creación de una nueva realidad artística también la encontramos en György Lukács cuando afirma que el reflejo artístico de la realidad sólo se diferencia del reflejo científico en que ambos buscan verdades diferentes; la ciencia busca la verdad de la naturaleza y el arte busca su verdad de la naturaleza, y la representa como una realidad superior a ella misma, que la trasciende.

György Lukács (1952)

Pero la verdad no abandona nunca la obra de arte, ya que, como dice Heidegger, no es necesaria experiencia previa para acercarse a él, ya que al tener la verdad dentro de su esencia (el sostén de Bense) la obra de arte se comprende inmediatamente: no imita ni quiere trascender la realidad, sólo nos la muestra tal como es y para hacerlo puede actuar de dos maneras: imitación de la realidad (mimesis) y significación de esta misma realidad (objeto = signo ≠ imagen especular).  

Martin Heidegger (c.1960)

Pero el arte es contradictorio, por tanto los argumentos que quieren considerarlo por encima o al mismo nivel que la realidad, también lo son. Los que afirman que el arte está por encima de la realidad sólo ven en él la búsqueda de la belleza, aunque ésta sea irreal; los que nos muestran el arte como un reflejo de la realidad, afirman que su propósito es mostrarnos esta realidad, con todo lo bueno y también, claro, con lo que tiene de malo. 

El arte es una herramienta para hacer todo esto y mucho más, incluso ha dejado de lado la belleza para para denunciar las injusticias del mundo. Y este propósito es loable, pero tiene un peligro: cuando el arte nos muestra las miserias de la humanidad, pierde la inocencia y esa «bajada a los infiernos» hace que el arte deje de representar, por ejemplo, imágenes bucólicas de ninfas y sátiros trepando entre viñedos y se convierta en algo más, concretamente en aquello que decía Adorno cuando se quejaba de que después de Auschwitz no podía existir la poesía.  

Theodor W. Adorno (c.1960)

Pero a pesar de este inconveniente, el arte tiene la obligación de denunciar las partes de la sociedad que no le gustan. El arte, por muy naíf e inocente que sea, siempre trae en su esencia un trasfondo político, ya que arte y política siempre han aprovechado el uno del otro: la arquitectura helenística, las alabanzas a Octavio Augusto presentes en la obra de Virgilio, los pintores cortesanos de los siglos XVI y XVII, la propaganda de la contrarreforma hecha por el barroco, etc.

Virgil leyendo la Eneida a Augusto, Octavia y Livia. Jean-Baptiste Wicar (1790-93)


Por suerte siempre hay quien no sigue las directrices, y ese artista anómalo tiene dos opciones: triunfar y convertirse en el nuevo paradigma artístico o fracasar y desvanecerse en el curso de la historia. En este segundo caso, se convierte en lo que podríamos llamar Anti-Arte, o sea experimentos que, por la razón que sea, nunca llegaron a prosperar ni tuvieron la oportunidad de convertirse en nuevos géneros o variaciones de estos por culpa de la censura o por no pasar los criterios de selección estrictos de la sociedad a la que iban destinados). Habitualmente son borrados de la memoria, como si no hubieran existido nunca.
Toda obra de arte contiene elementos ideológicos (las ideas del autor, las propias de su tiempo, sociedad o clase) y además, como nos explica Lefébvre, también contiene conocimientos, ya que así el arte se fusiona fácilmente con la vida y las ideas de una época y de una sociedad determinada. El arte se fusiona pero no se mezcla, ya que el arte se basa en la emoción y procura siempre explicar lo que el conocimiento no sabe explicar.  

Henri Lefébvre (1971)

Rancière opinaba que la estética está más vinculada a la sociedad que al arte, por lo tanto esta no puede diferenciarse de cualquier otra regla que regule la sociedad ni tampoco de aquellas que regulan la política, ya que el arte es obra de los hombres, y como toda obra humana no es ajeno a sus obsesiones («Homo sum, humani nihil a me alienum puto«).

Jacques Rancière (2016)

El arte político sirve a una causa y a unos intereses, al igual que lo hace el arte social. Sin embargo, el arte como concepto nos ayuda a conocernos a nosotros y en nuestra sociedad, nos proporciona un placer personal e intransferible y, introspectivamente, eleva nuestro espíritu, nos conmueve y nos proporciona placer. Incluso hay quien afirma que nos hace mejores personas.  

Por lo tanto, podemos decir que el arte, su disfrute, conocimiento o apreciación ¿puede mejorar moralmente al individuo? O, dicho de otro modo, una persona artísticamente sensible ¿puede ser una persona malvada?  

John Carey señala una evidencia: ser amante del arte no impide tener una actitud poco humanitaria, y recuerda que Hitler era amante de la música, la escultura, la pintura y la arquitectura. Carey recoge una frase suya en la que afirmaba que los genios no tienen que preocuparse de los seres humanos ya el arte estaba por encima de la vida humana.

John Carey (2014)

Hegel también opinaba que la moral y el arte, a pesar de estar relacionados, son formas diferentes de la verdad; opinaba que una obra podía producir un efecto benefactor sobre el alma, sobre todo cuando la obra es producida por la inspiración del artista, ya que las que no nacían de la inspiración eran frías y sólo producían aburrimiento.  

Para Jacques Maritain, el arte siempre se refiere a la bondad de la obra, no a la del hombre, ya que éste puede ser malvado, un pervertido o un auténtico capullo… pero su obra puede ser pura e incluso puede acercarse a Dios.   

Jacques Maritain (c.1930)

Por último no olvidemos a Oscar Wilde, que dijo, refiriéndose al asesino y artista Thomas Griffiths Wainewright “the fact of a man being a poisoner is nothing against his prose” / «que un hombre sea un envenenador no desmerece en absoluto su prosa.», recuperando de una manera más elegante del idea tomista de Santo Tomás cuando éste afirmaba que únicamente es importante “...la rectitud de la obra artificiada, sea cual fuere la bondad del agente.”   

Oscar Wilde, fotografia de Elliott & Fry (1881)

Al parecer, Tolstoi maltrató durante años a su esposa Sonia, pero esto no impide que considerara el arte como portador de las ideas más elevadas de la humanidad. Quizás él no predicó con el ejemplo entre los que le rodeaban, pero nos supo convencer que el arte sí que es el principal medio para comunicar «...los objetivos más trascendentes de la vida humana«, independientemente del artista, de sus opiniones políticas y de sus intereses.

Lev Tolstói. Fotografia de Serguéi Prokudin-Gorski (1908) e

En realidad el arte se encuentra en el placer que produce su visión, y por eso hago mías las palabras de Quintiliano cuando decía que «docti rationem artis intelligunt, indocti voluptatem / “Els instruïts en capten la raó de l’art; els no instruïts, només el plaer.”».  

Quintiliano. Grabado de Étienne-Jehandier Desrochers (siglo XVIII)

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