Afirmó Montaigne en una ocasión: «La palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la escucha«, pero quizás no siempre es así, pues las palabras pueden encontrarse en ocasiones en una fase de neutralidad, en aquel punto en que aún no las hemos pronunciado ni escuchado y forman parte de nuestros pensamientos (aunque, eso sí, catalogada como palabra posible a pronunciar). En ese momento no son verdaderamente nuestras ni suyas … flotan en un estado de neutralidad, como el famoso gato de Schrödinger.
Cuando queremos transmitir nuestro pensamiento al oyente, no tenemos otra opción que convertir este pensamiento en palabras y, por muy bien que elijamos estas, siempre habrá una pérdida de significado, que se agravará cuando las palabras entren en la mente del oyente, pues éste, por su parte, las reconvertirá según la interpretación que él le dé.
Fue Hartmann quien dijo que la palabra por sí misma no tiene significado, pues cuando la introducimos en la mente del oyente, su contenido queda definido gracias a las palabras subsiguientes, no por su propio valor, pues no tiene.
En el lenguaje escrito la relación cambia radicalmente, sobre todo gracias a la relación intrínseca que existe entre escritor y lector. Cada uno hace su papel y cada uno es a la vez actor de la obra que se representa. El escritor es propietario de sus palabras, las reflexiona, imprime su alma en ellas y las lanza como quien lanza una botella con un mensaje en el mar. El lector recoge este mensaje, el digiere e intenta encontrar en él las emociones, las miserias y los anhelos del escritor.
Ellos dos son libres, las palabras que se trasvasan entre uno y el otro también lo son, pero ¿quién es su propietario? ¿El uno o el otro? Evidentemente podemos malinterpretar lo que quiere decir el escritor, pero también él puede despreciar el conocimiento del lector. Los dos juegan con las palabras transmitidas y es la reflexión la que hace que se conviertan en propiedad de uno de ellos.
A veces creo que somos como aquellos sabios que encontró Gulliver en Lagado, que afirmaban que para lograr la comunicación perfecta lo mejor era abolir todas las palabras, de modo que cada uno tenía que llevar consigo todas las cosas sobre las que fuera necesario hablar.

Nosotros, al igual que ellos, queremos reducir y simplificar el discurso para hacerlo más comprensible, pero acabamos acumulando en nuestras espaldas una serie de objetos inútiles que tenemos que cargar arriba y abajo en previsión de usarlos en cualquier momento.
Las palabras son estos objetos y mientras no las compartimos son nuestras, totalmente nuestras … con permiso de Montaigne, claro está.


