Razón y Fe. Hume nos da unas pistas

Spinoza, en su Ética (Proposición XVIII de la cuarta parte) dice: “Nada es más útil al hombre que el hombre”, pero también afirma que el infierno es la excusa per aterrorizar, para conseguir que se obedezca al poder. La lectura de esta frase me ha transportado al celebérrimo «L’enfer, c’est les autres» de Sartre que resume la difícil convivencia del hombre con su prójimo. 

Convivencia es con-vivencia, y para el existencialismo de Sartre la vivencia de la realidad pasa por encima del conocimiento de esta realidad y considera la imagen como un acto, nunca una cosa (“L’image est un certain type de conscience. L’image est conscience de quelque chose” / «La imagen es un cierto tipo de conciencia. La imagen es conciencia de algo») (Sartre, 1969). El existencialismo nace como contraposición al empirismo y uno de los representantes de este último, David Hume, afirma que todo lo que encontramos en la mente es una «percepción» (que a la vez puede ser impresión o idea).  Desde su punto de vista las ideas son imágenes en las que la impresión ha debilitado.

Vayamos por partes… habitualmente Hume aparece como la culminación del camino que se inicia en Locke y continúa por Berkeley;  podríamos simplificarlo diciendo que, como sólo una mínima parte de las ideas son producto de nuestra fantasía, la mayoría deben tener una causa externa. Para Locke estas ideas son administradas por los sentidos y son producto de la experiencia. Entonces Berkeley se pregunta: ¿si el mundo viene dado por los sentidos, como sabemos que sigue existiendo cuando no lo vemos?  Como buen obispo anglicano que era, ve a Dios como origen primigenio de las ideas y afirma que el mundo sigue existiendo porque Él está observando continuamente.               

A Hume le toca la pesada tarea de dar la razón a Locke y llevar la contraria a Berkeley, tarea pesada porque al filósofo escocés en realidad ni le gustaba la palabra «idea» que utilizaba Locke (prefería usar la expresión «calidad sensible»).

Sin embargo, Hume insiste en que las ideas son suministradas por los sentidos y son intensas y vivas;  las impresiones aparecen cuando reflexionamos sobre un objeto y son débiles y tenues. El escocés tampoco está de acuerdo con Locke cuando afirma que las impresiones son innatas, y lo concreta diciendo que «…todas nuestras ideas simples cuando aparecen por vez primera se derivan de impresiones simples que se corresponden a ellas y que estas representan exactamente” (Hume, 2005); a toda idea sencilla automáticamente le corresponde una impresión que también será sencilla (las ideas complejas no tienen necesidad de impresiones). Entonces, ¿qué diferencia la idea de la impresión?  La vitalidad.

Las ideas pueden tener un poco de vitalidad (las de la memoria) o simplemente no tenerla (las de la imaginación); pero hay un caso en el que ideas e impresiones tienen la misma vivacidad, cuando estas forman la esencia de nuestras creencias. Pero las creencias tienen un problema, hay que creer en ellas. 
Este tipo de tautología le ocasionaba un dolor de cabeza a Hume; él quería creer (y lo hacía) pero maldecía único método que tenía. Cuando Hume habla de los milagros afirma que la religión no está fundamentada en la razón, sino en la fe, y él es un hombre de razón, pero sabe que ésta es insuficiente para podernos convencer de la verdad. San Agustín diría que la fe es esencial para creer; Hume no puede creer en la fe porque cree en la razón y la razón le proporciona un problema que el trastorna: el problema de la causalidad. 

Cuando un hecho sucede después de otro la lógica nos dice que tiene que haber una relación causal entre ellos; pero Hume lucha contra esta creencia, conocida como la falacia del «Post hoc ergo propter hoc” (Después de esto, o sea, a consecuencia de esto). 

A partir de su Tratado de la naturaleza humana, Hume se dio cuenta de que muchas veces no hay un elemento que justifique la relación causal entre dos hechos que siempre van uno detrás del otro (si el gallo canta y sale el sol, esto quiere decir que si queremos que salga el sol, ¿sólo será necesario hacer que un gallo cante?). 

Hume no osaba decir que un hecho causa el otro y como mucho se atrevía a decir que estaban correlacionados de alguna manera, una especie de conjunción constante, que sólo se puede explicar con el principio de asociación y nunca a partir del experiencia ya que no conocemos el hecho de que que causa la relación. Hume no acepta la opción «fácil» de basarlo todo en la existencia de Dios, pero tampoco quiere quedarse únicamente en el escepticismo ya que considera que la vida tiene necesidad de las creencias. Hume se siente cómodo en el escepticismo ya que sabe que pocas creencias pueden ser probadas; pero también sabe que el hombre tiene necesidad de dejar a un lado las reflexiones académicas y entonces, ¡ay! tiene que actuar apoyándose en una serie de creencias fundamentales, sean cuales sean.      

¿Cuál es, por tanto, su postura? Las dos; son dos caminos separados: el de la creencia y el de la reflexión. En cuanto algo no puede ser demostrado uno se refugia en el escepticismo, pero siempre tenemos otra función: refugiarse en la creencia, ya que ésta es tan humana como la postura escéptica y nos libera de la tristeza que puede producirnos la razón.
Una sabia combinación de creencia, razón y sano escepticismo es lo que Hume nos propone, y es lo que nos permite vivir… que ya es mucho.

BIBLIOGRAFIA

  • ‏AYER, Alfred Jules (1980). Hume. Alianza Editorial
  • COPLESTON, Frederick (1991). Historia de la Filosofia, 4: de Descartes a Leibniz (ed. Original 1958) (Traducció: García Borrón, J.C.). Ariel.
  • ‏HUME, David (2005). Tratado de la naturaleza humana. Tecnos,
  • SARTRE, Jean-Paul (2004). La puerta cerrada / La puta respetuosa. Losada.
  • ‏SARTRE, Jean-Paul (1969) L’imagination. Puf
  • ‏OLESTI Vila, Josep (2001). Racionalisme i empirisme: de Descartes a Hume. UOC
  • ‏QUINTON, Anthony (1999). Hume. Editorial Norma

Deja un comentario