En tiempos del emperador Claudio se produjeron una serie de disturbios en Roma ocasionados por una secta judía de seguidores de un tal «Chrestos». Claudio ordenó la expulsión de estos «chrestianos», eso sí, dejando claro que los seguidores de la verdadera religión judía estaban autorizados a quedarse.
En realidad los romanos no distinguían claramente entre cristianos y judíos, debido al origen común de ambos y que, en aquellos primeros tiempos, las comunidades cristianas solían reunirse en las sinagogas. No obstante había una diferencia: los judíos tenían permiso para permanecer sin problemas en Roma ya que el judaísmo había tenido desde mucho tiempo atrás la categoría de religión reconocida (licita religio). El cristianismo, en cambio, era considerado una de tantas sectas judías, a pesar que las iglesias cristianas que seguían a San Pablo, por ejemplo, mostraron desde el inicio un fuerte sentimiento antijudío.

Debido a estas diferencias entre cristianos y judíos, es muy probable que la acusación de provocar el incendio de Roma del año 64, en tiempos de Nerón, saliera de la influyente colonia judía de la ciudad.
Los judíos de Roma tenían muchos contactos con las clases dominantes y tenían la misma opinión que tenía Tácito respecto los cristianos: que eran unos recién llegados seguidores de un criminal que fue ajusticiado en Judea en tiempos de Tiberio.

Tácito, en sus anales, concretamente en el libro 15, capítulo 44, dice que «ergo abolendo rumori Nero subdidit reos et quaesitissimis poenis adfecit, quos per flagitia invisos vulgus Chrestianos appellabat. auctor nominis eius Christus Tibero imperitante per procuratorem Pontium Pilatum supplicio adfectus erat; repressaque in praesens exitiablilis superstitio rursum erumpebat, non modo per Iudaeam, originem eius mali, sed per urbem etiam, quo cuncta undique atrocia aut pudenda confluunt celebranturque. igitur primum correpti qui fatebantur, deinde indicio eorum multitudo ingens haud proinde in crimine incendii quam odio humani generis convicti sunt».
O sea, «en consecuencia, para deshacerse de los rumores, Nerón culpó e infligió las torturas más exquisitas a una clase odiada por sus abominaciones, quienes eran llamados cristianos por el populacho. Cristo, de quien el nombre tuvo su origen, sufrió la pena máxima durante el reinado de Tiberio a manos de uno de nuestros procuradores, Poncio Pilato, y la superstición muy maliciosa, de este modo sofocada por el momento, de nuevo estalló no solamente en Judea, la primera fuente del mal, sino incluso en Roma, donde todas las cosas espantosas y vergonzosas de todas partes del mundo confluyen y se popularizan. En consecuencia, el arresto se hizo en primer lugar a quienes se declararon culpables; a continuación, por su información, una inmensa multitud fue condenada, no tanto por el delito de incendiar de la ciudad como por su odio contra la humanidad«.

A consecuencia de las acusaciones que recibió Nerón, éste ha pasado a la cultura popular como el primer perseguidor de cristianos, aunque los hechos del incendio del año 64 no iniciaron una verdadera persecución, sino, a lo sumo, una acusación puntual, por unos hechos concretos y limitada en el tiempo, además, el pasaje de Tácito puede ser una interpolación posterior, tal como han señalado diversos autores, como Sainte Croix o Walter Weaver entre otros. El estilo exagerado del texto que no coincide con el estilo del resto del capítulo e incluye una innecesaria descripción minuciosa de los tormentos sufridos.
Evidentemente también hay bastantes autores que opinan lo contrario y afirman que el párrafo de Tácito es absolutamente verídico y que Nerón, conscientemente, inició la primera persecución a los Cristianos.
El tema de la persecución se recupera años más tarde con la «no específicamente cristiana» persecución de Domiciano. No específicamente cristiana porque además de acusar a cristianos, en el año 95, fue ejecutado el cónsul Tito Flavio Clemente y su esposa Flavia Dominitila fue exiliada a la isla Pandataria. Ellos fueron dos de un grupo mayor que fue acusado de ateísmo (la pena en algunos casos fue la ejecución y en otros la confiscación de los bienes o el destierro). La excusa fue el cristianismo, pero la elección de los acusados hace pensar más en una purga entre nobles desafectos que quizás se habían acercado al judaísmo o al cristianismo; este acercamiento no fue por convicciones religiosas, sino como una forma de protesta contra el emperador.

Pasan los años y, cuando gobernaban los Antoninos, los cristianos siguen sin ser bien entendidos. En pleno siglo II, la gente seguía viéndolos como personas extrañas que se reunían en secreto y no permitían a personas ajenas conocer sus ritos; incluso se propagaban rumores como los que afirmaban que sacrificaban bebés, practicaban el canibalismo y era habitual el incesto entre ellos.
Estas historias, propagadas a lo largo y ancho del imperio, coaccionaban el pensamiento de la gente de tal manera que sólo por el hecho de pertenecer a esta secta ya se cometía un crimen, y era bastante habitual que, debido a secretismo de rituales y liturgias, aparecieran ataques furibundos por parte de la plebe a las diversas comunidades cristianas.
Hay muchas causas para estos rumores, entre ellas cuestiones socioeconómicas y/o locales, pero hay que reconocer que la propia idiosincrasia de los cristianos les perjudicaba y les aislaba del resto de la sociedad. Los cristianos se negaban a realizar sacrificios al numen del emperador, no participaban a las celebraciones y sus ceremonias eran herméticas. Por todo ello, cualquiera que fuera acusado de ser cristiano, tenía que probar que no lo era (con un simple sacrificio a una deidad «autorizada» bastaba), y si no lo podía demostrar, debía ser ejecutado. En este punto es interesante analizar la conocida carta de Plinio el Joven.

En esta carta, Plinio, que entonces era gobernador de Bitinia, pregunta al emperador Trajano que tiene que hacer con los que son acusados de practicar el cristianismo y el emperador responde de una manera bastante benévola. La duda de Plinio consistia en que la acusación de ser cristiano no podía considerarse ni un crimina (actos que ofenden el estado) ni un delicta (actos que ofenden a un particular); como máximo podía considerarse un flagitia (un delito contra las costumbres), aunque ningún autor romano ha dejado constancia qué tipo de flagitia era, ya que todas las descripciones de los crímenes horribles que les eran atribuidos proceden de autores cristianos que exageraban las acusaciones y evitaban hablar de todas las veces que, siendo acusados, fueron exonerados.
Entre estos escritores son Atenágoras (Legato pro Christianis, 3), Justino (II Apologia, 12, 4-5), Orígenes (Contra Celso, VI, 27 y VI, 40), Teófilo de Antioquia (Ad Autolycum, 3, 4) y Tertuliano (Apologeticus, 2, 5).
A la consulta de Plinio, Trajano le aconseja que si los acusados admiten la acusación serán castigados, pero quien pruebe que no es cristiano, debe ser perdonado. Plinio sigue el consejo de una manera bastante garantista y da a los acusados todas las oportunidades posibles. Incluso aquellos que confiesan ser cristianos les recuerda que el castigo es la muerte y les ofrece incluso tres oportunidades de desdecirse. Cuando el acusado seguía insistiendo en que era cristiano, Plinio reconoce que sólo tiene dos opciones: los que eran ciudadanos romanos eran enviados a Roma para ser juzgados por un tribunal oficial y los que no lo eran ejecutados allí mismo.
¿Qué sacamos de todo esto? Tres detalles muy interesantes:
- Queda señalado el precedente de evitar cacerías de brujas y buscar expresamente cristianos; lo que nos demuestra que las acciones debían iniciarse ante una denuncia formal y no mediante denuncias anónimas («Las denuncias anónimas, en ningún crimen no deben ser tomadas en consideración, ya que esto sería un pésimo precedente y no es cosa de nuestra época», dice la carta de Plinio).
- Aquel que reniegue de la fe cristiana y muestre arrepentimiento es perdonado.
- En el año 111, aunque los juicios a cristianos ya son un trámite aceptado, siguen siendo conflictivos.
La conflictividad en este tipo de juicios puede ser debida a que el cristianismo era una costumbre «extraña», pero no puede apreciarse un delito claro en ella. Estas cartas cruzadas también parecen probar que la presunta ilegalidad del cristianismo desde tiempos de Nerón no era tal, ya que si fuera así, ¿para qué necesita Plinio consultar al emperador? Sabemos que era un hombre con una fuerte formación jurídica, pero a pesar de esta no sabe cómo actuar ante los «…afectados de esta locura», por lo tanto sólo podemos deducir que en aquel momento no existía ninguna ley explícita que condenara al cristianos sólo por el hecho de serlo, pero se les castigaba, lo que establece una curiosa paradoja jurídica: era un castigo que se producía sin tener ninguna acción anterior situada fuera de la ley, tal como dice Santos Yanguas, «…su crimen revestía, más bien, un carácter extraordinario, siendo castigadas solamente en número de Ia razón de Estado«.
El heredero de Trajano, Adriano, dio continuidad a la política de su predecesor con relación a los cristianos; mantuvo la no aceptación de acusaciones sin fundamentos y dejó claro que actuaría de manera severa contra los calumniadores, por lo tanto la política de Trajano, Adriano y Antonino Pio mantiene esta ambigüedad y tolerancia («equidistancia», diríamos hoy en día) .

Tenemos constancia de una serie de escritos emitidos durante la dinastía Antonina que serían los primeros documentos oficiales relacionados con la «problemática cristiana», aunque la autenticidad de los mismos ha sido puesta en duda debido al riesgo de interpolaciones posteriores. Sin embargo, a partir de ellos, podemos afirmar que la condena a los cristianos se hacía en base el ius coertionis, o sea el derecho que protegía la seguridad del imperio y el bienestar público de sus ciudadanos; los cristianos eran considerados culpables, ya que cometían un delito que era intrínseco con su fe: ateísmo y/o deslealtad al emperador. No fue necesario idear nuevos delitos ya que dentro de las leyes romanas ya existía el sacrilegio y la laesae maistatis, delito que ya aparecía en las Doce Tablas.
tras la muerte de Antonino Pio, tenemos que esperar más de cuarenta años para tener una nueva fuente documental oficial del imperio que nos hable de los cristianos. Fue en el 202, cuando Septimio Severo promulgó un edicto prohibiendo el proselitismo de cristianos y judíos. Se trata de otra fuente documental dudosa, ya que sólo tenemos constancia de ella través de una obra tan poco fidedigna como la Historia Augusta, una colección de biografías de emperadores romanos que abarca el periodo comprendido entre 117 y 284. Es presentada como la unión de las obras de seis autores diferentes, pero la enorme cantidad de términos anacrónicos, vocabulario del latín vulgar y varios datos obviamente falsos, hacen pensar en un solo autor que escribió la obra, y a finales del siglo IV.
Bajo el gobierno de Decio (año 250) se añade otro delito intrínseco al ser cristiano: Las fronteras del norte estaban amenazadas por las tribus de los vasos y el emperador, para obtener la ayuda de los dioses, ordena un sacrificio general. Todo buen ciudadano ofrecía sacrificios para obtener este favor y proteger las fronteras; los cristianos se negaron, por lo tanto fueron castigados con la tortura y la ejecución, ya que actuaban contra el Estado.
Cuarenta años después, a pesar de juicios, hostilidad y castigos, el cristianismo crece de tal manera que un 10% del mundo romano es cristiano. La religión cristiana se encuentra en todas las clases sociales y cada vez tiene una organización interna más extensa: debido a esto, en el año 303, Diocleciano ordena la mayor persecución, promulgando su Edicto contra los Cristianos. No sirvió de nada. Sólo diez años después, Constantino el Grande promulga el Edicto de Milán (313) decretando la libertad de culto al imperio y, una libertad que dura 67 años, pasados los cuales Teodosio I decreta el Edicto de Tesalónica (380) y el cristianismo pasa a ser la religión oficial del imperio romano.

Es entonces cuando todos los dioses, deidades y numina que poco a poco y sin pisarse entre ellos, habían ocupado su lugar entre las paredes del Panteón, desaparecen, se van y se desvanecen. Una nueva religión, que adora a sólo un dios, ocupa el lugar que ellos ocupaban y decide no moverse nunca más, y de momento lo está cumpliendo.
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