La épica, según Deyermond, tiene siempre una evidente intencionalidad política, y esta «surge como consecuencia del espíritu heroico que anima a una colectividad en periodos de formación nacional», por lo tanto puede considerársela una sustitución de la historiografía, sin que por ello se aleje de su ámbito natural: la literatura.
La versión que poseemos de la Chanson de Roland es del siglo XI pero los hechos narrados en ella corresponden al siglo VIII. La história nos narra una época donde se vislumbra la transición del esclavismo al feudalismo, por lo tanto la relación que conocemos habitualmente entre un señor feudal y sus vasallos (o un rey y sus señores feudales) no existe todavía como tal, ya que ésta no se desarrollaría hasta finales del siglo IX. A pesar de todo eso, en el Imperio Carolingio ya existía algo similar, pues Carlomagno fomentó entre los miembros del clero y la nobleza unas alianzas para pagar los servicios militares: concederles tierras y cargos a cambio de fidelidad y auxilio militar.

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En la época narrada en el texto a nadie se le habría ocurrido cuestionar la autoridad real pero, ¡ay! el autor de la Chanson de Roland (o el transcriptor) vive en el siglo XII y en aquella época es la monarquía la que está bajo el poder de los nobles, por lo tanto el poema (y como él, otras canciones de gesta producidas en la misma época) recogen el sentimiento de superioridad del señor frente al rey.
En la Chanson de Roland ésta relación entre ambos impregna todo el texto, mediante imágenes, frases e ideas. La mayoría de estas imágenes pueden ser comprendidas como una justificación de la igualdad entre señor y vasallo, y esto se repite simbólicamente en infinidad de imágenes especulares. Una de ellas, la más evidente, es la similitud entre el ejército cristiano y el sarraceno, entre la corte de uno y la del otro, entre los 12 pares que rodean Carlos (como los 12 apóstoles a Jesús) y los 12 pares que siguen Marsilio; el mismo Marsilio es el lado oscuro de Carlos, de manera que cuando Marsilio muere, su alma automáticamente es entregada a los demonios (Morz est de doel, si cum pecchét l’encumbret. L’anme de lui as vifs diables dunet / La muerte es un sufrimiento, pues el pecado la ha causado. Entregan su alma a los demonios vivientes. Versos 3646-3647), como no puede ser de otra manera.
Pero hay muchas más imágenes que nos muestran esta ostentación de poder; una pequeña selección pueden ser las siguientes:
La bendición y la arenga de Turpín
La Guerra Justa como legitimación del ideal caballeresco.
Podemos ver esta imagen cuando el arzobispo arenga a los compañeros de Roldán y les recuerda que serán mártires y santos en el más alto paraíso (Se vos murez, esterez seinz martirs: Sieges avrez el greignor pareïs / Si morís, seréis santos mártires; recibiréis un lugar en el más alto Paraíso. Versos 1134-1135); y este es un detalle importante: estamos hablando de Guerra justa, no de Guerra Santa o Cruzada, dado que en todo el poema no hay ningún verso que pueda relacionarse con la liberación de los Sitios Sagrados.

En el texto se recuerda que la razón está siempre con los cristianos (Païent unt tort, e chrestien unt dreit / Los paganos están en el error, y los cristianos tienen la razón. Verso 1015) y el deber del caballero con relación a su señor se amplía al deber que también tiene con la Iglesia, de modo que si no la traiciona, ésta lo recompensará.
Evidentemente es complicado iniciar una Guerra Santa contra unos personajes estereotipados que no se corresponden con el mundo real; en el poema, el mundo musulmán es una invención, pues el autor no conoce —o nos quiere hacer creer que no conoce— sus costumbres; utiliza nombres fantasiosos, explica que adoran una extraña triada de divinidades, etc. Todo es una simplificación por parte del autor, una convención literaria, pero, sin duda, si la historia se hubiera situado en tiempo de las cruzadas, se habrían aportado más datos correctos sin dejar de lado la fantasía intrínseca a la historia.
La obediencia feudal
Cualquier sacrificio es deseable para servir a nuestro señor.
Carlos es el señor y sus vasallos le obedecen y por él sufren, luchan (Pur nostre rei devum nus ben murir / Por nuestro rey debemos morir con honor. Verso 1128), y aceptan cualquier sacrificio (Pur sun seignur deit hom suffrir destreiz, e endurer e granz chalz e granz freiz; so’n deit hom perde e del quir e del peil. Or guart cascuns que granz colps i empleit, que malvais chant de nus chantet ne seit. / Por su señor ha de sufrir el hombre las tribulaciones, soportar los grandes fríos y los grandes calores; por él debe sacrificar incluso la carne y la piel. ¡Que cada uno haga allí su parte con poderosos golpes, y que jamás se entone un canto deshonroso sobre nosotros! Versos 1010 a 1014). Sin embargo, el poder de Carlos es escaso (aunque el primer verso del poema sea: Carles li reis, nostre emperere magnes / Carlos, el rey, nuestro gran emperador.) ya que sus vasallos son los que deciden por él e incluso su sobrino Roldán adquiere protagonismo ante el rey, por lo que éste parece aceptar todas las decisiones que toma el joven héroe.
Absolución de Ganelón
El rey debe escuchar a sus nobles.
Cuando Ganelón olvida las leyes del vasallaje y sigue sus propios intereses, es juzgado por los demás nobles; estos piden la absolución ya que Ganelón ha demostrado su valentía en la lucha. Carlos no está conforme, pero se ve obligado a aceptarlo y, bajando la cabeza (Quant Carles veit que tuit li sunt faillit, mult l’embrunchit e la chere e le vis, a l’doel qu’el ad si se cleimet caitif / Cuando Carlos ve que todos lo han abandonado, su rostro entero se ensombrece, y por la pena que lo aflige, se tiene por desdichado. Versos 3815 a 3817), se ve obligado a perdonarlo, a pesar de la evidente traición, ya que se valora más un buen guerrero que un vasallo fiel.

El Juicio de Dios
A pesar de que, tal y como he dicho en el párrafo anterior, Ganelón es absuelto de traición, algún castigo tiene que recibir, y sólo puede ser Dios quien lo decida (Deus facet hoy entre nus dous le dreit! / ¡Dios haga hoy justicia entre nosotros dos! Verso 3898).
Este juicio toma forma cuando Pinabel de Sorenza quiere defender la memoria de Roldán, y éste gana en combate singular a Terrín de Anjou, pariente de Ganelón. El hecho de ganar el combate demuestra claramente de parte de quien está Dios, y por eso Ganelón muere descuartizado (A icest colp est li esturs vencuz. Escrient Franc: Deus i ad fait vertut. Asez est dreiz que Guenes seit perduz. E si parent ki plaidet unt pur lui / Con este golpe, la contienda queda ganada. Los francos claman: “¡Dios ha mostrado aquí su poder!” Justo es que Ganelón reciba su castigo, y también los parientes que lo defendieron. Versos 3930 a 3933).

Esta manera de solucionar la disyuntiva entre la presunta traición actual y los servicios prestados con anterioridad puede parecernos incluso ridícula, pero recordemos no lo es, ya que el juez supremo siempre es Dios, Él es el judex Justus de la Biblia.
El interés económico
Aunque parezca que todo se trata de una reconquista de tierras frente al sarraceno o de una especie de Guerra Santa para imponer la fe cristiana, en el fondo todos los personajes se mueven por avaricia y afán de enriquecerse. ¿Porque los francos siguen a Roldán? ¿Por su fuerza y valentía? ¿Porque era «francs, larcs e cortes«? En realidad lo hacen porque les ofrece oro, armas, regalos y joyas (Il l’aiment tant, ne li faldrunt nïent. Or e argent lur met tant en present, Muls e destrers, palies e guarnemenz; L’emperere meïsmes ad tut a sun talent: Cunquerrat li les teres d’ici qu’en Orïent / Lo aman tanto que no le faltará nada. Le ofrecen tanto oro y plata en presente, mulos y caballos de guerra, telas preciosas y galas; el mismo emperador satisface todos sus deseos: conquistará para él las tierras desde aquí hasta Oriente. Versos 397 a 401). Y por esta misma razón Carlos hace (o parece hacer) todo lo que Roldán desea, ya que el héroe entrega al rey todas las tierras que conquista.

La magia de los objetos
Hay otras imágenes de poder, pero una de las que más claramente distingue al poderoso (sea rey, noble, señor feudal o guerrero) es todo el aparato físico que le rodea: armas, vestidos, joyas y, evidentemente, reliquias sagradas. Digo evidentemente, porque estas reliquias son las que convierten una simple espada en un objeto mágico. La magia existe si uno cree en ella y, además, si se trata de una magia que proviene de Cristo, siempre será más poderosa que la de los paganos.

En todo el poema, las armaduras, yelmos y escudos son exageradamente lujosos, revestidos de oro batido, con empuñaduras de cristal, dorados, con revestimientos de marfil y gemas… ¡incluso los estribos de los caballos son de oro o de plata! Una armadura ceremonial era más o menos lujosa, pero una armadura de combate evidentemente no era así, pero el autor lo olvida (o quiere hacernos creer que lo olvida) y siempre que describe un arma, la reviste de todo tipo de joyas y detalles de oro.
Todo es brillante y luminoso, ya que el color también tiene un simbolismo claro a la obra: la luz, los brillos y el color blanco siempre está contrapuesto a la noche, la oscuridad y el color negro. Un ejemplo es la espada de Roldán, Durandal, que llena de luz lo que le rodea (El durendal, cum es bele, e clere, e blanche! Cuntre coleill si luises e reflambes! / ¡Oh Durendal, qué hermosa eres, y clara, y blanca! Bajo el sol reluces y resplandeces. Versos 2316 i 2317). Este gusto por los colores bebe de las fuentes primigenias de San Agustín, quien vinculó la belleza a la luz, a la blancura del mármol, al brillo del oro, los reflejos de las piedras preciosas… Años después de que Turoldus escribiera (o amplificara, o copiara) la Chanson de Roland, Santo Tomás de Aquino afirmó que la belleza tiene tres cualidades: integritas, consonantia i claritas, y de entre ellas esta claritas es la luminosidad del color correcto y es tan importante o más que las otras dos.

Pero las verdaderas imágenes de poder son las armas y, como he dicho, si estas además son milagrosas, se vuelven más poderosas. La característica principal de Durandal es guardar en su pomo un diente de San Pedro, sangre de San Basilio, cabellos de San Denís y un trozo del manto de la Virgen (En l’orent punt asez i ad reliques: la dent seint Perre e de l’ sanc seint Basilie, e des chevels mun seignur seint Denise; de l’vestement i ad seinte Marie / En el pomo tiene bastantes reliquias: el diente de San Pedro y la sangre de San Basilio, y cabellos de mi señor San Dionisio; del vestido de Santa María también hay allí. Versos 2345 a 2348).
Guardar reliquias es algo común en muchas espadas, eso y el hecho de que al montarlas siempre se utilizan, como indica Emilio Sobejano en “Espadas de España” (1956): «complejos y extraños ritos de magia que las dejaba provistas de las misteriosas virtudes de encantamiento, y por ello se conocieron estas espadas con el sobrenombre de Girgeas«..
Carlos también tiene una espada maravillosa, Joyosa, que además de mudar el color treinta veces al día (Ki cascun jur muet .XXX. Clartez. / Que cada día obra treinta milagros. Verso 2502), lleva a su pomo un trozo de la lanza que hirió a Jesús cuando éste estaba en la cruz (Asez savum de la lance parler, dunt Nostre Sire fuit en la cruiz naffrez: Carles en ad l’amore, mercit Deu! En l’oret punt l’ad faite manuverer / Sabemos bien hablar de la lanza con la que Nuestro Señor fue herido en la cruz: Carlos la tiene en su poder, gracias a Dios. En el pomo (de Durendal) ha hecho colocar una parte de ella. Versos de 2503 a 2506).
Tanto Joyosa como Durandal son mágicas gracias a las reliquias, y podemos contraponer este hecho a la celebérrima Excalibur del ciclo Artúrico, que es mágica por otras razones bien distintas. Ambas, no obstante están relacionadas, pues parece demostrado que la Chanson original se inició en la corte de Guillermo, Duque de Normandía, país donde nacieron también los mitos de Arturo, Merlín, Ginebra y Lancelot.
Durandal y Joyosa son lo que LeGoff llama «sobrenatural cristiano». El autor clasifica la magia existente en el imaginario medieval en tres dominios: mirabilis, magicus y miraculosus; de modo que mirabilis es el hecho maravilloso precristiano, magicus es aquello que es maléfico y miraculosus el verdadero «sobrenatural cristiano». Las reliquias pertenecen a este último grupo, y su posesión estaba reservada a unos pocos privilegiados (a pesar de ser un oxímoron, tengo que recordar que sólo son poderosas las verdaderas reliquias).
El mercado medieval de reliquias es algo desconcertante, tanto por su volumen, por la devoción con la que se buscaban y por el negocio que se movía a su alrededor. Negocio que hasta la reforma luterana no desapareció, pero en la época en que se creó la Canción de Roldán, el culto a las reliquias estaba en su apogeo (por cierto, y al hilo de esto, con relación a las falsas reliquias, es muy interesante leer la narración décima de la Jornada sexta del Decamerón de Boccacio, en la que el llamado Frate Cipolla intenta vender a unos campesinos una pluma del arcángel San Gabriel y al no conseguirlo, entonces les vende unos carbones que fueron los que se usaron para quemar a San Lorenzo).
La espada de Roldán no habría sido la misma, por prestigio y poder, si hubiera sido carente de lo que guardaba en su pomo.

A pesar de que Erasmo afirmaba que la costumbre de acumular reliquias era simplemente una estupidez, el Concilio de Trento en 1545 confirmó la legitimidad del culto, por tanto, si la reliquia del santo guardada en una ciudad convierte este santo en el defensor civitatis, ¡cómo no protegerá al portador de una reliquia guardada en una espada!
El hecho de atar reliquias y armas, tiene el objetivo de cristianizar la caballería, para que así esté al servicio de la iglesia. El héroe que lleva al pomo de su espada la reliquia de un santo, además de obtener protección, se convierte en un modelo cristiano que puede impregnar toda la sociedad; dentro de esta mentalidad podemos incluir San Bernad, los templarios, el Papa Gregorio VII, el ciclo del Graal, el Perceval de Chretien de Troyes o el tratado caballeresco de Ramon Llull.
Es por esta razón y no otra que Roldán vence a sus enemigos; no es por la valentía o su fuerza, no es sólo porque la razón está de su lado; es porque tiene en sus manos un arma que el mismo Dios destinó que fuera suya (Carles esteit es vals de Moriane, quant Deus de l’ cel li mandat par sun angle. Qu’il te dunast à un cunte cataigne / Carlos estaba en los valles de Moriana, cuando Dios desde el cielo le mandó, por medio de su ángel, que te diera a un conde como capitán. Versos 2318 a 2320) y que ningún infiel podía poseerla (Pur ceste espée ai dulur e pesnce: Melz voeil murir qu’entre païens remaigne! / Por esta espada tengo dolor y preocupación: prefiero morir antes que quede en manos de los paganos. Versos 2335 i 2336).

Sin duda es la imagen definitiva de poder, y por ello Roldán es el héroe, y por eso no consigue serlo su compañero Oliver (Rollanz est pros e Olivers est sages, ambedui unt merveillus vasselage / Roland es valiente y Olivier es sabio; ambos poseen un maravilloso vasallaje (heroísmo). Versos 1093 i 1094).
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