El concepto de duda y escepticismo son dos puntales sobre los que se asienta la modernidad; el «Je pense, donc je suis» de Descartes conforma los cimientos de lo moderno, unos cimientos tan firmes que no pueden romperse ni por «las más extravagantes suposiciones de los escépticos”.
Esta es la base del pensamiento moderno: la certeza por un lado y la duda por el otro; porque la modernidad duda de todo aquello que esté basado en la fe ciega («... desde joven, he admitido muchas opiniones falsas como verdaderas, y que lo que después he construido sobre principios tan poco sólidos tenía que ser muy dudoso e incierto, y desde entonces he considerado que necesitaba proponerme seriamente, una vez en la vida, deshacerme de todas las opiniones en las que había creído anteriormente, y volver a empezar desde los cimientos…»).
O sea, es tan simple y tan complicado como poder deshacernos de todo y empezar de nuevo con el objetivo de encontrar la verdad mediante la razón; encontrar algo que nos ayude a no dar por supuesto nada que no sea evidente por sí mismo para, de este modo, resistir frente al escepticismo que puede acabar derribando el edificio más firme. Este reinicio sólo es posible si se rompe con el pasado y esto, según Descartes, significa que no se debe confiar en los filósofos anteriores, de manera que el aristotelismo y la escolástica medieval se convierten en la oficialidad a la que no se debe recurrir, ya que ésta no trabajaba con ideas claras y concisas, y sus conceptos eran confusos, pues no entraban en el método epistemológico y racional que Descartes deseaba.
Pero Descartes no era un revolucionario; la crítica a la oficialidad escolástica que propugna no impide que, al mismo tiempo, reconociera la autoridad de sus contrincantes y se mantuviera fiel a la Iglesia, a sus dogmas y sus dignatarios. No criticó nunca la infalibilidad de la Iglesia e incluso dijo de los hombres que condenaron a Galileo que eran «personas a quienes profeso deferencia y cuya autoridad no es menos poderosa sobre mis acciones que mi propia razón”.
Entonces, ¿dónde quiere ir Descartes con estos planteamientos? Sin duda al reconocimiento de la autoridad de la Iglesia en los aspectos públicos y religiosos, pero no en los filosóficos. ¿Esto convierte a Descartes en el primer filósofo moderno? A pesar de si mismo, sí.
Explicaré esta especie de paradoja: Descartes es el primer filósofo moderno pesar de sí mismo, ya que él no se consideraba moderno, pero los pasos que inició plantaron la semilla de la modernidad (podríamos decir, en un símil incluso irreverente, que Descartes plantó la semilla, Locke y Hume regaron la planta y Kant y Hegel se tumbaron bajo la sombra del árbol).
Descartes no se consideraba moderno, aunque sus contemporáneos vieron en su trabajo una amenaza a la filosofía tradicional; recordemos por ejemplo la condena de la Universidad de Utrecht a los cursos de Henricus Regius, autoconsiderado discípulo de Descartes; se decía de él que alejaba a la juventud de la filosofía correcta, enseñaba ideas absurdas y los oponía la filosofía tradicional.
La modernidad de Descartes no es la modernidad de hoy en día. Él era consciente de estar «rompiendo moldes«, pero se consideraba más antiguo que los mismos antiguos (majorem rerum experientiam), y afirmaba que su mundo era más antiguo que el mundo que le precedía, ya que era un mundo que había vivido más y, evidentemente, tenía más experiencia.
Podemos afirmar que, a partir de la publicación de su obra, empieza lo que podríamos llamar el tiempo nuevo (Neuzeit), o sea la modernidad. Y esta no empieza de manera premeditada, lo hace porque su obra es racionalista, eminentemente humanista, tiene un espíritu crítico y es profundamente liberal y democrática; o sea, las ideas que terminarían por imponerse en Europa.
Podemos decir también que el pensamiento cartesiano, a pesar de ser una etapa más en las corrientes filosóficas, es esencial porque toma como punto de partida la razón y no las filosofías anteriores, y así se convierte en la base de todo el pensamiento del periodo pre-kantiano y, gracias a él, el mecanicismo y la nueva ciencia sustituyen la tradición del pensamiento mágico, que prácticamente desaparece en esta época.
Este pensamiento mágico y/o supersticioso, aunque tuvo un rebrote muy intenso coincidiendo con el agrietamiento general del edificio escolástico, acabó siendo enterrado por el cartesianismo; me atrevería a ponerme ligeramente poético (que nunca está de más) y diría que el cartesianismo fue una especie de Ananké filosófica, se creó la necesidad de su aparición.
Tiempo después, Hegel dijo que con Descartes ya podemos sentirnos como en casa y gritar, como el navegante después de la travesía: ¡¡¡Tierra!!!.
BIBLIOGRAFIA
- ARENAS, Luis (2015). Descartes, la duda como punto de partida de la reflexión. RBA
- CHEVALIER, Jacques (1969). Historia del Pensamiento III. El pensamiento moderno: de Descartes a Kant. Aguilar de ediciones
- DESCARTES (1982). Discurso del Método, Editorial Espasa-Calpe
- DESCARTES (1982). Meditaciones Metafísicas, Editorial Espasa-Calpe



