Un día de enero de 1979 se estrenó en TVE un telefilme llamado Raíces (Roots), Basado en el bestseller de Alex Haley. El público se emocionó viendo las tribulaciones del pobre Kunta Kinte, aquel que desapareció un día cuando buscaba un tronco de árbol para hacerse un tambor.

«¡Qué malos son los americanos!», decían los televidentes. «¡Pobre Kunta Kinte!», se lamentaban cuando, a latigazos, le cambiaban el nombre por el de Toby, a pesar de que Kunta Kinte, en un acto de rebeldía y reafirmación, gritara su nombre real mientras lo estaban azotando.
Un inciso: el cambio de nombre era algo habitual, no era un hecho sin trascendencia, sino que era totalmente premeditado, ya que el nombre formaba parte del sistema mítico y de creencias de la persona. El nuevo nombre que recibía el esclavo lo hacía sentir perdido, desarraigado; y a partir de ese momento tenía que mantener su nombre real en secreto, y se convertía en un nombre impronunciable.
«¡Parece mentira!», afirmaba vehemente el público de la serie, sin ser conscientes que el comercio de esclavos estuvo legalizado en España durante muchos años y que compatriotas suyos se aprovecharon de él sin ningún tipo de escrúpulo.
Kunta Kinte fue capturado en lo que hoy en día es Gambia, en el año 1765. Ese mismo año se autorizó al puerto de Barcelona, entre otros, a comerciar con las Antillas, dando el inicio a la corriente migratoria de catalanes que emigraron a Cuba, Puerto Rico y San Domingo. Hasta aquel momento el monopolio del comercio de esclavos y algodón lo tenía la llamada Compañía de Barcelona, una sociedad mercantil que dependía de la corona española y que funcionó de 1755 a 1785. Todo este comercio se produjo antes de la llamada fase legal del Tráfico de esclavos, que fue de 1790 a 1820.
Fue a partir de 1790 cuando la llegada de esclavos al Caribe fue continua —un gran número de estos fueron transportados en embarcaciones de capital catalán. Sin embargo, la gran mayoría seguían siendo transportados por barcos ingleses y franceses y no fue hasta 1810, debido a la ilegalización del tráfico de esclavos en Inglaterra y en Estados Unidos, que no se vio un aumento vertiginoso de pabellones españoles.
Pero, ¿de qué cifras estamos hablando? Un cálculo bastante detallado que hace Fradera a partir de diversas fuentes indica que entre 1790 y 1820 hubo 1.958 embarcaciones que transportaron 203.432 esclavos. De esta cifra, 1.369 embarcaciones eran de origen extranjero y transportaron 92.868 esclavos y 589 embarcaciones tenían pabellón español y transportaron 110.564 esclavos. ¿Cuántas de estas fueron catalanas? Con la dificultad añadida de determinar que se entiende por catalanas (¿las que partían de puertos catalanas? ¿aquellas con tripulación mayoritariamente catalana? ¿las de capital catalán?), Fradera da la cifra de 146 embarcaciones y 30.696 esclavos (un 21’7% de las embarcaciones españolas y un 27% de los esclavos).

A partir de 1821, y hasta 1845, Fradera contabiliza 233 embarcaciones españolas, de las que solo 56 pueden ser consideradas catalanas (un 23’9% del total). El desglose, muy exhaustivo, se puede encontrar en “La participació catalana en el tràfic d’esclaus (1789-1845)”; se trata de un artículo de 1984 y hoy en día se considera que estas cifras se quedan cortas, ya que estudios más actuales, como por ejemplo él del proyecto “Voyages. The Trans-Atlantic Slave Trade Database” que gestiona el Hutchins Center for African & African American Research de la Universidad de Harvard, consideran a España como el cuarto país en número de esclavos transportados.
Los cálculos efectuados por este estudio hablan de 1.061.524 esclavos transportados por barcos españoles (un 8,5 % del total), mientras que el número de esclavos llegados a territorios españoles en América subiría hasta 1.591.243 personas. De esta cantidad hay que remarcar que solo a Cuba se transportaron 889.990 esclavos. Más del 90 % de los esclavos transportados a Cuba (810.971) se concentraron en el siglo XIX, y tres cuartas partes de ellos mediante barcos ilegales.

El tráfico de esclavos era un negocio muy lucrativo, y esencial para el mantenimiento de la colonia, pero no era un trabajo ni fácil ni exento de peligros, además de ser considerado desagradable por la marinería. Hay un dato unánime en todos los relatos sobre esclavitud transatlántica: a los marineros no les gustaba hacer de carceleros y consideraban el trabajo en los barcos negreros como algo ajeno a su oficio.
En estos barcos, además de las tareas propias de la navegación, había que sumarle otras tareas más “desagradables” como recoger excrementos, rapar cabezas, preparar a los esclavos para la venta, darles de comer dos veces al día, desinfectar las cubiertas, sacarlos a hacer ejercicio y vigilar los intentos de suicidio y las peleas (cualquier pérdida de esclavos por una de estas dos últimas causas corría a cuenta de la tripulación y les descontaban el importe del esclavo de sus sueldos).
A partir de 1820, con la ilegalización del comercio, las condiciones aún fueron más peligrosas, debido a la clandestinidad, sin embargo, seguía siendo rentable, por lo que muchos empresarios se dedicaron a este «negocio» o bien como traficantes o como clientes.
Sin contar a los capitanes y oficiales de barcos negreros, los que realmente hicieron fortuna gracias al tráfico son nombres tan conocidos como Marià Flaquer, uno de los fundadores del Banco de Barcelona; Francisco Martí y Torrents, gran empresario de La Habana, o Salvador de Samà, el marqués de Marianao, diputado en el Congreso y Alcalde de Barcelona.
Otros personajes que también se enriquecieron fueron Josep Baró y Blanxart, que estableció la primera línea regular de barcos entre Cuba y España; Joan Güell y Ferre, diputado y senador además de ser uno de los más grandes empresarios metalúrgicos de la segunda mitad del XIX; José Xifré y Casas, que comenzó de contrabandista y terminó como el catalán más rico del siglo XIX; Miquel Biada, impulsor en 1848 del primer tren de la España peninsular, que cubrió la distancia entre Barcelona y Mataró; José Vidal Ribas, uno de los principales accionistas del Banco de Barcelona; Jaume Torrents, gran propietario de inmuebles en Barcelona o los hermanos Vidal-Quadras, fundadores del banco que llevaba su nombre.
Si buscamos entre los españoles no catalanes también encontraremos muchas familias que hicieron una gran fortuna en Cuba y las Antillas, no obstante hay una pequeña diferencia, quizás nada casual: a diferencia del caso catalán, casi todos obtuvieron títulos nobiliarios. Este gran número de títulos nobiliarios demuestra que para acceder a la nobleza no importa el origen ni tiene alguna importancia la manera con la que uno se ha enriquecido, lo esencial es caerle bien a quien concede el título; de manera que la gran mayoría de títulos nobiliarios que se dedicaron al tráfico de esclavos, son títulos concedidos en el periodo en que éste prosperó, y solo en un par de casos el personaje en cuestión ya pertenecía a la nobleza con anterioridad.
Todos ellos se enriquecieron con esclavos, usándolos en sus explotaciones o influyendo en la política para mantener la esclavitud, y todos fueron recompensados con títulos nobiliarios por la corona de España.
Me refiero a personajes como Julian de Zulueta, marqués de Álava; Antonio López y López, marqués de Comillas; Agustín Fernando Muñoz, duque de Riánsares; Juan Manuel de Manzanedo, marqués de Manzanedo; Esther Romeu de Juseu, marquesa de Casa Peñalver; Santiago de la Cuesta, conde de Reunión de Cuba; Claudio Martínez de Pinillos vizconde de Valvanera; José Gutiérrez de la Concha, marqués de l’Havana; Joaquín Beltrán de Santa Cruz, conde de Santa Cruz de Morox; Melchor Jacot y Ortiz-Rojano, conde de Pozos Dulces; Nicolás de Peñalver, conde de Peñalver; Lorenzo de Montalvo, conde de Macuriges; José Eugenio Moré, conde de Casa Moré; Jacinto Barreto y Pedroso, conde de Casa Barreto, o Francisco María de la Luz de Arango, marqués de la Gratitud.

Pero, aparte de ellos, también hay un pequeño grupo que no ascendió a la nobleza pero se enriqueció con el tráfico de esclavos; ejemplos son contrabandistas como Pedro Blanco Fernandez, conocido como el Mongo de Gallinas, el pirata y negrero español más conocido internacionalmente; Urbano Feijóo Sotomayor, empresario y político que trasladó a Cuba más de 1.700 gallegos a trabajar en condiciones de semi-esclavitud; Pablo de Epalza, uno de los fundadores del Banco de Bilbao, o Joaquín Gómez Hano de la Vega, consignatario de una gran flota negrera de La Habana.
Pero hay un detalle que debe señalarse: del mismo modo que todos los negreros no eran catalanes, tampoco todos los catalanes eran negreros. En la isla viajaron muchos pequeños comerciantes, asalariados y trabajadores que fueron a abrir sus negocios y que prosperaron gracias a su laboriosidad. Como muestra, un botón: Jean Baptiste Rosemond de Beauvallon, refiriéndose a los trabajadores catalanes establecidos en la isla, dice en 1844: «al ver esta gente sobria y industriosa, que se levanta con el alba y trabaja sin respiro bajo un sol que enerva y mata, lejos de sentir por ellos el desprecio con que los mira el criollo, experimento el mayor de los respetos”.
Todo este lucrativo comercio recibió el golpe de gracia cuando cambió la legislación consecuencia del tratado anglo-español de 1817. Este tratado fijó el 30 de mayo de 1820 como la fecha de finalización del comercio de esclavos. Evidentemente, éste siguió, con el riesgo añadido de las duras represalias en el caso de interceptación del barco, ya que el castigo que determinaba el tratado era la confiscación del barco y de la carga y una condena a diez años de trabajos forzados en Filipinas para los oficiales del barco. El gobierno español hizo ver que exigía el cumplimiento del tratado con los ingleses, pero en realidad no se dedicó en ningún momento a vigilar o detener barcos negreros.

En el año 1835 España firmó un segundo tratado con Gran Bretaña y aceptó la captura de los barcos que transportaban esclavos. Una de las pruebas que parece demostrar que el estado español quería tomarse en serio la prohibición, es que aceptó el artículo 10 del tratado, el denominado “Equipment Clause”, que decía que cualquier barco podía ser apresado solo por el hecho de encontrar en él puertas abiertas en lugar de las habituales escotillas cerradas que se usan en los barcos mercantes; divisiones en la cubierta en mayor cantidad de lo necesario, tablones de recambio adaptados para ser colocados como segunda cubierta, grilletes o esposas, una cantidad de agua superior a la necesaria para la tripulación, un caldero o cualquier otro utensilio de cocina de una medida inusual, una cantidad extra de arroz, o harina u otro alimento en cantidad superior a la necesaria para alimentar la tripulación, etc.
Este segundo tratado fue de 1835, pero no fue hasta 1845, debido a las presiones del Reino Unido, cuando se promulgó una nueva legislación penal. Esta legislación no evitó que siguieran llegando esclavos en Cuba, utilizando barcos estadounidenses, y así siguió hasta que estalló la guerra civil americana. A consecuencia de la guerra, Lincoln estaba preocupado de la más que probable implicación de los estados confederados en el tráfico de esclavos y firmó un tratado con Gran Bretaña para vigilar las aguas cubanas e impedir el tráfico negrero. Esto, junto con una caída del precio del azúcar, hizo que a partir de 1863 la demanda de esclavos en Cuba fuera mínima.
La guerra civil terminó con la victoria de la Unión (antiesclavista) y esto hizo que los políticos españoles vieran las orejas del lobo, bajo la forma de la anexión de la isla por parte de los Estados Unidos. En menos de un año proclamaron un Real Decreto primero (1966) y una ley después (1867) con la intención de acabar de una vez por todas con el tráfico de esclavos.
Finalmente, llegó la abolición, pero no queda claro que tuvo más peso, si el movimiento abolicionista que cada vez tenía más influencia en España o las orejas del lobo americano. Kenneth Morgan afirma que los abolicionistas tuvieron poca importancia y las razones diplomáticas pesaron mucho más en las decisiones que llevaron a la prohibición definitiva en 1880. Sin embargo, no podemos dejarlos de lado, ya que, tal como nos recuerda Maluquer, a consecuencia de la revolución de 1868, la caída de Isabel II y la llamada Guerra Grande en Cuba, el movimiento abolicionista se activó en toda España, aunque los detractores seguían situados muy cerca de los círculos de poder.
Un punto clave en la progresión del movimiento abolicionista español, fue el proyecto de ley del gobierno de Ruiz Zorrilla (1872) que propuso abolir la esclavitud en Puerto Rico. Entonces, muchas entidades ciudadanas vinculadas a la alta burguesía, vieron en la abolición un ataque directo a sus intereses económicos, y presentaron sus quejas ante el Presidente del Consejo de Ministros, al tiempo que se celebraban mítines y reuniones defendiendo el mantenimiento de la esclavitud.
Por otro lado, los sectores republicanos, que en el fondo consideraban las propuestas abolicionistas del gobierno demasiado blandas, también organizaron diversas manifestaciones como, por ejemplo, la de diciembre de 1872 en Barcelona.
Las crónicas dicen que, una vez terminada la manifestación, el historiador y político Salvador Sanpere hizo un discurso ante el Hotel «Cuatro Naciones», donde residía el cónsul de Estados Unidos, y allí alabó la contribución americana a la libertad de los hombres e incluso gritó vivas a la bandera estadounidense. Esto, evidentemente, fue objeto de burlas por parte de los sectores más conservadores.

La Campana de Gracia del 29 de diciembre de 1872, criticó algunas de estas burlas de periódicos cercanos a los carlistas (“allò d’anar a saludar la bandera honrada dels estats Units, fou una espansió juvenil”, decían estos). Además, en el mismo número aparece una curiosa relación de argumentos contra los negreros: “Los negres no constitueixen una propietat, perque en bona ciencia sols pot ser posseida una cosa; y un negre no es una cosa. Si la esclavitut es un tráfech com qualsevol altre, paciencia, tot comerciant está esposat á un contratemps. Fa molt ruido allo de: al negre se’l treu del estat salvatje pera ferlo contribuir als adelants de la agricultura. Volen fer lo favor de dirme hont es la civilització, ¿si á las costas d’Africa ó á las Antillas?”
Desde los diarios republicanos se apoyaba la actuación del gobierno recordando que Emilio Castelar «… dijo la la última palabra sobre la abolición de la esclavitud. ¡30 mil esclavos son libres! Nosotros no diremos más: -En esta santa causa, ante la liga Negresca, se levanta ya la liga de la libertad, la liga de la democracia. Fe, firmeza y energía, y es nuestra la victoria».
Esta «liga Negresca» a la que hace referencia la publicación era una especie de partido político o coalición que concentraba sus esfuerzos en la defensa de la esclavitud. Tenía su origen en los llamados Círculos Hispano-Ultramarinos de ex residentes de las Antillas que existían en varias ciudades y que, posteriormente, constituyeron las Ligas Nacionales, formadas por varios grupos que abandonaron sus diferencias básicas para hacer un único frente contra la abolición: carlistas, alfonsinos, moderados, conservadores e incluso un sector de los republicanos, junto con más de 300 nobles y Grandes de España.
La ley que supuso la liberación de los esclavos de Puerto Rico terminó aprobándose en marzo de 1873 pero, como he dicho antes, hasta 1880 no llegó el decreto de abolición definitiva de la esclavitud.
Abolicionistas y esclavistas hubo en todas partes; puedo imaginar las razones por las que, con demasiada asiduidad, se remarca el gran número de miembros de la burguesía catalana que tenían negocios en Cuba y eran favorables al tráfico de esclavos, obviando el gran número de fortunas del resto de España que mantenían la misma opinión. Por ejemplo, la Sociedad Abolicionista Española no se creó hasta 1864, ya que hasta aproximadamente el año 1850, las manifestaciones antiesclavistas a nivel nacional fueron muy pocas. A partir de la finalización de la Guerra Civil Americana comenzó una tarea incesante de educación a la opinión pública mostrando el carácter inmoral del esclavitud.
En Cataluña la progresión fue más o menos igual, aunque bastantes años antes, pues en 1825 aparece una de las primeras manifestaciones abolicionistas. Fue la publicación por parte de Agustín Gimbernat de la obra de Thomas Clarkson “Grito de los africanos contra los europeos, sobre opresores, o sea rápida ojeada sobre el comercio homicida llamado tráfico de negros”. A partir de esta publicación, el Diario de Barcelona recogió habitualmente noticias referentes al tráfico de esclavos, siempre criticándolo y mostrando su amoralidad. A pesar de todo se trataba de iniciativas sin demasiado recorrido, y la prueba está en que no fue hasta 1841 cuando la Junta de Comercio de Barcelona empieza a preocuparse por los movimientos abolicionistas y es entonces cuando decide posicionarse claramente en contra de ellos.

Las razones, como suele ocurrir, eran eminentemente económicas, no había ningún sesgo racista; los empresarios con intereses en Cuba veían en la esclavitud el medio más cómodo y seguro para mantener la dominación colonial. Además, tal como remarca Maluquer, fue una gran fuente de ingresos para financiar la industrialización de Cataluña y sin duda fue el que dio el pistoletazo de salida al capitalismo catalán.
Evidentemente los capitales que hicieron el camino de Cuba en España podrían haber servido para industrializar otras zonas del estado, sin embargo, entre muchas otras razones, hay quien señala que una de las causas principales de la diferencia del uso de los capitales obtenidos entre Cataluña y España, era el grado de dinamismo de los empresarios y los comerciantes catalanes entre los todos los que buscaron ganarse el pan en Cuba.
Fueron muchos millones de pesetas las que se trasvasaron desde la isla hacia el estado español (unos 2.000 millones de pesetas-oro de la época, según Antonio Gomez Mendoza, o unos 1.700 millones de pesetas-oro de de la época, según Pedro Fraile), que permitieron, aparte de mantener la continuidad en el desarrollo económico, una fuerte aceleración en algunos sectores e invertir en el entonces incipiente conglomerado fabril.
Con el «desastre del 98», todos aquellos que regresaron a Cataluña, la mayoría enriquecidos, continuaron abriendo negocios en su tierra y creando sociedades anónimas que dieron fuerza a unos sectores hasta entonces casi inexistentes: el bancario, el ferroviario, el metalúrgico… La burguesía catalana no estaba para perder dinero, y como la mayor parte de sus ingresos venían de los mercados coloniales, al perderse estos, buscaron nuevos mercados en el extranjero y reestructuraron el mercado interior, y eso era algo muy difícil de imitar por caduco y anquilosado modelo político de la restauración; de ahí los sucesivos intentos de modernizar y descentralizar el estado por parte de la clase industrial y política catalana.
Para finalizar, me atrevería a afirmar que, si bien el comercio de esclavos en sí mismo influyó de una manera reducida a la industrialización de Cataluña, se ha de reconocer se modernizó el país gracias a la posibilidad de entrar en las colonias, al apertura de negocios en éstas, a la exportación e importación en condiciones muy ventajosas y a la gran repatriación de capitales (además, cuando las colonias dejaron de serlo, las exportaciones hacia ellas continuaron de manera parecida e incluso, en alguna ocasión, aumentaron).
Los capitales que vinieron de Cuba impulsaron Cataluña, de eso no hay duda, basta con leer la poética editorial aparecida en el número uno de la publicación quincenal Las Antillas:
“En definitiva, Cataluña a impulsos de los capitales ultramarinos, ha visto moverse sus máquinas, hermosearse sus poblaciones, regarse sus antes áridas llanuras, formarse sobre su azulado cielo esa aureola de fama y de renombre que la coloca a la cabeza del movimiento moderno en España”.
Si yo fuera un poeta modernista, y trabajara a sueldo de Las Antillas, sin duda glosaría la pesada labor de los esclavos que fueron a parar con sus huesos a Cuba, ya que gracias a ellos, la modernización del país fue una realidad. Quizá diría algo como esto, parafraseando la editorial:
En aquella hora dolça y riallera,
d’enllà de la mar vinguera marbre i’or,
nova i aurífica terra prospera,
mercé a ell, es treballa entre carbó i foch.
Arriba una boyra de suaus aromes,
la ciutat es desperta i canta de goig.
Formosa està entre carmesines bromes
y’l suau fajol tot florit de blau i roig.
Dels pulverenchs llochs d’esgarrifances plens,
fèrtils esplets esdevenen futrescenses
blayma’ts de blau del cel, vora’l sol rogent.
És força per les espanyes i els sostens,
que a l’horitzó clar de nuvols rabens
de fama, renom i modern, moviment.
El problema es que yo no soy poeta, y además considero que el origen del capital, a pesar del fin a que se destine éste, si tiene importancia. Creo que el oro puede ser sucio y puede manchar las manos de todo aquel que negocia con él sin escrúpulos.
Pero, por supuesto, esto sólo es mi humilde opinión.
BIBLIOGRAFÍA
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