La función de la cultura es dar sentido al mundo y hacerlo comprensible. El papel de los antropólogos es intentar interpretar los símbolos claves de cada cultura, ya que la comprensión total de los hechos sociales no es posible.

Antropólogos como Geertz (1926-2006) prefieren no aplicar leyes inmutables al estudiar conductas humanas y suelen afirmar que las manifestaciones de cada cultura deben ser estudiadas de la misma manera que la arqueología estudia el suelo, «capa por capa», desde la más externa, es decir desde aquella en donde los símbolos culturales se manifiestan de manera más clara, hasta la capa más profunda, donde se encuentra la matriz de estos símbolos.
En este caso, la definición de símbolo puede ser esa que indica que sería cualquier objeto, acto, hecho, calidad o relación que sirve como vehículo de una concepción (la concepción es el «significado» del símbolo). Por tanto, lo esencial para el ser humano es la existencia de un sistema público de símbolos de cualquier clase. Para comprender la cultura, no debemos usar complejos esquemas concretos de conducta (costumbre, usanzas, tradiciones, conjuntos de hábitos), sino una serie de mecanismos de control (planes, recetas, fórmulas, reglas, instrucciones), o sea, lo que los ingenieros de computación llaman «programas».
El hombre es precisamente el animal que más depende de estos mecanismos de control extragenéticos. Clifford Geertz es considerado un antropólogo «humanista» y, por tanto, mantiene la esperanza de que alguna vez los cambios culturales (con sus símbolos) terminen llevando a una forma de vida más satisfactoria que las que atestigua el pasado conocido. Ahora bien, una vez hechas estas aclaraciones, vayamos a un concepto muy relacionado con los símbolos y la cultura humana: la máscara.

Jean Eugène Robert–Houdin (1805–1871) considerado el padre de la magia moderna, dijo aquello de “un prestidigitador no és en realidad un malabarista, es un actor que juega a haver de mago”, de la misma manera el médico deviene actor según la nomenclatura de Liton (1936) o de Goffman (1959), ya que precisa de un vestuario adecuado, ya que sin él los demás miembros de la sociedad no lo reconocerán como el que es.

Debido a la misma razón, el bailarín yaqui que representa la danza del venado, debe colocarse una máscara de venado, ya que sin ella solo es un hombre (aunque realice la misma danza), pero con ella se convierte en algo intermedio entre el ser humano y el ser sobrenatural.

Para Goffman (1922-1982) en la vida diaria, desde que nos levantamos, nos ponemos una máscara que va cambiando según la situación en que estamos inmersos en este momento, de acuerdo con la interacción que estamos teniendo en este instante. Creamos nuestra máscara mediante las máscaras del otro, el yo es creado por el otro. Esta máscara también cambia dependiendo de si nos encontramos en lo que él llama el backstage, o sea, donde nos preparamos y estudiamos nuestro papel para salir al stage, para entrar en escena.
Pero, ¿si siempre estamos actuando, entonces que es «ser uno mismo»? Lo que Goffman llama el self, el ser uno mismo, es formado por el conjunto de interacciones que tenemos, somos el conjunto de las máscaras que poseemos, ya que incluso cuando nos encontramos solos por la noche, llevamos una máscara, somos un yo diferente.
El término persona proviene del latín persôna, y éste probablemente del etrusco φersu[phersu] (“máscara del actor”, “personaje”), el cual parece proceder del griego πρóσωπον [prósôpon]. Por tanto, el concepto de persona es un concepto principalmente filosófico, que expresa la singularidad de cada individuo de la especie humana en contraposición al concepto filosófico de «naturaleza humana», que expresa lo común que hay en ellos.
La imagen de las múltiples máscaras que poseemos ya fueron detalladas por Jung (1875-1961) cuando hizo notar que, a pesar de que habitualmente no manifestamos una pluralidad de personalidades, sí modificamos ésta en distintas circunstancias, al pasar de un ambiente a otro. Nos ponemos la máscara que mejor se adapta a las intenciones pretendidas por uno, y a la vez, a las exigencias de un ambiente concreto. Esta máscara, al igual que el actor de teatro, es la persona, y las personas no somos sino una multiplicidad de máscaras.

