Alejandro, el dios y el problema de la Proskynesis

Si existe un término para definir el imperio macedónico, éste es «mestizaje»; era una realidad incuestionable, sobre todo por el hecho de abarcar tantos territorios y tan distintos. En algunos lugares este mestizaje alcanzó sus cotas más altas, como por ejemplo, en la Alejandría de Egipto.

En Alejandría la sociedad estaba formada por numerosas etnias que constituían una población muy heterogénea, de modo que cuando Polibio la visitó en el siglo II aC, dijo que «existían tres clases de habitantes: los egipcios o indígenas, inteligentes y sumisos a las leyes; los mercenarios, muy numerosos y indisciplinados, por ser antigua costumbre allí mantener tropas extranjeras, pero la nulidad de los príncipes les enseñó más a mandar que a obedecer; y los alejandrinos, que por igual causa no se les gobernaba fácilmente. Valían, no obstante, más que los mercenarios, Porque, aun siendo raza mezclada, su origen griego les hacía conservar algo del carácter propio de esta nación».

Las nuevas y extrañas costumbres (desde el punto de vista griego) se mezclaron con la racionalidad helénica creando una amalgama de conceptos y creencias que podría considerarse una especie de sincretismo ideal.

Busto de Serapis, copia romana de un original griego del siglo IV a. C., almacenado en el Serapaeum de Alejandría.

Las fronteras no existían y las ideas griegas fueron sembradas en un terreno donde las antiguas tradiciones aun pervivian. Todo fue abonado por los ideales del helenismo y la nueva planta que maduró era una mezcla de todos estos conceptos.

Cinismo, estoicismo y epicureísmo no son tres miradas diferentes sobre el mundo, son tres miradas complementarias sobre el único mundo. La una no excluye las otras, y todas ellas se mezclan con cultos extraños, al menos era extraños para el mundo griego clásico, pero eran habituales en el helenismo. Aún faltarían unos cuantos siglos, pero en el helenismo, el culto al Mitra persa, el culto al Serapis egipcio, el culto al Sol invictus, el orfismo e incluso la influencia astrológica forman la base de lo que serán las corrientes mistéricas del cristianismo.

Existe un ritual concreto que simboliza perfectamente este sincretismo. En Persia, los reyes eran designados directamente por Ahura Mazda, por tanto eran receptores de todos los respetos, entre ellos la adoración. Había un ritual que los griegos llamaban proskynesis que consistía en la postración completa ante el monarca; una inclinación sumisa.

Pero, ¿qué opinaban los griegos de esto? Lo encontraban irreverente ya que, para ellos sólo los dioses podían ser adorados de esta manera, jamás un hombre. Pero, en realidad tampoco se preocupaban demasiado, ya que no les afectaba, pues jamás habían tenido un caso de proskynesis, al menos hasta que Alejandro fue coronado como rey de Persia y empezó a aceptar una serie de rituales del Imperio aqueménida que le sirvieran para asentarse en el poder.

Uno de estos elementos fue el hecho de casarse él y sus generales con princesas y nobles persas, y el otro fue la proskynesis; aunque la proskynesis de Alejandro no era exactamente igual a la que habían recibido los monarcas persas, ya que en ellos la proskynesis era un acto de respeto, pero el monarca nunca se asimilaba a dios; en cambio Alejandro recibió adoración como dios vivo.

¿Como era este acto? ¿En qué consistía? Esencialmente se trataba de llevarse una mano a los labios, habitualmente la derecha, y darse un beso en la punta de los dedos. Esto es todo, aunque los historiadores romanos nos han transmitido que Alejandro además pedía que todos se arrodillaran ante él.

El hecho de arrodillarse no era habitual, ya que en Persia sólo una persona claramente inferior se arrodilla. Un noble nunca lo haría, a menos que estuviera suplicando al rey, y lo correcto era que simplemente se inclinara en señal de respeto. No sabemos si Alejandro quería que todo el mundo, incluso sus íntimos, se arrodillaran ante su presencia, pero lo que si era cierto era que en Grecia la proskynesis sólo se tributaba a los dioses, y Alejandro era perfectamente consciente de ello.

Y ¿porqué lo hizo? Por asimilación, por política; Alejandro había acabado con el Imperio Persa, se había establecido y ahora le tocaba mantener sus dominios. Por un lado tenía que ganarse todos aquellos que habían tenido como enemigos a los persas, y por otra tenía que proteger la salida al mar Mediterráneo, sobre todo a través de las ciudades con mayoría griega pero, al mismo tiempo, también tenía que evitar rebeliones dentro del mismo imperio, mostrándose como un auténtico rey y consiguiendo que los sátrapas y nobles, que conservaban parte de su poder, le veneraran como nuevo gobernante.

Pero pronto llegaron los problemas entre sus más íntimos colaboradores. Es conocida la anécdota de Clito, uno de sus generales, quien en un banquete se quejó de la actitud de Alejandro, que proclamaba ser mejor que su padre y deseaba ser adorado como si fuera un dios. No queda claro que pasó ni quién tuvo la culpa, incluso los contemporáneos de los hechos, que narran lo sucedido, se muestran cautos y vacilantes; lo único claro es que la bebida hizo que unos adularan en exceso a Alejandro y otros, entre ellos Clito, se quejaran de lo que no les gustaba oír o ver. Los ánimos se exaltaron, el nerviosismo y las palabras subieron de tono y Alejandro intentó matar a Clito aunque no pudo, al no encontrar su espada.

Muerte de Clito, de Andre Castaigne (1861-1929)

No se sabe cómo ocurrió, pero Clito fue sacado de la sala, aunque regresó al cabo de un momento (o no llegó a salir, no queda claro). Cuando Alejandro volvió a verlo se apoderó de la lanza de un guardia y lo mató.

Pero, ¿cuál fue el detonante? El disgusto de Clito ante lo que creía que era un comportamiento impropio de un griego: el mostrarse como un decadente rey oriental —también ayudó, en ese momento concreto, la embriaguez y la ira, que esclavizan al hombre prudente, tal como nos recuerda Arriano.

¿Y por qué Clito lo consideraba impropio? Evidentemente la proskynesis era algo que el orgullo Macedonio no podía soportar, pues era una extravagancia extranjera y algo innoble, aunque desde el punto de vista de Alejandro no era extraño dar este paso, ya que los últimos tres años había estado recibiendo esta muestra de respeto por parte de persas y pensó que, si estos veían que los macedonios no tributaban este saludo, podría interpretarse que no era un rey verdadero y su poder se vería reducido.

¿Era una razón meramente práctica o había algo más? ¿Alejandro sólo piensa en mantener su imperio sin revueltas o realmente quería ser considerado un dios? Los autores antiguos no lo dejan claro. Arriano recoge la oposición griega a la proskynesis, pero nos recuerda que sólo estaba orientada a los persas. También nos habla de la irritación de Alejandro al no ver cumplidos sus deseos, y como finalmente decretó que la proskynesis no afectaría a los macedonios.

Arriano era un hombre práctico y tenía las ideas claras (como buen estoico que era). Nos traslada la duda sobre si un hombre puede llegar a ser dios, y niega que alguien pueda recibir honores divinos en vida; también afirma que un humano de gran linaje como Alejandro sin duda ha tenido una intervención divina en su nacimiento, pero una cosa es afirmar eso y otra muy distinta es pensar que podía convertirse en dios.

Es complicado saber si todo era una estrategia premeditada o finalmente Alejandro se convenció de ser realmente un dios. Lo que si sabemos es que cuando interrumpió su campaña para visitar el santuario de Amon en Siwa, los sacerdotes lo recibieron como si realmente fuera el hijo del dios (aunque, en honor a la verdad, en aquella época Alejandro era considerado faraón, y por tanto, hijo del dios).

Templo de Amon en Siwa

También se afirma que tras esta visita Alejandro empezó a llevar una diadema con los dos cuernos que le identificaban como Zeus-Amón, lo que aumentó su prestigio entre los egipcios, pero que lo separó aún más de los macedonios, que observaban con pesar sus vestimentas de dios.

Esta dicotomía (dios para algunos de sus súbditos y humano por otros) a la larga le causó problemas prácticos y psicológicos, como no podía ser de otra manera. Pero siempre actuó así.

Alejandro, casi desde el inicio de su aventura vital, adopta aspectos de héroes y dioses para configurar su imagen personal. Aquiles y Heracles son dos referentes familiares (su padre Filipo era un Heráclida y su madre Olimpia se consideraba heredera de Aquiles a través de su hijo Neoptolemo). Pero lo que era sólo un referente se convierte en una realidad cuando visita el oráculo de Siwa y decide superar las hazañas de Hércules presentándose como una especie de héroe semi-divino que funda ciudades, conquista territorios y convierte la desmesura en su patrón de actuación. Pero pronto un tercer dios añade a los dos primeros: Dionisio. El intento de conquista de la India es una imitación del periplo mítico que hizo el dios cuando quiso conquistar el mismo territorio.

Tetradracma de Lisímaco representado a
Alejandro como Zeus Amón (297-281 a.C.)

Pero si él parecía el único interesado en aparecer como dios en vida, una vez muerto, su divinización interesó profundamente a sus sucesores. Los generales que le sucedieron en el poder consideraron que que era conveniente que Alejandro fuera un dios, ya que así justificaban su herencia. Muchos de ellos adoptaron apodos «divinos», de manera que tenemos a Ptolomeo I Soter (Salvador), Ptolomeo II Evergetes (Benefactor), Ptolomeo XII Néos Dionysos (el Nuevo Dionisio), Antíoco II Theós (Dios), Antíoco IV Epífanes (Manifestación), Antíoco VI Epífanes Dionysos (Manifestación de Dionisio), etc.

Además de estos apodos, Ptolomeo I Soter, dedicó templos a Alejandro, nombrándolo «su antecesor» y Antíoco III el Grande nombró un sacerdote para dirigir el culto a su mujer una vez ésta murió (por lo tanto es de suponer que también tuvo cultyo propio, al morir él). Todo era política, claro está, pero todos salieron ganando.

La dicotomía Dios-Hombre de Alejandro aparece mucho más tarde en los emperadores romanos, como por ejemplo en el caso de Augusto que fue divinizado en vida y, aunque él era muy consciente de la absurdidad de dicha divinización, lo consideró una herramienta muy adecuada para sus propósitos.   

Augusto mantiene expresiones y frases en las que muestra su divinidad: dice que ha hecho la guerra por todo el universo y que los éxitos militares obtenidos habían sido debidos a su intervención o a la de sus lugartenientes (bajo sus auspicios, claro). Todas estas expresiones sirven para mostrar su divinidad de manera que, gracias a ello, consigue cohesionar el territorio inmenso y heterogéneo que conforma el imperio. El hecho de venerar al emperador en el fondo era venerar el imperio, aunque esto ocurría en todas partes exceptuando la ciudad de Roma, donde el emperador no tenía culto, al menos en vida.

Sestercio de Tárraco con la representación de una imagen del templo y de la estatua dedicada al culto de Augusto, Época de Tiberio (S. I dC). .

El emperador romano es idealizado, al menos desde el momento en que la tradición realista etrusca es sustituida por el helenismo, pero la imagen se adapta a las circunstancias: Augusto puede ser el general que se dirige a las legiones (Augusto de Prima Porta) o el Pontifex Maximus (Augusto de Via Labicana); siempre elegirá el más conveniente para cada ocasión; tiene muchas opciones y se adapta a las circunstancias; sigue el ejemplo que dio Alejandro, adaptar la divinidad a las necesidades humanas.

BIBLIOGRAFIA

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