Cuando observamos cualquier acontecimiento a años vista (incluso a siglos vista) vemos detalles que puedan sorprendernos, aunque habitualmente tienen una explicación simple.
Existen unas evidentes diferencias entre la situación actual de los países americanos que tienen su origen en la conquista española y los que fueron conquistados por Inglaterra. Estas diferencias son democráticas, culturales, económicas y sociológicas, y son tan evidentes que es lícito preguntarnos si hay alguna razón debido a su origen. En realidad, cuando analizamos las estructuras de las metrópolis, se obtienen pistas sobre la composición de las colonias.
La razón principal que se desarrollasen en América unas instituciones similares a las que existían en la España de los siglos XV y XVI, se debe a que los colonizadores eran hijos de su tiempo, herederos de una mentalidad y una cultura presente en su país y que se había configurado a lo largo de los años.

En Europa, a lo largo del siglo XIV hubo una debilitación progresiva del poder feudal, por lo que, entrado el siglo XV, unas fuerzas que entonces no eran predominantes se convirtieron en la nueva aristocracia. Estas nuevas fuerzas eran, en palabras de Alberto Tenenti, “brillantes, dinámicas, modernas, activas al principio”, y se movían impulsadas por el interés económico en lugar de hacerlo movidas por unos impulsos que en la época de la conquista ya estaban anticuados, como por ejemplo la lucha contra el infiel o el mantenimiento de unas prerrogativas ligadas a la tierra.
La guerra ya no era la meta, sino la excusa. Los burgueses salidos de las ciudades son la nueva aristocracia y, junto con altos funcionarios, estructuran una sociedad urbana que impulsa los descubrimientos como medio para aumentar su poder económico.
Las ciudades tienen un crecimiento demográfico muy intenso en un periodo relativamente corto, gracias a la atracción que sienten hacia ellas los habitantes del campo. Normalmente, el crecimiento demográfico y la transformación en centros políticos y administrativos suelen ir ligados, pero no todo el mundo tiene un espacio en la nueva sociedad urbana y este crecimiento es la razón principal de la nueva emigración ultramarina.
La mayoría de estos «colonizadores» eran artesanos, pequeños burgueses, campesinos empobrecidos, hijos de nobles que no habían heredado, pequeños propietarios endeudados… una mezcla de personajes diversos que formaban parte de una población improductiva que optaba a una oportunidad al nuevo mundo.
La emigración fue la semilla de lo que más adelante sería el Imperio Español, un imperio esencialmente diferente de otros de la misma época, sobre todo en sus planteamientos y resultados.
Hay que tener claro que, hasta la llegada del siglo XV, Europa no era el «primer mundo», según la terminología actual. Soy consciente que no podemos trasladar el concepto moderno (que ya está desfasado) de “primer mundo” al siglo XV, pero la imagen sirve para situar a Europa respecto a los imperios orientales. En el imaginario popular, a partir de la publicación de la Descripción del Mundo, más conocido como El libro de las maravillas o Los viajes de Marco Polo, Asia representa la opulencia, las riquezas, el oro, las especias… con todo lo que comporta como empuje para iniciar los viajes de descubrimiento de los siglos XV y XVI.

Pero, desde el momento en que empiezan los viajes de conquista, hasta aproximadamente el año 1700, Europa da los pasos necesarios para convertirse en la dueña del mundo, apoderarse de todo el continente americano y controlar los grandes océanos. Las potencias asiáticas simplemente ignoraron los nuevos descubrimientos y se concentraron en sus propios territorios, y esto hizo que, ya entrado el siglo XVIII, las potencias europeas desmantelaran esos imperios sin muchos problemas.
Los primeros en iniciar la “europeización” del mundo, a inicios del XVI, son España y Portugal, y ya desde el primer momento se observan diferencias entre ambas colonizaciones; una de las principales es el tratamiento de las poblaciones indígenas: al contrario que Portugal, los españoles trataron a los indígenas como seres poseedores de alma y dedicaron sus esfuerzos a convertirlos a la religión católica.
La postura favorable a la esclavitud de la Corona Portuguesa propició en todos sus territorios la existencia de compañías militares, organizadas de forma más o menos institucional, que se dedicaban a realizar incursiones para capturar indígenas en zonas como Brasil o en la costa africana, desde donde partía un próspero comercio de esclavos.

Existe otra diferencia esencial entre la corona portuguesa y la española: la manera de interactuar con los territorios donde se establecieron; una política territorial que, por ejemplo, hizo que el imperio mercantil portugués en África nunca pasara más allá de unas factorías comerciales en la costa que se dedicaban exclusivamente a conseguir ganancias económicas de manera que, incluso hoy en día, la mayor parte de Brasil continua inexplorado y es el país latinoamericano con menos penetración interna, concentrando la mayor parte de la población en la línea costera.
En cambio, los españoles exportaron la feudalización en América, hasta el punto de que hubo muchos intentos de crear nuevos reinos por parte de los conquistadores. Estos eran hombres que en su mayoría no tenían intención de regresar a Europa, “quemaron las naves” tal como suele decirse, y tantearon en múltiples ocasiones el coronarse reyes, ya que se sentían totalmente libres del poder de la metrópoli. En pocos años se sucedieron, entre otras, las revueltas contra la corona de personajes como Gonzalo Pizarro (1544), Lope de Aguirre (1561) y Martín Cortes (1565).

Pero, la sociedad que los conquistadores españoles instalaron en América no era una sociedad 100% feudal. Hay similitudes, en algunos aspectos, por ejemplo, con las tierras tomadas a los musulmanes durante la reconquista; el sistema político que se instauró en ellas tiene su contrapartida en los terrenos y trabajadores de América, regímenes conocidos como encomienda y mita. En la primera el indígena trabajaba obligatoriamente para el señor y este tenía la obligación de cuidarlo y evangelizarlo; la mita, sin embargo, era un reclutamiento obligatorio que intentaba solucionar la falta de mano de obra en las minas o en los campos de cultivo.
Estos trabajadores indígenas no pueden compararse a los siervos de la Europa feudal, pero tampoco eran esclavos. Las leyes consideraban al indio como una especie de menor de edad: “…tutelado, impedido de su autonomía, de celebrar contratos notariales, de ir armado, de montar a caballo”. (Hernández, 2015), pero a pesar de esta dependencia total del señor, hay que insistir que no se trataba de una sociedad esclavista. Un ejemplo claro lo tenemos en los funcionarios reales que iniciaron pesadas investigaciones para determinar las leyes sobre posesión de tierras en las sociedades indígenas, para así comprender sus costumbres y poder asignar obligaciones tributarias que fueran justas con lo que pagaban a sus antiguos señores.
La nueva sociedad era una sociedad feudal basada en lo que podría llamarse una economía natural, un sistema con una casi inexistente circulación monetaria, una estricta impermeabilización social y en la que era imposible crear capitales fuera del círculo dominante. Evidentemente, esta sociedad funcionaba gracias a la total autonomía respecto la metrópolis, y esta autonomía es otro de los detalles que diferencian la colonización española de la portuguesa.
Por tanto, el feudalismo obtiene una segunda vida en las colonias españolas de América y esto en sí mismo es excepcional, sobre todo porque el feudalismo era algo extraño fuera de Europa: El imperio Ming (1368-1644) era un imperio funcionarial que dejaba en manos de la comunidad la recaudación de impuestos y la administración de la justicia. El imperio Otomano (1299-1923) mantenía un sistema similar al chino; no existían señores —sí existía servidumbre—, y la sociedad se organizaba de manera tribal y por vínculos familiares. El imperio mongol de la India (1526-1857) tenía un gran número de gobernadores provinciales y regionales, pero, del mismo modo que entre los otomanos, no tenían cargos hereditarios ni eran, en ningún caso, propietarios de las tierras. El único caso en que podemos ver una especie de feudalismo similar al europeo era el existente en el Japón de los bushi y samurais (siglos XIV i XV), pero a diferencia de este, todas las tierras pertenecían a algún señor feudal y el vínculo de vasallaje era total y absoluto, no tan sujeto a jurisdicciones, derechos y excepciones como en el caso europeo.

Curiosamente, los países europeos que realmente habían conocido el feudalismo crearon unos imperios que no se basaban en él sino en una especie de capitalismo empresarial, en cambio, la corona española, que no tuvo feudalismo en su sentido completo, gestionó su imperio a partir de instituciones de carácter feudal.
Soy consciente que hay un debate abierto, pero soy de la opinión que el feudalismo existente en el reino visigodo ibérico desapareció con la conquista musulmana y solo se mantuvo una sociedad feudal parecida a la europea en los territorios de la Marca Hispánica, que posteriormente se convirtieron en los condados catalanes.
Pierre Villar escribió un ensayo, El Tiempo del Quijote, donde tituló uno de los capítulos como «El imperialismo español, etapa suprema del feudalismo». En él, Villar lo ejemplifica explicándonos que la conquista del nuevo mundo se realiza de la misma manera que la reconquista hispánica: apoderamiento de tierras, una especie de esclavitud disfrazada de servidumbre, acumulación de ganancias sin reinvertirlas… ¿Pero, éste era el único imperio posible? Podríamos decir que sí, ya que la conquista española comienza un siglo antes de que la inglesa y esta diferencia de tiempo es lo que hace que una se base en un sistema post-feudal y la otra en un sistema mercantil-capitalista.

La diferencia tecnológica (armamentista) de 100 años de progreso es también un elemento a tener en cuenta para diferenciar la conquista española de la inglesa. Además, los españoles, debido a su inferioridad numérica, fusionaron su sociedad con las culturas indígenas; los ingleses simplemente ocuparon los territorios y trasladaron a ellos una copia de la sociedad europea. Los españoles se enfrentaron con imperios, los ingleses con pequeñas tribus. La visión de los indígenas de la religión católica difiere mucho de la protestante…
¿Un imperio es mejor que el otro? ¿Los países creados por un están más avanzados que los que parten del otro? ¿Quién ha preservado mejor sustrato precolombino? Son preguntas sin respuesta, ya que una vez entramos en la historia-ficción cualquier escenario es posible; posible, pero irreal.
BIBLIOGRAFÍA
- Elliot, JH (1972). El viejo mundo y el nuevo. Alianza Editorial
- Fargas Peñarrocha, Madia Adela (2009). Los fundamentos de la edad moderna: el despertar del mundo urbano. UOC
- Harari, Yuval Noah (2015). De animales en dioses. Círculo de Lectores
- Hernandez, Bernat (2015) Bartolomé de las Casas. Taurus
- Sala Vila, Nuria; Torres Sans, Xavier (1998). La expansión europea y otras expansiones imperiales. UOC
- Tenenti, Alberto (1980). Los fundamentos del mundo moderno, Edad Media, Renacimiento, Reforma. Siglo XXI de España Editores
- Villar, Pierre (1956). «El tiempo del quijote», en Villar, Pierre (1963). Crecimiento y desarrollo. Economía e historia. Reflexiones sobre el caso español. Ariel