El poder puede definirse a la manera de Wright Mills en La Imaginación Sociológica, cuando afirma que son aquellas decisiones que los hombres toman «guiados» por las instituciones bajo las cuales viven; el poder, por tanto, toma decisiones que afectan a las vidas de las personas y también impide que se discutan ciertos temas e incluso impone deseos particulares y ejerce interacciones entre todos los miembros de la sociedad.
Foucault dijo que el poder está en todas partes y en todas las relaciones, o sea que cualquier punto de vista de un ser humano sobre la sociedad a la que pertenece describe su sociedad. Al ser válida cualquier visión, todas son correctas (el de la administración y el del emigrante, el del miembro de la ONG y el del militante de un partido de extrema derecha, el del coleccionista de sellos y el del político).
Todos los puntos de vista son sociales, aunque los hay más «sociales» que otros; incluso hay algunos que pueden ser considerados anómalos, los hay que no pueden ser integrados y, evidentemente, muchos pueden que pueden ser incluidos fácilmente en una teoría social… El problema de la sociología es: ¿Existe una verdad en el mundo social? Según Bourdieu esta verdad sólo es una relativización generalizada de todos los puntos de vista.
Si revisamos cualquier informe de la administración sobre los extranjeros residentes en un país determinado1, siempre terminaremos abrumados por la infinidad de datos que nos aportan, aunque la mayoría de ellos son cifras descontextualizadas, ya que por sí mismas no nos dicen nada, pero, a pesar de todo son cifras creíbles, ya que son «oficiales», ergo objetivas.
Evidentemente tenemos todo el derecho a preguntarnos hasta qué punto la «versión oficial» se corresponde con la «versión real», pero el problema es otro, mucho más básico y trascendente a la vez: ¿Existe una verdad?
Epistemológicamente hablando, hay una variedad inmensa de verdades, basta con observar cómo, para personas distintas, un mismo acto puede tener una gran importancia o ser simplemente ridículo (por ejemplo una ofrenda africana en forma de sacrificio para conseguir una cosecha o la ofrenda de unos huevos a Santa Clara para conseguir que llueva). En este caso concreto, el mensaje que nos proporciona la administración viene revestido de un lenguaje particular que quiere «camuflar» la realidad.
En el informe analizado aparecen frases, aparentemente inocentes, como cuando se indica que la administración ha proporcionado «acompañamiento a más de 19.000 personas a regularizar su situación administrativa durante el 2016«. Esta frase en sí misma es toda ella un eufemismo (aparece el verbo acompañar en un sentido de ayudar como quien ayuda a un niño, y se indica que se tiene que «regularizar la situación administrativa«, cuando se quiere decir «legalizar la situación administrativa«).
El eufemismo no depende de sí mismo para ser lo que es, sino del uso o de la intención. En este caso tenemos una intencionalidad por parte de la administración gracias al carácter ambiguo y polisémico de los términos empleados. Y es algo más habitual de lo que parece; el lenguaje administrativo / burocrático / político usa continuamente expresiones como «tercera edad» o «gente mayor» para evitar «viejo», «invidente» en lugar de «ciego» o «graves dificultades económicas» para «pobreza «.
El propósito principal al utilizar estos términos y no otros se debe a una intencionalidad consistente en el deseo de cambiar la mentalidad de los receptores, ejerciendo en ellos una especie de control sutil que contribuya a la estructuración de las relaciones de poder dentro de la sociedad y afectando incluso la conciencia colectiva, ya que estos cambios en el uso del lenguaje conllevan cambios en la realidad social o política.
En los últimos años se ha visibilizado un aumento de nuevas denominaciones para designar aspectos de pobreza, raza, género, opciones sexuales, edad o discapacidad; la realidad no se modifica a consecuencia de la atenuación lingüística, pero la percepción de la misma realidad por parte de la opinión pública se ve modificada.
El documento presentado por el Departamento de Trabajo, Asuntos Sociales y Familias nos está remarcando que Cataluña es un país de acogida, y nos recuerda que tras acoger es preciso integrar y esto es un trabajo de todos, pero la administración, en cuanto administración, tiene un papel esencial, ya que es ella, según el texto, es la que regula «los aspectos administrativos vinculados a la residencia, a las autorizaciones de trabajo y al acceso a la nacionalidad«.

Pero, ¿de dónde proviene la preeminencia de la administración y del aparato burocrático? Evidentemente procede de la autoridad que desprende la misma administración y esto lo hace, tal como dijo Weber, porque la burocracia es dominación (entendida como la posibilidad de encontrar obediencia dentro de un grupo determinado), y además, al tratarse de una denominación legítima, se convierte en autoridad.
Weber distinguía varios tipos de autoridad: la tradicional (el feudalismo sería un ejemplo), la carismática (la existente en sectas o grupos religiosos) y la legal (la burocrática). Pero no es necesario recuperar a Weber para hablar de autoridad administrativa, ya que es la propia administración la que se encarga de recordárnoslo a cada momento. En el documento estudiado, la consejería dice que la razón para dar a conocer el perfil sociodemográfico de la población extranjera en Cataluña es «…la voluntad de plasmar el trabajo que se hace desde nuestro Departamento«, y además, añade que a pesar de la importante transformación demográfica que vivimos, «...hemos sido capaces de gestionar estos cambios con un consenso social muy amplio, con políticas pensadas y ejecutadas de forma muy compartida entre el Gobierno de Cataluña, mundo local y sociedad civil«.
Podríamos afirmar que la administración en el fondo cree que, parafraseando Marx, el mundo es un objeto al que hay que manipular y, para manipularlo, el mundo debe ser consciente de la importante labor que realiza el manipulador; sin duda por eso la consejería nos recuerda el trabajo que hace, porque si la opinión pública no fuese consciente de su «capital importancia» podría atreverse a pensar que en el fondo no es necesaria.
Cualquier organización se orienta a unos objetivos concretos, pero también dirige gran parte de sus esfuerzos a asegurar la propia existencia; informando de la magnitud de su trabajo, consiguiendo más competencias, pidiendo más recursos económicos o personales y presentando dossiers a la prensa para relacionar hasta el mínimo detalle todas sus actividades.
En este juego participa toda la sociedad en mayor o menor medida. Los interesados en regularizar su situación, los agentes sociales, la prensa e incluso los adversarios políticos. Como muestra, fijémonos en un dato curioso: el 61’7 de las consultas al 012 son en catalán, por lo tanto, podemos deducir, que son ayuntamientos, organizaciones, ONG o agentes sociales los que llaman, y no los propios interesados.
Si simplemente nos fijamos en las ONG, descubriremos que éstas se convierten en una forma de estructuración social organizada para conseguir un objetivo. Se construyen a partir de individuos que comparten el propósito común hacia el que se orienta la ONG, por tanto, estos individuos interaccionan entre ellos y siguen unas normas que parten de una autoridad similar a la autoridad legal que Weber nos ha recordado que sigue la administración.
Sin duda por esta razón las ONG y agentes sociales participan del mismo dilema que la administración: si proporcionan un servicio a la sociedad son útiles, y cuando ya no son necesarias son apartadas y se disuelven, lo que da inicio a luchas internas entre los miembros de la organización para intentar conservar, revivir o incluso resucitar el objetivo por el que fue creada. Si la administración nos recuerda a cada momento que es ella quien regulariza / legaliza / autoriza la existencia legal de las personas, las ONG insisten en que gracias a ellas esta regularización / legalización / autorización es posible.
Pero esta misma imagen se repite en otros grupos sociales; si observamos el público general, que aparentemente es neutral en la disyuntiva de quién consigue ser legalizado y quién no, encontramos que siempre será influido por los mensajes oficiales, pero a la vez también es productor de estos mensajes. Existe algo que conocemos como opinión pública que supuestamente influye en la administración, aunque puede parecer que en ocasiones sea esta quien, a partir de los medios de comunicación, influye en la opinión pública de manera nada disimulada.
Existe una pasividad de la sociedad ante las comunicaciones mediáticas, esto lo vemos en las denuncias de Ginsberg o en los dos tipos de ciudadanos detallados por Gabàs: aquellos que aún recuerdan el concepto de verdad y los que aceptan la última noticia del día que, la mayoría de las veces, siempre apela a la parte emocional (ahora la denominamos posverdad). Cualquiera de nosotros pertenece a uno u otro grupo dependiendo de las circunstancias, ya que, ya lo afirmaba el escolasticismo, se debe distinguir entre la opinión de un solo autor, la opinión más común entre diferentes puntos de vista y la opinión universal.
Por tanto, ¿qué es la opinión pública? podemos definirla de muchas manera, veamos:
- Un conglomerado de puntos de vista y deseos contradictorios (Tönnies, 1902)
- Una imagen estereotipada que se encuentra en las mentes de cada uno de los miembros de la sociedad (Lippmann, 1922)
- Las opiniones libres expresadas por individuos ajenos al gobierno que quieren influir en él (Speier, 1950)
- Una indefinición que puede estar manipulada tanto por las personas como por las instituciones, como por la sociedad de consumo (Habermas, 1962)
- El producto de la transformación de la información proporcionada (Baumhauer, 1976)
- Cualquier opinión que pueda ser expresada en público sin miedo a ser aislado (Noelle-Neumann, 1974)
- Las ideas que son introducidos al público general por parte de la res publica (Sartori, 1987)
Cualquiera de ellas es correcta en unas circunstancias concretas, pero en el caso que nos ocupa la disyuntiva se encuentra en sí es la opinión pública la que impone a la administración y a los agentes sociales la utilización de un lenguaje eufemístico o, por el contrario, son estos quienes introducen en la sociedad unos conceptos que quieren influir en la realidad. Ambas opciones están más unidas de lo que puede parecer a primera vista.
Marx afirmó que el poder se estructura en las rendijas de los diferentes tipos de sociedad, de manera que el Estado es una expresión activa, consciente y oficial de la estructura de la sociedad, y los medios de comunicación son la herramienta más poderosa que existe actualmente para transmitir la «verdad» estatal (administrativa, burocrática y oficial) a la sociedad.
Los medios de comunicación quieren creer que reflejan la realidad, que se encuentran en un edén primigenio más allá del bien y del mal. Los periodistas no ven ningún problema gnoseológico en su manera de describir la realidad y se escudan en la objetividad, la ética, sus normas deontológicas y la moralidad; cuando trasladan a la sociedad cualquier «relato burocrático» lo consideran como algo objetivo, ya que la declaración de un funcionario, además de ser verosímil, es siempre la verdad sobre un hecho.
Según una encuesta realizada por Gallup, el 85% de lo que un adulto norteamericano sabe de su realidad política proviene de los medios de comunicación (sobre todo de la televisión), de modo que, una vez recibido el input, la memoria tiene problemas para distinguir la procedencia de las imágenes mentales, y en muchas ocasiones duda si aquella imagen proviene de la experiencia o de una tertulia de cualquier canal generalista. Hoy en día la televisión crea en cada momento una realidad cultural mucho más firme que la que podemos recibir de la familia, los estudios o la religión.
Diferentes medios de comunicación ante una noticia nos transmiten versiones diferentes, pero cada uno de ellos afirma que su versión es la VERDAD y es casi imposible formarse una opinión de un hecho a partir de una única fuente de información (información-des-información). Quien controla la prensa es el dueño de la opinión; los datos sobre el paro, el IPC, la peligrosidad de la gripe de este año, el problema de la emigración, el aumento de atracos en los cajeros automáticos o los virus informáticos, nos hacen decantar hacia uno o el otro lado dependiendo de lo que interesa al propietario del medio de comunicación, reconvertido en propagador de opinión.
En este panorama desolador en que participan la administración, los agentes sociales y la prensa, se añade un cuarto jinete llamado oposición política. El filósofo belga Jean Ladrière afirmaba que para mantener la existencia del poder debe existir una serie de roles definidos de manera estructural. Las instituciones dan la imagen, pero los partidos políticos son los verdaderos motores de la vida política, y cada uno de ellos representa un rol, se inviste de un disfraz, actúa según un papel; papeles que son repartidos por el sistema de la misma manera que el director de la obra reparte los papeles entre los actores antes de comenzar los ensayos.
Puede parecer que esta aparente omnipotencia del sistema como gran director sea algo inmutable, pero simplemente se trata de una realidad construida a lo largo de la historia y configurada por las fuerzas sociales. Es una realidad dinámica y conforma una especie de movimiento continuo que no nos lo tenemos que imaginar como aquellas máquinas que conforman los perpetuum mobile hipotéticos y fantasiosos, sino un movimiento imparable que avanza gracias a la conflictividad estructural. Es el juego de poderes entre los actores el que crea la realidad social, económica y cultural, y las luchas políticas son un reflejo de las luchas que hay en la misma sociedad; el pensamiento político no es ajeno a ella.
Podemos decir que todo forma parte de un juego reglado: la oposición política no es una oposición real, los agentes sociales tienen el mismo instinto de supervivencia que la administración, los medios de comunicación están al servicio de todos ellos a la vez que intentan captar sus cuotas de poder, y todos actúan utilizando un lenguaje eufemístico al servicio de ese mismo poder. Bourdieu habló de todo este conglomerado de situaciones, asociaciones y objetivos al definir la sociología como una ciencia política que se encuentra atrapada en los mecanismos de dominación simbólica del poder, recibe presiones continuamente y tiene muy complicado mantener la neutralidad que, por ejemplo mantienen las ciencias naturales.
En el caso concreto del que estoy hablando, he estudiado el lenguaje burocrático a partir de una nota de prensa del Departamento de Trabajo, Asuntos Sociales y Familias; una de las intenciones que se desprende del documento es declarar la «visibilidad» y la «importancia» del departamento respecto la sociedad. Quiere que el público en general conozca su tarea, pues el público conoce los políticos elegidos electoralmente, pero mantiene en la oscuridad a los miles de funcionarios no elegidos, quienes no son responsables ante el pueblo, a pesar de que sean quienes toman las decisiones que afectan directamente a este mismo pueblo.
Una de las herramientas para conseguir estos objetivos es sin duda la metáfora. Ya hemos comentado expresiones como «regularizar la situación administrativa», pero hay otros bastante habituales como por ejemplo «segmentación social», expresión que reduce la percepción social global (lineal) a algo que puede ser segmentado o incluso divisible en sectores, así consigue que la sociedad podamos atribuirle magnitudes o propiedades matemáticas y/o estadísticas, por tanto la ordena, computa, define y controla; pero esto no es sólo una técnica (o estrategia) del poder para mantenerse en él, muchos sociólogos hoy en día piensan que la sociedad es tan grande que sólo puede estudiarse a partir de porciones de realidad, (teorías de Robert K. Merton, de CW Mills y técnicas estadísticas de Stouffer). A partir de esta base se llega a la teoría que afirma que cuanto más poder tenga un grupo (político o social) mejor describe la sociedad en el que está inscrito.
Como concusión me gustaría pararme en un par de conceptos que han ido apareciendo en todo en artículo: La metáfora o eufemismo y la insistencia en la visibilidad.
La metáfora es una herramienta para construir una realidad, y la insistencia en mostrarse visible, sirve para que el pueblo agradezca la labor realizada o en remarcar el gran trabajo que se hace, y esto no es más que la «dominación-legal-racional» mencionada por Weber, concepto que Bourdieu tomaba para explicar cómo la administración burocrática ha inventado la universalidad, es decir, la idea de servicio público o de interés general. Una vez este hecho es asimilado y creído por la sociedad, nace el estado moderno, que permite a aquellos que son sus agentes autorizados (clase funcionarial) definir lo que los individuos son, socialmente para sí mismos o para los demás.
¿Cómo lo hacen? La respuesta es simple: Se trata de la utilización de categorizaciones homologadas mediante eufemismos que, a fuerza de repetirlos, impregnan todos los aspectos de la sociedad, desde el gobierno, los medios de comunicación, los agentes sociales, la oposición y, evidentemente, la opinión pública.
Antes he comentado las expresiones “regularizar la situación administrativa”, “tercera edad”, “invidente” o “graves dificultades económicas”, pero también podríamos añadir “internos” en lugar de “presos”, “daños colaterales” por “víctimas civiles”, “regulación de empleo” por “despido”, “reconversión” por “cierre de fábricas”, “movilidad reducida” por “inválido”, “préstamo en condiciones ventajosas” por “rescate bancario”, “flexibilizar el mercado” por “abaratar los despidos”, “movilidad exterior” por “emigración”, “recargo complementario” por “subida de impuestos” o “flexibilidad laboral” por “trabajos poco remunerados”.
¿Y por qué nos lo creemos? No hay otra opción, al menos mientras grandes compañías como Google o Facebook no se dediquen seriamente a controlar las noticias e informaciones que circulan por Internet, mientras los datos no sean públicos y accesibles, mientras se considere como verdad tácita cualquier declaración de la administración, seguiremos inmersos en este cúmulo de medias verdades; siempre habrá quien se creerá todo lo que le digan, y esto no es nuevo, ya nos explicaba de manera muy entretenida Boccacio en la narración décima de la Jornada sexta del Decamerón, en el que llamado Frate Cipolla intentó vender a unos campesinos una pluma del arcángel San Gabriel y al no conseguirlo, les vendió los carbones que se usaron para quemar a San Lorenzo.
BIBLIOGRAFIA
- ALBELDA MARCO, M. (2010): “Atenuación, eufemismos y lenguaje políticamente correcto”. A: ALEZA, M. (coord.) Norma y usos correctos en el español actual, p. 342-374. Tirant lo Blanch,
- ALONSO, Luis Enrique; MARTÏN Criado, Enrique; Moreno Pestaña, J.L. (eds.). (2004). Pierre Bourdieu, las herramientas del sociólogo. Fundamentos.
- BOCCACCIO, Giovanni (1970). El Decamerón. Ed. Alonso.
- BOTERO Montoya, Luis Horacio. (2006). Teoría de públicos: lo público y lo privado en la perspectiva de la comunicación. p.80. Universidad de Medellín
- BOURDIEU, Pierre (2003). Ciencia de la ciencia y reflexividad. p. 198. Anagrama
- CHAMIZO, Domínguez, Pedro J. “La función social y cognitiva del eufemismo y del disfemismo”. A: Panace@. Vol. V, n. 15. (2004)
- COLUSSI, Marcelo. “Medios de comunicación, globalización y su impacto en Guatemala” a COLUSSI, Marcelo; ROCHA, José Luis; MUÑOZ Yi, Patricia (2011). Medios de Comunicación y procesos políticos en un mundo global. Universidad Rafael Landívar.
- D’estrangers a Ciutadans. Activitat en matèria d’accés a la ciutadania de la secretaria d’Igualtat, Migracions i Ciutadania. Generalitat de Catalunya, Departament de Treball, Afers Socials i Famílies. 2016
- ESCOBAR, Ricardo A. “Las ONG como organizaciones sociales y agentes de transformación de la realidad”, a: Diálogos de saberes: Investigacions y ciencias sociales. n. 32. 2010
- GABÁS Pallás, Raúl (2001). “¿Quién opina en la opinión pública?” a: Analisi . n. 26, 2001. p 169-186,
- GIBERT Galassi, Jorge (2015). “Perspectivismo y verdad en sociología: Bourdieu y Giddens” a: Cinta de Moebio n.52 p. 69-78
- GIDDENS, Anthony (1994). El capitalismo y la moderna teoría social. Labor
- GINSBERG, Benjamin (1986). The captive public: How mass opinion promotes state power. Basic Books
- LADRIERE, JEAN. “Poder”, en: LADRIERE, Jean; RICOEUR, Paul (1975). Poder y conflicto, p. 14 Santiago: IEP
- LIZCANO, Emmánuel (2002). “La metáfora como analizador social” a: .Empiria. Revista De Metodología de Ciencias Sociales, n. 2, p. 29-60.
- MACIONIS, John; PLUMMER, Ken. (2011) Sociología. p. 463. Pearson Educación
- MAYNIZ, Renate. (1985). Sociología de la administración pública. p. 571. Alianza Universidad
- MONTERO, E. (1981): El eufemismo en Galicia: su comparación con otras áreas romances. Universidade de Santiago de Compostela.
- PARRA Pujante, Antonio. “La lógica periodística en sentido epistemológico” a Estudios sobre el mensaje periodístico. Vol. 18 n. 2 (2012) p.891-906 .
- WEBER, Max (1981). Economía y sociedad. p. 170. FCE
- WRIGHT MILLS, Charles (1971). La imaginación sociológica. p. 59. Instituto del Libro.
1 En este caso puntual he trabajado sobre un informe de 2016 del Departamento de Trabajo y Asuntos Sociales dela Generalitat de Catalunya, titulado D’estrangers a Ciutadans. Activitat en matèria d’accés a la ciutadania de la secretaria d’Igualtat, Migracions i Ciutadania,








