El Rey en la Edad Antigua

¿Qué función tenía el rey en la realeza egipcia, mesopotámica o hebrea?

El rey es la base de la civilización, es quien aglutina la seguridad, la paz y cualquier forma de vida civilizada; la frase «un pueblo sin rey es un pueblo salvaje» podría ser el primer mandamiento de los imperios y culturas que se desarrollaron en Oriente Próximo. La vida humana, sin embargo, está relacionada con la naturaleza, de tal manera que una no puede vivir sin la otra; por ello, este rey tenía además una función primordial: Hacer de intermediario y mantener la armonía entre el pueblo y las divinidades.
Busto de Menes
El pueblo egipcio tuvo muy pronto conciencia de ello y su primer rey, el mítico Menes, ya era considerado hijo del dios Ra. A partir de entonces y hasta el último faraón, el rey siempre fue la única autoridad en materia religiosa y secular. Era quien mantenía la Maat, la divinidad que representaba el orden que se precisa para que funcione el reino. El faraón es dios y, por tanto, no muere, o sea que su poder no finaliza después de su óbito; es por ello que los templos funerarios servían para mantenerlo y adorarle.
En Mesopotamia la función real es ligeramente diferente. El rey mesopotámico solo es un hombre; tiene origen divino, eso sí, pero solo es un hombre. Él también debe asegurar la armonía universal, pero en realidad su función es transmitir los deseos divinossolo es el vigilante de esta armonía necesaria; no era el dios protector, sino el héroe escogido por los dioses. Insistimos, un hombre tan solo.
¿Y en Israel? Los reyes de Israel, como no puede ser de otra manera, son especiales: tienen poder, pero en el fondo no son más que residuos de los antiguos reinos ciudadanos, y se encuentran siempre en conflicto con los gobiernos tribales, con los jueces y con los profetas, verdaderos poseedores de la verdad de Yahveh. El rey es un simple representante de Yahveh. Él es quien lo ha elegido, quien le entrega el poder y la relación que mantiene con Él es la misma que mantiene un padre estricto con su hijo, o sea que puede premiarlo o castigarlo según crea conveniente.

Estas diferencias, ¿a qué son debidas?

A pesar de que el faraón egipcio y el rey mesopotámico son muy diferentes, sus diferencias son escasas cuando las comparamos con cualquier rey de Israel. ¿Cuál es la razón? La existencia misma de la Biblia es una de las razones, el poder de los sacerdotes de Yahveh es otra y, según algunos autores, también lo es el destierro babilónico.
Los judíos desterrados a Babilonia fueron pocos y todos pertenecientes a las clases dirigentes. El exilio lo pasaron muy unidos y, cuando regresaron a Judea, la encontraron despoblada. Pero Jerusalén se había librado de la influencia de la cultura asiria y eso hizo que los recién llegados pudieran crear una identidad nacional sobre una base religiosa, que creció a expensas del poder real, que nunca fue realmente fuerte
El exilio babilónico  (Tissot, 1896-1902).
 

Además, los reyes egipcios y mesopotámicos muestran entre ellos otra diferencia esencial: La palabra mesopotámica más antigua para referirse a un rey es lugal, que significa en sumerio “gran hombre”, y esto nos define claramente su papel. Esta es la diferencia de ser gobernados por un dios o por un hombre: en Egipto todo funcionaba perfectamente, porque un dios encarnado hacía que la naturaleza mantuviera el orden, en cambio, en Mesopotamia siempre había una inquietud que lo recubría todo, pues un rey, por muy poderoso que fuera, seguía siendo hombre y ¿cómo puede un hombre tener claros los deseos de los dioses? Interpretar mal tan solo uno de ellos, podía originar una catástrofe
De la misma manera que el faraón no moría, pues un dios no puede morir, el rey mesopotámico que lo hacía, pues el hombre nunca escapará de su destino: la muerte. Y mientras ésta no llegue, solo puede hacer una cosa, intentar ser feliz todo lo que pueda mientras sirve a los inmortales dioses. El pesimismo lo impregna todo;  una capa de espesa pintura recubre todos los actos culturales, religiosos o cotidianos de la vida mesopotámica

¿
Realmente es necesaria la realeza? ¿Ofrece al pueblo algo deseable?

Sea cual sea el pueblo estudiado, el rey siempre es necesario (podríamos decir que incluso imprescindible). Las estaciones vienen y van cada año y alguien debe regularlas. En Egipto, los festivales estacionales presididos por el faraón servían para confirmar lo que todo el mundo ya sabía: que todo estaba en orden y así seguiría. En el mundo mesopotámico, los mismos festivales presididos por el rey servían para quitarse de encima, aunque fuera por un momento, el sentimiento de miedo. ¡Los dioses nos han dado una nueva oportunidad! ¿Y en Israel? Yahveh ya se encarga de todo esto, el rey no es necesario para mantener el orden o para gestionar los deseos divinos. Su papel puede ser bélico o incluso puede actuar de juez, pero el rey no ha de interpretar los deseos del dios, pues ya están los omnipotentes profetas para hacer este trabajo.
 
¿Cómo podemos entender la realeza?
 
Cada cultura tiene sus textos y su historiografía. Cada una de ellas utiliza fuentes similares pero los resultados son muy diferentes
En Egipto el faraón es dios, eso ya ha quedado claro, y un dios no puede perder una batalla, pero además debe demostrar su superioridad ante los enemigos; esta es la razón por la que todas las representaciones iconográficas donde aparece el faraón, es representado en una escala mucho mayor que los soldados enemigos, incluso más grande que sus generales o el príncipe heredero
 
En Mesopotamia la situación es diferente. El rey también aparece como un superhombre vencedor de ejércitos, pero está representado en la misma escala que el más ínfimo de sus soldados. Si aparece luchando contra un león, este es mucho más grande que él, mientras los leones con los que aparece luchando el faraón egipcio parecen, perdonad la broma, gatitos de peluche.
 
En Israel todo vuelve a ser completamente diferente, las tradiciones historiográficas que se han conservado hasta ahora se han preservado dentro de las hojas de la Biblia, esto por un lado es una ventaja, pero también es un inconveniente muy claro; a pesar de los descubrimientos arqueológicos (muy escasos con relación a los egipcios o sumerios, debido a una especie de prohibición explicita para poder excavar «lugares sagrados») hay una dificultad universal al uso crítico de la Biblia que obstaculiza su estudio racional.

A pesar de estas diferencias, hay algo que une las tres historiografías: Éstas nunca son objetivas, pues cualquier inscripción, crónica, imagen, escultura o texto es arquetípico, en el sentido de que no refleja casi nunca lo que pasó, sino lo que debería haber pasado. La magia está presente, se percibe al fijarnos en los monumentos que parecen no tener ningún destinatario concreto (inscripciones en la cimentación de los edificios o monumentos en lugares inaccesibles). La razón es simple, no son propaganda, aunque a nosotros nos lo parezcan, estas inscripciones valían per se, pues el hecho mismo de existir y proclamar lo que proclamaban, hacían que su contenido se realizara.

¿Cuál es la concepción del tiempo y
cuál su importancia en el discurso mítico?

Todo lo que he enumerado anteriormente se basa en la concepción que estos pueblos tenían del tiempo, entendido como período mítico donde se desarrolla su historia y se mueven sus dioses y héroes. Las categorías de tiempo y espacio en el discurso mítico no son las categorías del discurso histórico. En el pensamiento mítico todo es entendido como una sucesión de períodos determinados, pero que terminan siendo cíclicos. El mito dilata el tiempo ordinario, mientras que el rito acerca el tiempo mítico a la esfera más profana de la vida.

Lévi-Strauss ya dijo que dentro del tiempo mítico o cíclico, no podemos referirnos al pasado y al futuro como hitos cronológicos sucesivos, con el presente como punto medio entre ellos. El mito no transcurre en el pasado, sino en un tiempo diferente al lineal. El tiempo cíclico es un elemento de seguridad, que nos demuestra el orden del universo, pues el rey (o el faraón o el sacerdote) puede, mediante una serie de ritos, conseguir que este orden se mantenga, por eso su papel es absolutamente esencial.
En las lenguas mesopotámicas no existen palabras para definir conceptos como tiempo, pasado, futuro o presente. Se dice, poéticamente «en aquellos días» (para referirse indistintamente al pasado o al futuro). No existe la palabra, pero eso no significa que no tuvieran un concepto del pasado, pues tenían claro que el presente y el futuro son consecuencia de éste, y cualquier cosa que pase ahora (o pase mañana) siempre proviene de un acto de voluntad de un dios.

En Egipto se distingue entre tiempo sagrado cíclico (neheh) y tiempo lineal (Djet). El neheh es el eterno retorno; el Djet es la permanencia y la duración. En ninguno de los dos hay lugar para la historia
¿Y en Israel? Allí, debido a que Yahveh es el dios de la historia, debido a que es el creador y señor del tiempo, este tiempo no es cíclico, siempre avanza inexorablemente. Pero, al igual que en Egipto o Mesopotamia, tampoco hay en la lengua hebrea bíblica ninguna palabra para definir pasado, presente o futuro. El término hebreo habitual es ‘et, que sería el instante o espacio de tiempo en que sucede algo. Hay otro término, olam, que representaría un tiempo indeterminado que habitualmente es traducido como pasado o futuro, según las circunstancias.
 
La idea del tiempo, del destino, de la mitología alrededor de la muerte, no es algo que podemos despreciar. Se ha demostrado repetidas veces que, por ejemplo, la creencia en la reencarnación estimula la resignación en los pueblos que la practican; resignación ante los retos de la vida. Por tanto, en el caso que nos ocupa, podemos decir que cada una de estas tres culturas ha evolucionado siguiendo un discurso diferente en muchos aspectos y similar en otros, pero claramente influido por la idiosincrasia de cada uno de los pueblos.
¿O fue justamente al revés?
Bibliografía

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