El mito de Io es un mito antiguo; ha sido estudiado desde diferentes aspectos, de manera que, a diferencia de otros, no tiene tantas ramificaciones o versiones que escondan su sentido inicial. Sin embargo, es fácil quedarse en la anécdota de la chica convertida en vaca que se ve obligada a huir por todo el mundo sin tener muy claro el porqué; los autores clásicos tampoco se ponen de acuerdo en elegir la razón de la huida. ¿Quién la ataca? ¿Un tábano? ¿Una erinia? ¿Fue simplemente el miedo? Cada autor da su versión y los hay que ni se molestan a buscar a una razón plausible para tan loca carrera. Vayamos por pasos…

Resumamos su historia: Io es una ninfa, hija del dios fluvial Ínaco. Zeus se encapricha de ella y, gracias a artimañas que ahora no vienen a cuento, consigue poseerla. Hera, esposa de Zeus, se entera del asunto y Zeus, para salvar a Io, la convierte en ternera. Hera exige que quiere esa vaca para ella y Zeus se la entrega; entonces Hera ordena al gigante de cien ojos, Argos Oanoptes, que la custodie.

Zeus, para recuperar a Io, encarga a Hermes que la rescate del gigante, y éste lo consigue durmiendo a Argos con el sonido de flauta y posteriormente matándolo. Cuando se entera Hera, clama venganza y ordena a un tábano que pique sin cesar a la ternera Io, quien, enloquecida por el dolor, huye sin cesar. En su camino atraviesa el mar Jonico (al que da su nombre), el Cáucaso (donde encuentra a prometeo encadenado quien le predice su futuro), el Bósforo (literalmente «paso del buey») y finalmente llega a Egipto.
Allí recupera su forma humana y da a luz a Épafo, se casa con Telégono, rey de la región. Entonces Io es deificada bajo el nombre de Isis y su hijo se convierte en el origen de la monarquía egipcia.

la metamorfosis de Io no se queda en su conversión en vaca, dado que la tradición afirma que también cambiaba de color según la luna. Esta relación de la luna y la vaca, según Graves, viene dada por el hecho de que la luna cornuda era considerada el origen de las lluvias, y las lluvias son necesarias para conseguir pastos para los rebaños. La necesidad era mayor a finales del verano, cuando los tábanos atacan las vacas; quizá debido a ello las sacerdotisas de Io realizaban una danza ritual para atraer la lluvia en la que imitaban terneras enloquecidas por los tábanos.
Visto lo anterior, ¿podemos decir que el tábano es esencial al mito? Sin duda; entonces, ¿por qué hay autores que no lo nombran? ¿Por qué Ovidio nos habla de unas erinias? Seamos sinceros, en realidad no modifica el origen de la huida, ya que, sean erinias o sea un tábano, siempre estamos hablando de lo mismo, o al menos de unos seres que actúan de manera similar y ambos consiguen lo mismo: la huída enloquecida de Io. Veamoslo.
El tábano es un insecto al que se le da poca importancia pero, curiosamente, tiene un lugar esencial en la mitología griega. Él es la fuerza que enloquece, la herramienta de los dioses… Existe el tábano de Io, claro, pero no podemos olvidar a los tábanos que atormentaron las tres hijas de Acrisio (castigadas por Hera), el tábano que asustó los rebaños que Heracles había robado a Gerión (también fue Hera la instigadora) y el tábano que Zeus envió para picar al caballo Pegaso (justo debajo de la cola, explica el mitógrafo) cuando, montado por el presuntuoso Belerofonte, intentaba subir al Olimpo.

Empezaremos por el inicio: La primera mención a Io (a la ninfa, no al mismo personaje bajo su aspecto vacuno) aparece en el Catálogo de las Mujeres atribuido a Hesíodo (siglo VIII aC), aunque allí sólo se dice que Io es de la estirpe de Inaco. A partir de entonces comienza una cadena que llega hasta Ovidio y sigue más allá; la versión que aparece en Las Metamorfosis es una de las últimas piezas que vienen a configurar una misma historia, donde cada uno de los que han participado han añadido su grano de arena.
El trasfondo del mito es bien conocido: la propagación del culto luni-solar de vacas y toros a lo largo del Mediterráneo y Oriente Medio. Un culto que, tal como nos explica también Graves, se propaga por aquellos lugares por donde pasa Io en su loca huida (los más evidentes son el mar Ionico, o sea “mar de Io” o el Bósforo, “el paso de la vaca”). En todos estos lugares se han localizado cultos a vacas o toros, como por ejemplo el Minotauro cretense, la vaca Hathor egipcia, el toro de Mithra o el buey Nardi indostánico. Pues bien, Ovidio coge el mito y lo llena de versos que describen, poética y profusamente, los paisajes que rodean el hogar de la ninfa Io; a continuación nos explica brevemente como Júpiter la desea y la consigue. Más tarde nos cuenta que Juno se acerca al lugar a ver que ha pasado y —aun en menos versos— nos narra que el dios convierte la ninfa en una ternera con la intención de despistar su mujer, pero, ¡ay! Juno no es tonta y conoce muy bien a su marido, y le pide como regalo aquella vaca que es tan hermosa como lo era la ninfa (“Bos quoque formosa est”, dice Ovidio en Metamorfosis – 612, o sea «de res, también es hermosa«).

Evidentemente, Júpiter no puede —ni quiere— negarse y Juno se lleva a la pobre Io y la entrega a Argo para que la vigile.
Más tarde, el divinal Ovidio nos cuenta quién es Argo, el de los cien ojos (“centum luminibus cinctum caput Argus habebat”, Metamorfosis – 625, o sea, para los que no saben latín, «de cien luces ceñida su cabeza Argos tenía«) y, con unas imágenes muy gráficas, nos narra como Io pide clemencia pero en lugar de palabras de su boca sólo salen mugidos. Parece perdida para siempre, allá en las montañas, vigilada eternamente por el gigante; pero Júpiter quiere recuperarla y envía a su hijo Mercurio, quien finalmente duerme a Argo tocando su flauta. En este punto, Ovidio intercala la historia de Pan i Siringa, aprovechando el comentario sobre la flauta (“namque reperta fistula nuper erat, qua sit ratione reperta”, Metamorfosis – 687 a 688, en castellano: «…descubierta la flauta hacía poco había sido, en razón de qué fue descubierta«), y a continuación nos detalla la loca huida de Io hasta llegar a Egipto donde recupera el aspecto humano y da a luz a Épafo.

Ovidio se recrea en las palabras, utiliza el término adecuado para cada idea; su intención es estética; no quiere buscar el origen mítico de la narración, ni el histórico, ni la anécdota, ni la sátira … Para Ovidio, Io es una excusa (como lo son todos los demás personajes de su obra) para crear un vehículo preciosista donde dejar su huella en la posteridad.
Por tanto, Hesíodo inicia el círculo y Ovidio es uno de los que lo cierran; pero, ¿quién más interviene? Tenemos otro poema atribuido a Heísodo, el Aegimius del que sólo se conservan fragmentos y que parece ser una versión antigua del mito. Como no lo conocemos en profundidad, podemos obviarlo, por tanto, la primera versión larga conocida es Prometeo Encadenado, atribuida a Esquilo (siglo VI aC), donde Io, perseguida por tábano, llega al lugar donde está encadenado el titán y éste le profetiza que viajará por todo el mundo hasta que llegue a Egipto. Esquilo vuelve a tocar ligeramente el tema en Las Suplicantes, ya que este drama trata de las Danaides, descendientes en quinta generación de Io.
En ambos casos la intención de Esquilo es dramatizar el destino de Io, mostrar el sufrimiento de la ninfa, simple juguete en manos de los caprichos de los dioses.

Prometeo explica a Io todo lo que aún tiene que sucederle: “Habla, explícate. Modo de alivio es para quien padece saber de antemano que le aguarda que sufrir todavía”, canta el coro, rogando a Prometeo que explique todo lo que sabe. Io sólo acierta a decir: «!Ay de mí!«; una gran muestra de concisión por parte de Esquilo que resume perfectamente el temor humano ante los infortunios que nos envía el destino, aunque no se puede comparar a como resuelve Ovidio el mismo tema: lo hace de manera tan concisa que toda la fuga de Io, todo lo que le pasó durante el viaje, los lugares donde se detuvo y todo lo que vio… todo queda reducido al verso: «condidit et profugam por totum exercuit orbem» (Metamorfosis – 726, «y prófuga por todo el orbe la aterró«); realmente una síntesis admirable.

Tras Esquilo encontramos el mismo tema en Herodoto (siglo V aC) quien, como suele hacer habitualmente, busca la anécdota y explica a sus Nueve Libros de la Historia que los fenicios raptaron una tauropárthenos (virgen dedicada al culto al toro) llamada Io, esta quedó embarazada del capitán de la nave y, avergonzada, no volvió a casa de sus padres, por lo que viajó con los mercaderes hasta Egipto.
Calímaco de Cirene (siglo III aC) también habla de Io en sus Himnos, concretamente en el lugar donde describe los cimerios, los que dice que están «…criados con leche de yegua, innumerables como las arenas del mar, habitantes de del Paso de la Vaca, hija de Ínaco”.
Otro que habla de ella es Pausanias (siglo II aC), en la Descripción de Grecia (libro III 18, 16) donde describe una estatua de Afrodita y las figuras que la adornan, y explica que una de ellas es Hera, que está observando a Io convertida en vaca.

Poco después encontramos a Apolodoro de Atenas (siglo II aC), autor a quien se atribuye la Biblioteca Mitológica, que nos cuenta la misma historia que ya conocemos, pero detallando la fuga de Io, los lugares por donde pasó, su llegada a Egipto y que, una vez allí, «ella levantó una estatua de Deméter que los egipcios llamaban Isis, y la misma Io fue nombrada Isis«. Ovidio resuelve esta última explicación con una especie de perífrasis sin nombrar a Isis, pero la adivinamos en la diosa adorada por la multitud vestida de lino (“Nunc dea linigera colitur celeberrima turba / huic Epaphus magni genitus de semine tandem creditur esse Iovis perque urbes iuncta parenti templa tenet”, Metamorfosis – 746 a 750, «Ahora como diosa la honra, celebradísima, la multitud vestida de lino / Ahora que Épafo generado fue de la simiente del gran Júpiter por fin / se cree, y por las ciudades, juntos a los de su madre / templos posee).
Tras Apolodoro encontramos en Partenio de Nicea (siglo I aC) que escribió los Sufrimientos de Amor, una colección de variadas aventuras amorosas que terminan todas con una metamorfosis. Curiosamente, la metamorfosis de Io no la incluye, y nuestra ninfa sólo aparece al narrar la historia de su hermano Lirco, enviado por su padre para encontrarla. En realidad, el texto de Partenio no parece suficientemente importante como para incluirlo en esta pequeña recopilación, pero considero que debe estar aquí, ya que los Sufrimientos de Amor de Partenio fueron la fuente principal de inspiración de Ovidio. También tenemos a Estrabón (siglo I aC) que, a su Geografía (libro X, 1,3), describe una cueva de la isla de Eubea y dice que su nombre es Boos-Aulë (o sea, la parada de la vaca), ya que es el lugar donde Io dio a luz a Épafo.

Después de Estrabón tenemos a Diodoro de Sicilia (siglo I aC) y su Bibliotheca Historica, donde nos repite la historia del barco fenicio y el rapto que nos explica Heródoto.
También tenemos el Fabularum Liber atribuido a Higinio (siglo I aC) que explica de esta manera resumida el mito: Argo murió por orden de Zeus, Io huyó por todo el mundo; se enumeran algunos lugares por donde pasó y finalmente en Egipto dio luz a su hijo. Al igual que Ovidio no nombra en ningún momento el tábano.
Virgilio (siglo I aC) hace que aparezca en la Eneida, cuando nos describe un escudo con la imagen de Io con cuernos de vaca. En cambio, el mismo autor, en las Geórgicas, nos explica que un tábano es el animal que la martirizó, pues comenta que “cui nomen asilo Romanum est, oestrum Grai uertere uocantes, asper, acerba sonans” (Georgicas, libro III, 146, «su nombre entre los romanos es asilo; entre los griegos es oestrum, y es feroz y zumba de manera aspera«) o sea que el animal que llamamos tábano, los romanos lo llaman asilo y los griegos oestro.
Ovidio hace justo lo contrario, pues prefiere explicar cómo Juno mostró una Erinia a Io, cuya visión hizo que su corzón se atemorizara y la obligó a huir por el mundo (“horriferamque oculis animoque obiecit Erinyn, paelicis Argolicae stimulosque in pectore caecos, condidit et profugam per totum exercuit orbem”, Metamorfosis 724-727, que, explicado de forma menos poética, pero más comprensible, viene a decir que «le mostró a su rival, la argólida Io, una horrible Erinia, y ésta turbó su espíritu y se introdujo en su pecho, aguijoneándola y obligándola a huir, errante, por todo el mundo«).
Evidentemente, Ovidio conoce perfectamente la obra de Virgilio, y la respeta, pero Virgilio pertenece a una generación anterior, y Ovidio prefiere incluir en su texto a las terribles Erinias que un vulgar insecto, por molesto que éste sea.

¿Y después? ¿Dónde más la encontramos? En la obra de Propercio (siglo I aC), amigo personal de Ovidio, quien habla de Io en tres de sus Elegías, pero no añade nada nuevo al mito; sólo detalla la asimilación de Io con la diosa Isis, y no describe la metamorfosis en sí misma.
Valerius Flaccus (siglo I dC) también habla de ella a su Argonautica, y explica de nuevo todo el mito aprovechando la escena de los argonautas pasando por el Bósforo, y recupera el Erinía de Ovidio en lugar del tábano del mito inicial (“qualis ubi extremas Io vaga sentit harenas, fertque refertque pedem, tumido quam cogit Erinys, ire mari Phariaeque vocant trans aequora matres”, Argonàutica, libro VII, 111-113; «…cuando se dió cuenta que había pisado las últimas arenas, no osó caminar más, pero las Erinias le obligaron a cruzar hacia el mar agitado, y las madres de Pharos la llamaron de allende los mares«).
Me quedan cuatro autores más; empecemos por Claudio Eliano (siglo I dC), que escribió el De natura animalium. En él, con mucho sentido común, nos cuenta que los griegos afirmaban que el dios Apis tenía su origen en Io, pero que los egipcios consideran la historia falsa porque Apis ya había visitado la humanidad muchos miles de años antes de que Épafo naciera.
Otro es Estacio (siglo I dC) quien nos habla brevemente de Io en la Tebaida (libro VI, 275); el tercero es Filóstrato de Atenas (siglo II dC) quien, a su muy interesante Vida de Apolonio de Tiana nos cuenta que cuando Apolonio visitó Nínive encontró un ídolo que representaba a Io (aunque sin duda Filostrato se equivoca y la diosa representada era Isthar, quien acostumbraba a ser representada con un casco con cuernos).

El cuarto y último es Nonnos (siglo IV dC), un autor barroco, excesivo, cristiano y pagano a la vez. Su obra es un canto al exceso, y en ella el tábano aparece en segundo plano, interviene, se mueve entre líneas, es omnipresente… aparece en sus Dionisíacas, que repiten de nuevo todo el mito olvidándose, por tanto, de la Erinia y recuperando de nuevo el tábano y no abandonándolo toda la obra. (Libro III, 257).

¿Qué más nos queda? En realidad nada.
Ya hemos visto importancia del tábano en la mitología y, como ya sabemos que Virgilio nos cuenta que a este animal los romanos le llaman asilo y los griegos oestro, por tanto nos es lícito preguntarnos porqué Ovidio no lo menciona y en lugar de él habla de unas Erinias. Pues por una razón muy simple, ¡son lo mismo!
Las Erinias (Έρινύες Erinúes, palabra que proviene de ἐρίνειν erínein, o sea «perseguir») producen la locura (άνοια, o sea falta de intelecto: a + nous). La locura suele aparecer cuando está presente el dios Oistros o Oestro, que es representado bajo la forma de un tábano. Este Oistros (οἶστρος) es la animalización del frenesí y de la ira (en lituano existe la palabra aistra que literalmente significa “ira”); es la animalización de la locura que hace huir, como si te persiguiera una Erinia.
El círculo queda cerrado.
¿La versión de Ovidio es la definitiva? En realidad no. ¿Es la más cercana al mito inicial? Tampoco, ya que las hay más fieles. ¿Es la más literaria? ¿Poética? ¿Personal? En realidad todo va a gustos. Ovidio tenía una intención clara al escribirla, y no era transmitir un mito, explicarlo o entretener moralmente. Quería mostrar a sus contemporáneos (y a sus lectores del futuro) sus versos, su técnica, sus palabras.
El mito es una excusa e Io y sus sufrimientos un vehículo para el lucimiento.
En realidad es una intención tan loable como cualquier otra.
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