Hace unos días tuve una discusión virtual sobre si el conocimiento es emocional o racional. En realidad ese no fue el planteamiento inicial, pero la conversación derivó hacía ahí. Cada interlocutor defendió con vehemencia su postura y finalmente, como suele suceder, no se sacó nada en claro. Sinceramente, no recuerdo como empezó la discusión aunque me parece recordar que fue debido a una fotografía que alguien compartió por Whatsapp, pero, insisto, no me atrevo a asegurarlo.
Resumiendo, una vez planteado el tema, la conversación se movió muy compacta, en bloque, siguiendo unos cauces que parecían preestablecidos (o dicho de una forma más homérica, se ha movido como un rebaño de ovejas que, perseguido por el lobo, ora corre hacia aquí, ora hacia allí, siguiendo los impulsos de su temor pero sin deshacer del grupo).
Con relación a la problemática de las emociones frente a la racionalidad surgieron cuatro ideas básicas:
Las emociones no son un obstáculo para la racionalidad; en realidad son la guía que la racionalidad necesita, pues complementan el ser humano de manera que no hay un estatus superior de la razón sobre la emoción, ni de ésta sobre la otra. La racionalidad sin emociones es deshumanizada, pero esta tampoco debe ser controlada por las emociones.
Las emociones son un obstáculo; pero la objetividad no se consigue obviando las emociones, sino comprendiéndolas, tomando decisiones de tipo racional gracias a ellas y no confundiéndolas con los sentimientos, que nunca deben ser involucrados en temas decisorios.
Razón y emociones deben dialogar al mismo nivel; en catalán existe la dicotomía raonar / enraonar. Raonar es el razonar en castellano, pero enraonar, que se traduce por hablar, en realidad no es hablar, sinó algo así como hablar con conocimiento de causa, o sea hablar razonando, (en contraposición a parlar, que sí que sería hablar sin más).
La verdad se conoce tanto por la razón como por el corazón. No podemos escoger entre emociones y razón, los dos son mecanismos de nuestra mente, y gracias a los dos ella funciona, ayudada por el apoyo somático de nuestro cerebro.
Las emociones forman parte de nuestras decisiones diarias pero cada uno de nosotros tiene unas emociones particulares y toma decisiones diferentes en situaciones semejantes. Para conjugar esta fusión entre ambas tenemos la empatía, ya que lo que una decisión sea imparcial, es iniciarla a partir de un conocimiento racional y emocional a la vez.
Surgió otra cuestión: ¿el conocimiento puede ser verdadero? Evidentemente ninguno de nosotros quiso entrar en el debate sobre la dualidad verdad / mentira; a pesar de ello surgieron unas ideas:
Opción 1: La única verdad es universal, y el marco socio-cultural es lo que nos permite captarla y hacernos avanzar como especie. El problema está en que no podemos buscar ni siquiera un consenso para decidir cuál de las posibles «morales» es la correcta. Además existe el peligro de que el consenso se convierte en imposición, por lo que acabaremos defendiendo como propio un bien que nos han hecho creer que lo es.
Opción 2: La verdad es individual. Como cada persona tiene una educación emocional diferente, no puede existir una universalización del conocimiento. Las diferentes verdades en el fondo no son más que diferentes puntos de vista, aunque existen unos hechos reales que no pueden ser discutidos, a pesar que estos hechos nos llegan a través de los sentidos que provocan unas señales a nuestro cerebro diferentes para cada individuo.
Opción 3: Nuestra visión de la verdad es relativista, ya que los seres humanos tenemos unas capacidades de percepción y de comprensión de nuestro entorno bastante limitadas y nuestro conocimiento de la realidad es también limitado.
Opción 4: El lenguaje es la herramienta principal para alcanzar la verdad. A pesar de su imperfección, es la mejor herramienta que tenemos. Pero el lenguaje no sirve para llegar a la racionalidad pura, ya que su imperfección nos tiene atados y no nos deja avanzar.
Resumiendo y finalizando el tema, terminamos peor de lo que empezamos y nos despedimos con ganar de continuar el debate otro día. Esperemos que la racionalidad nos lo permita, aunque las emociones nos desvíen del camino.





