Hacía bastante tiempo que tenía intención de realizar un breve artículo que comparara la situación en la URSS y en Estados Unidos a principios de 1934. Sinceramente, no sabía qué enfoque darle para que no pareciera el típico artículo enciclopédico aburrido, por lo que estuve toda la mañana dándole vueltas al tema y no se me ocurría nada. Finalmente salí a la calle y, abstraído y caminando, paseé sin tener muy claro adonde iba cuando, entre un paso y el siguiente, cambió el paisaje.

Lo que viene a continuación puede parecer extraño, pero quizás no lo es tanto, pues algunos filósofos afirman que el tiempo tiene pliegues y grietas y es posible por unos instantes vislumbrar cosas que no están en el mismo tiempo y lugar en el que estamos nosotros. Es como un gran telón que nos tapa el pasado y el futuro, pero a veces el telón se abre y se nos permite cruzarlo.
La mañana del martes 13 de marzo de 2024 di un paso y el siguiente fue el martes 13 de marzo de 1934. El lugar era el mismo, la Rambla de Barcelona, a la altura de la fuente de Canaletes, pero todo lo que me rodeaba había cambiado.
Evidentemente me mareé y di unos pasos atolondrados que me llevaron a chocar con un hombre alto y atildado, bien vestido, corpulento, de mirada penetrante, perilla puntiaguda y que cargaba con un grueso cartapacio lleno de papeles. Él se sorprendió tanto como yo, pero pronto se recuperó del susto y me preguntó quién era y de dónde había salido. Dije mi nombre en medio de unas cuantas incoherencias, y él, con un fuerte acento alemán, hizo una pequeña inclinación de cabeza y se presentó como el conde Hermann Alexander Graf Keyserling.
A continuación, tras darme unas palmaditas en la espalda, me obligó a entrar en el bar Canaletes que estaba a cuatro pasos de allí y pidió una botella de anís. A la segunda copa había recuperado fuerzas y, olvidándome dónde estaba y (lo que era más importante) cuando estaba, consideré que todo era un sueño y decidí aprovecharlo para preguntarle quién era y adónde iba.
El hombre describió a grandes rasgos su experiencia vital y me dijo que estaba haciendo un ciclo de conferencias en Conferencia Club. Yo no había oído hablar nunca ni de él ni del Conferencia Club y él lo noto en mi expresión y, sorprendido, me dijo que se trataba de «una aristocrática entidad cultural barcelonesa muy conocida y respetada«.
«¿Sobre qué son estas conferencias?«, le pregunté, «sobre la situación del Unión Soviética y los Estados Unidos en estos tiempos tan convulsos que vivimos«. Vi el cielo abierto y le pedí que me contara todo lo que sabía. Hablamos toda la tarde y creo que incluso hice que llegara tarde a su cita.

Este es más o menos su relato:
Mi interlocutor opinaba que la situación existente en Estados Unidos y la que podía deducirse de lo que se sabía de la Unión Soviética eran muy similares. Me comentó que hacía ya unos años que se había iniciado la colectivización agrícola en la URSS, pero había resultado un fracaso; Stalin quería glorificar el trabajo y había creado una especie de héroe proletario o campesino que tenía el objetivo de creer y propagar la creencia de que su trabajo y su vida eran mucho mejores gracias a la revolución. Artistas y escritores se encargaban de esta propaganda, mientras que otros (y me citó dos conocidos suyos, el músico Dmitri Shostakovich o la poetisa Anna Akhmatova) tenían problemas para publicar o componer y podían ser encarcelados, condenados o incluso podían desaparecer.

Keyserling reconocía que en la URSS había una liberalización social, que las mujeres podían estudiar y que había mejorado mucho su situación socioeconómica respecto a lo que tenían antes de 1917, pero en la práctica era consciente de que seguían un par de pasos detrás de los hombres (en Estados Unidos decía que pasaba lo mismo, las mujeres habían avanzado muchísimo en los últimos años y estaba convencido de que avanzarían mucho más, por eso opinaba que pronto sería necesaria una emancipación masculina).

Por otra parte celebraba los adelantos en la salud global y decía que Stalin había conseguido la asistencia médica gratuita y la educación, casi había eliminado el tifus y el cólera y las muertes de niños se habían reducido considerablemente.

Keyserling consideraba un avance que en las ciudades de la URSS se pudiera dar a luz en un hospital y los bebés tuvieran asistencia prenatal y era consciente de que casi todo el mundo sabía leer y escribir, ya que para Stalin la cultura tenía que extenderse a toda la población y eso incluía la alfabetización, las matemáticas, la limpieza, la salud, la vivienda y la alimentación. A muchos escritores se les llamaba “ingenieros de almas”, y tenían un destino místico: impulsar cada vez más el triunfo y la educación del proletariado. Pero todavía faltaba mucho para que la URSS se pareciera a los Estados Unidos en cuestiones médicas, remarcó.
También me dijo, ya que era algo que consideraba preocupante y que no veía en otros lugares, que en Estados Unidos existía un curioso culto al cuerpo. Para él, esta obsesión era un símbolo de las civilizaciones decadentes y consideraba que hacer de la salud el ideal supremo es una amenaza para el desarrollo de la sociedad. Y eso él no veía a la Unión Soviética, al menos en la de 1934.

Pero no todo eran luces en la URSS. Desde hacía un par de años el hambre se había apoderado de las zonas rurales y él sabía, aunque el régimen lo ocultaba, que había millones de muertos. En Estados Unidos no llegaban ni mucho menos a estos extremos, pero Keyserling lamentaba que una cuarta parte de los asalariados no tuviera trabajo, ya que el antiguo presidente, Herbert Hoover, había actuado más o menos como Stalin, sin dar importancia a las vidas individuales y despreciando la crisis, ya que ésta, para Hoover no era más que un incidente pasajero (“…a passing incident in our national lives…”, dijo el propio presidente Hoover en un discurso pronunciado el 18 de octubre de 1931).
Para mi interlocutor esta era la razón de que la gente hubiera votado masivamente a Roosevelt y que éste, aprendida la lección de su antecesor, había ideado el New Deal para proporcionar un poco de seguridad a los millones de parados.
Keyserling me comentó que uno está sin trabajo, tanto daba vivir en la URSS o en Estados Unidos; además ambos países querían salir de igual manera de la depresión, consiguiendo un crecimiento espectacular de la renta nacional aunque, y esto Keyserling lo criticaba, concentrando demasiados esfuerzos en la producción militar. Auguraba un crecimiento espectacular en pocos años, aunque estaba convencido que la producción agraria se estancaría.

A mi interlocutor le gustaban las acciones tomadas por Roosevelt y las leyes para defender a los trabajadores, pero sabía que las grandes corporaciones empresariales pondrían obstáculos, ya que consideraban las medidas demasiado favorables para éstos. Roosevelt de momento no actuaba, pero si aumentaban las huelgas, no tendría más remedio que hacerlo.
Keyserling me mostró su admiración por Roosevelt, y me dijo que había hecho por los Estados Unidos lo mismo que habían conseguido en Rusia mediante métodos dictatoriales, y esto era debido a la crisis, afirmó. Tenía la teoría de que el hecho de pasar por ella había dado una bofetada al sistema y los americanos habían aprendido la lección; en Europa había pasado lo contrario.
Comenté que parecía haber pocas diferencias entre ambas potencias. «Exacto«, me dijo, «pero una es una dictadura y la otra no». Asentí; «¿Y las distracciones? ¿El ocio? ¿Las diversiones de la gente?«, le pregunté. Entonces se tomó otra copa de anís y sonrió.

En los Estados Unidos, dijo, la mayoría de la gente tenía poco dinero y las únicas distracciones que tenían eran el cine, los programas de radio y bailar, sobre todo la música swing que estaba ahora de moda gracias a músicos populares como Benny Goodman. ¿Y en Rusia? meneó la cabeza y afirmó que después de unos años de restricciones había una tolerancia mayor, sin duda debido al éxito del plan quinquenal. Esta tolerancia se veía en la aceptación de músicas foráneas. La gente casi hacía lo mismo: escuchar la radio. ¿Y qué escuchaban? ¡Incluso jazz! A pesar de que ya hacía unos años el escritor Máximo Gorki definió las orquestas de jazz como compuestas exclusivamente por maníacos sexuales, pues llegó a afirmar que “La imaginación involuntaria de que (la música) es tocada por una orquesta de maníacos sexuales, conducida por algún tipo de semental manejando un falo enorme”.

Otra diferencia que mi interlocutor veía en Estados Unidos era lo que él llamaba privatismo, es decir la importancia que se daba a la vida privada de cada uno, y esto hacía que la economía pasara por delante de la política y el estado perdiera importancia ante los intereses privados. Esta privacidad no existía al Unión Soviética, pero no por voluntad propia, sino porque el estado controlaba la individualidad particular.
En cambio, un grave defecto que consideraba que tenían ambas naciones era el dominio de los hombres por las cosas. Él lo llamaba romanticismo por la máquina, y decía que era común al capitalismo y al bolchevismo y pensaba que si se generaba una unión entre trabajadores y capitalistas en contra los no-productores, esto representaría el triunfo del ideal animal sobre el ideal cultural; y eso era algo que él temía por sobre todas las cosas.

«Todo es muy similar«, me dijo, “pero no nos confundamos, en Estados Unidos hay mucha gente encarcelada, pero en la Unión Soviética puede haber hasta cinco veces más”. También me dijo que lo peor era que la gente libre tenía miedo, ya que sabían que los estaban vigilando; un terror llenaba todas las capas de la sociedad, y estas eran conscientes que en cualquier momento podían ser detenidos acusados de un crimen, por peregrino que fuera, pues el decreto del 1 de diciembre de 1934 preparó la base legal per justificar la represión a gran escala. En dicho decreto se indicaba que no podían aplazarse las sentencias de pena capital, a pesar de las apelaciones y también se remarcaba que las delegaciones del NKVD (en ruso НКВД, Народный комиссариат внутренних дел, o sea Comisariado del Pueblo de Asuntos Interiores) tenían que ejecutar les sentencias de muerte inmediatamente después de su proclamación.

Permaneció un rato callado y, de repente, en un arrebato de sinceridad me dijo: «Piense que siempre que me dicen que los bolcheviques tienen el alma del demonio, les digo que quizás la tienen, pero que este demonio no es Satanás, sino aquel demonio que describió Dostoiewski: un miserable intelectual urbano con alma de lacayo”. Comprendo lo que quería decir; la mentalidad rusa daba preferencia al utilitarismo por sobre la intelectualidad, mientras que en Estados Unidos la individualidad, debido a su origen como nación, es lo más importante. Keyserling me dijo que estaba convencido de que cualquier trabajador estadounidense era más socialista que los que están afiliados a partidos socialistas europeos. En cualquier ser humano hay actitudes individualistas y socialistas, y en Estados Unidos, aunque parezca lo contrario, predominaban las segundas.
No sabía cómo sería el futuro, dijo, pero sabía que la América y la Rusia de su tiempo eran esencialmente iguales; las dos tenían la misma visión del individuo, éste no era más que un instrumento social. «América es un país que admiro«, insistió, «y lo hago porque ha roto con las tradiciones europeas, ha rechazado la aristocracia y ama a los ganadores, a los que han luchado por superarse y tener éxito».
«Créame,» insistió agarrándome la mano y temblando un poco, «que la diferencia esencial entre la Rusia bolchevique y los Estados Unidos es la prosperidad económica. El nivel es diferente, pero la nivelación es idéntica«, y sentenció que «ambos son fundamentalmente socialistas, pero los Estados Unidos expresan su socialismo bajo una prosperidad general, Rusia lo hace bajo un pauperismo abismal«.

Me levanté y le di las gracias por su tiempo; «No tiene importancia«, me dijo, «me gusta transmitir mis ideas, y como soy un metafísico, y el centro de mi conciencia debe coincidir con el del mundo, cualquier fenómeno lo tengo que contemplar desde el punto de vista de Dios. Me gusta viajar, observar, relacionar y explicar. Soy un observador y si le he sacado de alguna duda, me sentiré profundamente satisfecho«.
Me sentía aún un poco mareado, y cuando le iba a dar la mano de nuevo para agradecerle que me hubiera solucionado el artículo, todo se esfumó. Volví a estar en el lugar de donde había partido y todo lo que había visto ya no existía.
Un sueño, tal vez, pero muy lúcido.
BIBLIOGRAFIA
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- DE ATHAYDE, Tristán “Keyserling y la América”. Revista de la Universidad Católica. (1934) T. II Año 3 n.9 p. 78-91
- FERNANDEZ Garcia, Antonio, “Sobre el terror estalinista: la documentación desclasificada”. Cuadernos de historia contemporánea (2002). Vol. 24 p.301-315
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- KURZ, Andreas. “El pensamiento de Hermann Keyserling”. La jornada semanal (2008)
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- ZINN, Howard (1997). La otra historia de los Estados Unidos Hiru
GRAFICAS EXTRAIDAS DE
- Esperanza de vida: https://www.rand.org/pubs/issue-papers/IP162.html
- Prisioneros en Estados Unidos: https://www.bjs.gov/content/pub/pdf/p2581.pdf
- Prisioneros en la Unión Soviética: https://commons.wikipedia.org/w/index.php?title=File: Gulag-Prisoner-Stats-1934-1953.png&oldid=145183834
- Gasto militar: https://nintil.com/2016/05/31/the-societ-union-military-spending/
Nota Aclaratoria:
Utilizo el personaje de Keyserling como excusa, pero la mayoría de las opiniones que da el Keyserling/Personaje pertenecen al Keyserling/Real. A pesar de todo hay algunos detalles que él no podía conocer en 1934, sobre todo sobre la situación de terror en la URSS o sobre los prisioneros de los gulags. Con relación a esto, es interesante constatar que en 1934, el escritor inglés H.G. Wells se entrevistó con Stalin y lo describió como un hombre justo y prudente. H.G. Wells no fue consciente de la epidemia de hambre que había habido en Rusia, los millones de muertos de hambre, las políticas de represión y el gran número de presos, detenidos y ejecutados que había habido en los últimos años. La entrevista en si nos aporta muchos más datos interesantes, ya que en ella Wells opina, al igual que el Keyserling-personaje que no hay muchas diferencias entre las propuestas sociales y económicas de las dos potencias. A esta reflexión, Stalin le contesta que la diferencia esencial está en que los Estados Unidos quieren salir de la crisis sin reconstruir la sociedad, no desean destruir el viejo orden social origen de la crisis, y lo único que pretenden es limar una serie de aspectos negativos

