No te preocupes por la bomba; aprende a amarla

Tras la Segunda Guerra Mundial surgió lo que podríamos llamar Censura Global Orientada, gracias a la cual el mundo occidental adoptó dos premisas fundamentales:

  1. Debemos acumular tantas armas nucleares como sea posible.
  2. Si no lo hacemos nosotros, lo harán los rusos.

El miedo nuclear no era tanto un temor hacia la Bomba (emplearé este término con mayúscula para referirme al artefacto de destrucción masiva que se convirtió en el símbolo de la Guerra Fría), sino miedo a no poseerla. El mundo cambió una vez comprendió las posibilidades de destrucción total del adversario. No fueron los acontecimientos de agosto de 1945 en Hiroshima y Nagasaki los que reestructuraron el orden mundial, sino las bombas que nunca se utilizaron.

A partir de 1949, cuando la Unión Soviética obtuvo la Bomba, se instauró un equilibrio mortal que dividió al mundo. Años más tarde, en 1957, el bip-bip del Sputnik resonó sobre las cabezas de los estadounidenses, despertando un miedo profundo. Por primera vez, fueron plenamente conscientes de su vulnerabilidad: los rusos podían espiarles y, peor aún, bombardearles con la misma facilidad.

Con el tiempo, sin embargo, la población aprendió a convivir con la Bomba. Los días de Hiroshima quedaban atrás, y la gente comenzó a «amarla» por lo que realmente era: una forma de protección. Un bando encontraba seguridad en el miedo del otro, y viceversa. Así surgió una curiosa resignación: «¿Tampoco es para tanto, no? Solo es una bomba atómica. Ya cayeron en Japón, y allí siguen como si no hubiera pasado nada. Total, de vez en cuando un monstruo emerge del fondo marino y destruye una o dos ciudades, pero poco más (y esto lo sé porque lo he visto en el cine)…».

Esta relación entre la radiactividad y los monstruos destructores de ciudades, también tiene su origen en la Bomba (no en Hiroshima), pues surgió entre 1946 y 1954, cuando Estados Unidos realizó experimentos con la bomba de hidrógeno en el atolón de Bikini, en las Islas Marshall. Estas pruebas provocaron una lluvia nuclear que afectó a un barco pesquero japonés. La noticia desató una histeria colectiva en Japón y dio origen a Godzilla (Ishiro Honda, 1954), como encarnación del pánico nuclear.

Sin embargo, la propaganda institucional no pensaba en Godzilla. Sus esfuerzos se centraban en alimentar el miedo al «ogro soviético» (o al «ogro americano», según la perspectiva). Este miedo debía mantenerse bajo control y, por ello, entre 1950 y 1951, el gobierno estadounidense distribuyó folletos afirmando que las heridas por radiactividad no siempre eran mortales y que «las probabilidades de una recuperación plena son más o menos las mismas que en cualquier accidente cotidiano».

Pero, ¿cómo comenzó todo? El 26 de abril de 1939, el primer ministro británico, Neville Chamberlain, declaró que Gran Bretaña no estaba ni en guerra ni en paz; según él, la paz que todavía conservaban podía romperse en cuestión de horas. La guerra llegó con las consecuencias que todos conocemos, y la «paz» perdió su nombre para ser reemplazada por el término «no-beligerancia». Los países fueron entrando en la guerra prácticamente obligados, cuando ya no tenían otra opción, como ocurrió con Estados Unidos tras el ataque a Pearl Harbor. Una vez implicados, buscaron alianzas inesperadas para enfrentarse a enemigos comunes. Fue entonces cuando Estados Unidos y la URSS empezaron la partida de ajedrez político que continuaría hasta la disolución de la Unión Soviética en 1991.

El reconocido anti-liberal Carl Schmitt sostenía que, desde 1942, la alianza entre las dos grandes potencias para eliminar a la Alemania de Hitler —el único obstáculo que consideraban para la paz mundial— se convirtió en la base de las nuevas construcciones políticas globales. Aunque Schmitt y Eric Hobsbawm compartían pocos puntos en común, el historiador británico coincidió en que esta alianza existió, aunque señaló que fue efímera: duró hasta 1947, como máximo. En ese momento, los antiguos aliados se convirtieron en enemigos irreconciliables, dando paso a un nuevo estilo de conflicto: la Guerra Fría.

 

El año 1947 también marca un hito para Schmitt, pues identifica este año como el inicio de una segunda fase en las relaciones internacionales, caracterizada por el dualismo o bipolaridad. Ya no existía una tercera potencia significativa que pudiera ser considerada enemiga, sino únicamente dos superpotencias aisladas que funcionaban como las columnas sobre las que gravitaba el resto del mundo.

Fue en 1947 cuando surgieron dos doctrinas, aparentemente opuestas, que marcaron la evolución política de las siguientes décadas del siglo XX. Por un lado estaba la Doctrina Truman, nombrada así por el presidente de Estados Unidos, Harry S. Truman, que proclamaba que cada pueblo del mundo debía elegir entre dos modos de vida: uno que «descansa sobre la voluntad de la mayoría y se caracteriza por sus instituciones libres, un gobierno representativo, elecciones libres, la garantía de las libertades individuales y la ausencia de cualquier política de opresión»; y otro, basado en «la voluntad de una minoría impuesta por la fuerza a la mayoría, sustentado en el terror y la opresión, con una prensa y una radio controladas, elecciones amañadas y la supresión de las libertades personales».

En contraposición a la Doctrina Truman, cuyo objetivo era detener la influencia soviética en Europa Occidental, apareció la Doctrina Zhdánov, desarrollada por el secretario del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética, Andréi Zhdánov. Esta doctrina dividía el mundo en dos bloques irreconciliables: los Imperialistas (Estados Unidos y sus aliados) y los Democráticos (la URSS y sus estados satélites). A partir de este momento, la neutralidad dejó de ser una opción realista.

Pero, ¿cómo empezó todo? ¿En realidad existia ese temor entre los dos bandos? En realidad, no. Tras la Segunda Guerra Mundial, la Unión Soviética no representaba una amenaza inmediata. Stalin soñaba con una cooperación soviético-estadounidense, y según Eric Hobsbawm, las primeras señales de alarma provinieron de Estados Unidos, donde el anticomunismo se utilizó como herramienta de política interna. Paradójicamente, la Guerra Fría fomentó la prosperidad, la creación de entidades como la Comunidad Europea, y se convirtió en una «época dorada» tanto para los países capitalistas como para los socialistas. Aunque parezca contradictorio, el miedo a la Bomba generó crecimiento económico y una prosperidad generalizada.

 

La capacidad de las armas nucleares para garantizar la destrucción total del adversario se convirtió en una amenaza y una defensa al mismo tiempo. Jean Duroselle identificó unas reglas que ambas superpotencias seguían estrictamente durante este periodo:

  1. La guerra generalizada equivale a un suicidio.
  2. Las armas nucleares son únicamente disuasorias, nunca deben ser utilizadas con fines destructivos.
  3. Siempre existe la posibilidad de un acto de locura por parte de un líder con poder, capaz de desencadenar «el apocalipsis».
  4. Aunque los conflictos directos entre las dos superpotencias estaban «prohibidos», sus países aliados podían involucrarse en conflictos armados, siempre que estos se mantuvieran localizados y bajo control.

Evidentemente, este equilibrio no fue algo premeditado, sino una consecuencia directa del reparto del mundo entre Estados Unidos y la URSS en las conferencias de Yalta y Potsdam. Estas reuniones establecieron la política de bloques que se mantendría durante el resto del siglo XX, del mismo modo que la Paz de Westfalia (1648) había sentado las bases del estado-nación y las relaciones internacionales modernas.

Tras la Segunda Guerra Mundial, los vencedores aplicaron la conocida máxima marxista de: «Those are my principles, and if you don’t like them… well, I have others» (que, evidentemente, no es de Karl, sino de Groucho). De este modo, rompieron con los valores que decían defender durante el conflicto, pisoteando el derecho de los pueblos a la autodeterminación. Construyeron un marco jurídico que configuró un mundo de posguerra ajustado a sus intereses: un nuevo orden político mundial, avalado por las Naciones Unidas (1945). Esta institución se convirtió en la verdadera garante del papel preeminente de las grandes potencias, que mantenían la estabilidad mundial gracias al poder nuclear.

El poder de la Bomba era tan inmenso que todo el sistema político-diplomático giraba en torno a ella. Las diferentes transformaciones sociales que se experimentaron a lo largo de las décadas fueron absorbidas por este sistema, permitiendo que la bipolaridad se mantuviera inalterada, sin afectar las dinámicas básicas de los Estados. Este equilibrio sólo podía romperse si uno de los dos bloques se debilitaba o colapsaba (como finalmente ocurrió en 1991).

Se trataba, por tanto, de un sistema relativamente simple y eficaz, que proporcionó unas décadas de paz sin precedentes en los siglos anteriores. La disuasión nuclear fue un pilar fundamental del orden, aunque no evitó los conflictos periféricos ni pudo perpetuarse en el tiempo. Con el colapso de la Unión Soviética, emergió una nueva sociedad en la que, según Del Arenal, «las dimensiones transnacional y humana han cobrado una fuerza que no tuvieron en el pasado más inmediato».

¿Le debemos todo esto a la Bomba? Sin duda. A pesar de los momentos de tensión extrema y el peligro real de una guerra nuclear, desde que los soviéticos obtuvieron la bomba atómica (1949) y ambos países desarrollaron la bomba de hidrógeno (1953), quedó claro que un conflicto nuclear sólo podría equivaler a un suicidio mutuo.

Podemos afirmar que fue el miedo a la Bomba y el respeto mutuo entre las superpotencias lo que evitó una tercera guerra mundial, como reflejan los dos primeros puntos de las reglas de Duroselle. Sin embargo, siempre existía la posibilidad de la tercera regla: un acto de locura por parte de un líder militar que decidiera iniciar una guerra por su cuenta.

En 1964, Stanley Kubrick dirigió Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb (en España se tradujo con el ridículo título de ¿Teléfono Rojo? Volamos hacia Moscú). La película planteaba una inquietante hipótesis: un general estadounidense, actuando por su cuenta, decide enviar una flota de aviones con armamento nuclear hacia la URSS. Lo que desconoce es que los soviéticos disponen de un «Dispositivo del Fin del Mundo», diseñado para activarse automáticamente en caso de un ataque atómico contra su territorio.

Todo lo que pueda decir sobre esta posibilidad ya fue expresado magistralmente en esta sensacional sátira. Por tanto, solo añadiré, sin dejar de lado la película, que el riesgo siempre existió, pero el miedo a esta posibilidad nunca fue seriamente considerado por los millones de personas que trabajaban, gozaban, se casaban, jugaban, hacían el amor, odiaban y sufrían… vivían, en definitiva.

Sus vidas, determinadas por las altas esferas del poder, confiaban en la bomba, habían aprendido a amarla y sabían que en el fondo, tal como cantaba Vera Lynn, durante los títulos de crédito finales de la película, mientras las bombas nucleares destruyen la Tierra, solo podemos decir que

We’ll meet again,
Don’t know where,
don’t know when.
But I know well meet again,
some sunny day
.  

BIBLIOGRAFIA

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