Ángeles me pidió dos pinturas de flores para el comedor; se me cayó el alma a los pies. No me gustan las flores, salvo quizá el ranúnculo de montaña, pero es una flor demasiado modesta como para pintarla.
Una de las flores que eligió fue la margarita. Su curiosa dualidad con la perla es más que conocida, por lo que no considero necesario explicarla.
La otra flor fue la amapola, que también tiene una historia interesante en relación con su nombre. Veamos:
La palabra latina papaver pasó, con ligeras variaciones, al castellano como amapola, al italiano como papavero y al inglés como poppy. Sin embargo, en varios lugares de Tarragona (por ejemplo, en Torredembarra, según me comenta mi amiga Dolors), la amapola suele llamarse quequerequec. En catalán, el nombre oficial de la flor es rosella.
Este quequerequec nos recuerda al canto del gallo, una relación que también aparece en francés, donde la amapola es llamada coquelicot (coq = gallo). En Baleares se conoce como cacarequec o cararequec, y en otras zonas de Cataluña se la llama coquerecoc (La Selva), quicaraquic (Baix Empordà) o quicaracoc (Maresme). Incluso, en algunas regiones se la llama directamente «gallo», como gallet en Mallorca o gall en el Pallars Sobirà.
Tengo una teoría sobre esta curiosa asociación entre la amapola y el gallo: Por degeneración del latín papaver y por similitud fonética, en la zona del Empordà se llamaba a la amapola pupuruput. Este término pronto se asimiló al nombre del pájaro puput y se extendió.
Sin embargo, alguien debió notar que, más que a una abubilla, la flor se parecía a un gallo: la amapola, con su color rojo intenso, destaca sobre los sembrados como la cresta de un gallo. De ahí, el paso a usar una onomatopeya del canto del gallo para nombrarla fue casi natural.

