Hace bastantes años, cuando visité Florencia, pasé un buen rato observando la famosa escultura de Miguel Ángel. Recuerdo que casi todos los visitantes —diría que todos sin excepción— comentaban lo mismo: que, para unos testículos tan grandes, tenía un pene muy pequeño.
Pocos se detenían a hablar de la majestuosidad de la estatua, de su magnífica composición, de la maravillosa mirada del héroe adolescente. En definitiva, pocos comentaban su belleza casi divina.
Quizás por eso, cuando decidí hacer dos pequeñas pinturas sobre David, me centré en lo que parecía dividir la atención de quienes lo admiraban. En una de las obras plasmé los ojos, que fueron lo que más me impresionó a mí; y en la otra, el pene, que parecía ser lo que más sorprendía al resto.
Más adelante, volví a dibujar el rostro de David, explorando de nuevo la intensidad de su mirada.


