María del Mar conoce mi debilidad hacia ella y sabe aprovecharla. Tras pintarle los dos cuadros que forman Trastevere I y II, pensé que me dejaría tranquilo una temporada. Me equivoqué. No tardó en pedirme otro cuadro, esta vez un bodegón, sin darme más detalles. Le dije que no, pero ella dijo que sí. Obedecí.

Este bodegón está compuesto por varios objetos «muertos»: una botella de vino vacía, un paquete de cigarrillos abierto, una copa que ahora sirve como portalápices, una taza vacía, una cafetera vieja y una caracola.
Cada objeto tiene su carga simbólica y una razón concreta para estar ahí. Todos, de una forma u otra, me recuerdan algún aspecto de la propietaria del cuadro. Algunos vínculos son evidentes, otros más sutiles.
Sin embargo, desvelar esos significados me colocaría en una posición desfavorable. Por eso prefiero guardar silencio y mantener el misterio.