Recuerdo que en algún momento, entre finales de los sesenta y principios de los setenta se puso de moda el patchwork, al menos así ocurrió en mi pequeño pueblo del Baix Camp, en Tarragona.
Mujeres mayores y chicas jóvenes se juntaban los jueves por la tarde para coser juntas y unir, de manera más o menos artística, trozos de telas y parches de ropa de mil y un colores. La unión de todas estas piezas conformaba un único objeto que no quería esconder su heterogéneo origen. Pues bien, cuando intento definir la hipertextualidad desde cualquiera de sus niveles (Pensamiento / Individuo / Sociedad), visualizo una monstruosa manta hecha de miles de recortes, llena de cicatrices pero coherente dentro de su aparente caos.
Hay quien afirma que el hipertexto es el método que utilizamos para percibir la vida: Nosotros (yo) somos (soy) hipertextuales. Pero, claro, hay quien afirma lo contrario. ¿Qué seríamos entonces? ¿La colcha inmensa o solo cada uno de los recortes multicolores que la conforman?
La realidad ha sido descrita, durante siglos, como si fuera un árbol frondoso de infinitas ramas: un tronco firme y resistente del que parten desviaciones, de estas salen otras, y así sucesivamente, de modo que cada derivación independiente tiene su camino y, desde que nace no vuelve a inmiscuirse en el camino de las otras ramas.

Pero, desde que la revolución tecnológica inició sus pasos, existe la tendencia a imaginar la realidad de una manera más o menos así:
La laberinticidad está donde no la vemos: en la red de raíces. El conjunto de ramas y raíces se entrecruza entre sí; cada rama no es autosuficiente ni independiente de las otras, sino que cada una interactúa con todas, y todas están confusamente interconectadas. Es el rizoma de Deleuze y Guattari que, sin subordinaciones jerárquicas ni de prioridad, hace que cada punto se conecte con cualquier otro.
No es una idea simplemente bonita, original o curiosa, pues tiene una razón de ser que no está escondida: este «laberinto rizomático» quizás es la visión que más se acerca a nuestro propio pensamiento (es decir, yo), a lo que somos como individuos (yo a través de la visión que tienes tú) y a nuestra sociedad (yo y tu). Este laberinto, al igual que el cerebro humano, ni empieza ni termina; simplemente está.
El cogito cartesiano se convierte en el cogitamus, ya que cada inteligencia individual no se fusiona con las demás para desaparecer, sino que, siguiendo el símil del patchwork, la inteligencia colectiva se convierte en un proceso de crecimiento, diferenciación y de reactivación mutua de las singularidades.

Fuente original: “Utriusqui cosmi maioris scilicit et minoris metaphysica… Tomus secundus…de supernaturali, praeternaturali et contranaturali microcosmi historia… (1619-1621)
El cerebro como herramienta de comunicación con Dios y el Universo. De la individualidad a la universalidad
Cualquier comunicación que mantenemos se explica mejor con este rizoma, ya este permite al ser humano relacionarse con un mundo cada vez más intercomunicado; un mundo con más incertidumbres, en el que cualquier acto vital o de información, se reproduce por la red de forma que, en un tiempo impensable hace solo unos años, sale de nosotros y se reparte por todo el orbe.

(si queréis saber más, mirad AQUI)
El rizoma no es más que un laberinto, un dédalo de múltiples caminos. Pero, ¿qué tipo de laberinto es?
Evidentemente, no es un laberinto univiario, ya que este solo es una imagen del árbol lineal de varias ramas que simboliza un cosmos ordenado dentro de su aparente complicación.

Eliminado el univiario, si queremos que la comparación con nuestra mente sea medianamente adecuada, el laberinto que hemos de imaginarnos es un laberinto pluriviario. Pero no sólo pluriviario (es decir, arbóreo y con muchos caminos sin salida), sino también rizomático; ya que, además de tener múltiples entradas, en el fondo es imposible perderse en él. Siempre se avanza, aunque nos equivoquemos de camino y el nuevo camino sea el inicio de un nuevo problema.


Ahora bien, hay quienes, como por ejemplo Bush («As We May Think» – 1945), consideran que la mente humana se mueve por vinculaciones de ideas y conceptos. Según esta perspectiva, la mente avanza de un elemento a otro gracias una serie de asociaciones de pensamientos.
A partir de esta idea, Bush propone la creación de un sistema de recuperación y archivo de información que funcione de manera similar a la mente humana. Para tal fin, el único sistema que parece adecuado es el hipertexto. Según Bush, la mente humana opera de forma hipertextual: el hipertexto es lo más parecido a ella; ergo, resulta el sistema más práctico para el archivo y la divulgación de información.

Si esto es así (y si Bush tiene razón, como parece tenerla), ¿cómo es posible que la historia de la literatura y los ensayos científicos occidentales han seguido una línea completamente diferente? La respuesta puede encontrarse en una de las reflexiones más pertinentes de Wittgenstein: aquella que afirma que el soporte que utilizamos para plasmar nuestro pensamiento condiciona nuestra forma de pensar. Es decir, expresando lo mismo que Bush, Wittgenstein plantea todo lo contrario: mientras Bush busca un soporte que se parezca a la mente, Wittgenstein sugiere que la mente es como es precisamente a consecuencia del soporte que utiliza.
Sea primero el huevo o la gallina, lo importante es que la llegada del hipertexto nos ofrece una liberación. Y es que la corriente principal del pensamiento parece coincidir en esto: el funcionamiento natural de la mente es la hipertextualidad.
Allá por el lejano 1978 se creó el primer trabajo hipermedia, el Aspen Movie Map, desarrollado en el MIT por un equipo que trabajó con Andrew Lipman, con financiación del Advanced Research Projects Agency, del Departamento de Defensa de los Estados Unidos.
Este trabajo representa otro eslabón de la cadena del lenguaje humano, que ha evolucionado de lo oral a lo gestual, lo musical, lo icónico y lo plástico. Si consideramos que la escritura encerró el lenguaje en un territorio semiótico acotado, incluso logocentrista, entonces podemos ver la aparición de la hipertextualidad como una fuerza que descentraliza y desterritorializa este territorio, abriendo el pensamiento hacia unos medios de expresión. Como afirma Pierre Lévy, esta transformación nos conduce hacia «…mundos virtuales, las simulaciones multimodales, los soportes de escrituras dinámicas», permitiendo medios «…más sutiles, más refinados… «.
La imagen que he descrito en los párrafos anteriores, ¿es la que mejor representa la especificidad de la mente humana, y por extensión, nuestra especificidad como pensamiento, como individuo y como sociedad? ¿Es esta laberinticidad rizomática lo que somos? ¿Nuestro cerebro es lo más parecido a un Internet biológico?
Podríamos afirmar que sí. Por tanto, la hipertextualidad es lo que más se parece a lo que somos. Nos permite abordar un reto desde diferentes perspectivas, estudiarlo, buscar diferentes salidas u opciones, encontrar atajos, volver al inicio, recuperar un camino antiguo, hallar una solución… o, no lo olvidemos, perdernos en la pluralidad de visiones.

Internet Mapping Project, es un projecte de William Cheswick y Hal Burch
Ahora bien, ¿cómo trasladar esta hipertextualidad a todas las esferas de la vida? ¿Es conveniente? Si partimos de la base que nosotros somos (soy/sois) hipertextuales y que este debe ser el nuevo paradigma de representación literaria, informativa y vital, la pregunta pertinente es: ¿Cómo pasamos de la linealidad actual de los medios de comunicación (en la literatura, en el cine o en la educación) hacia una hipertextualidad verdaderamente práctica? Sin duda, es más sencillo hacerlo en algunos casos e incluso puede ser contraproducente en otros. Eco nos recuerda que hay libros para leer y libros para consultar. Por esta razón, podemos imaginar fácilmente una enciclopedia o un trabajo académico que se base en la hipertextualidad, pero es complicado jugar al juego hipertextual con niños y jóvenes, ya que, para que funcione adecuadamente, se precisa una participación activa, y en estas edades existe una dificultad añadida de la experiencia del lector.
Volvemos a encontrarnos en otro callejón sin salida: ¿la hipertextualidad es buena o poco recomendable según a quien vaya dirigida? ¿No habíamos quedado en que nuestro cerebro es hipertextual? ¿Por qué nos resulta más cómoda la linealidad?
Nuestro cerebro está compuesto de neuronas, que se comunican mediante unos puntos de contacto que llamamos sinapsis.

Si tenemos unos 85.000 millones de neuronas y cada una puede tener hasta 1.000 conexiones, estaríamos hablando de entre 100 y 500 billones de conexiones sinápticas. Esto es un dato, pero un dato es solo eso, un número. Lo que realmente le da complejidad al cerebro es que estas sinapsis se modifican en función de la experiencia.
Muy bien, por lo tanto, ¿con esta argumentació tenemos ya la prueba que valida el símil cerebro = hipertextualidad? Considero que no es así; el cerebro es mucho más que la hipertextualidad entendida tal como es entendida hoy en día. El hipertexto fomenta una lectura inquieta, nada reflexiva, caótica, pero, por otro lado, nos ayuda a relacionar conceptos y ayuda a que el lector pase de la pasividad a la actividad, creado su propio recorrido según sus intereses en un momento determinado.
Evidentemente una máquina nos gana en muchas cosas: las máquinas recuerdan mucho mejor que los seres humanos; una máquina interconectada en otra (Internet, la Biblioteca de Babel de Borges o la primitiva Multivac asimoviana), incluso cualquier calculadora, por simple que sea, tiene más capacidad de cálculo matemático que un ser humano. Pero esto no lo es todo. El ordenador más potente que podemos llegar a construir (que no a imaginar), en palabras de Ana Calvo, «… no es ni remotamente comparable a un ser humano en cualidades como la intuición, la perspicacia y el ingenio, y mucho menos en super empatía, creatividad, capacidad de sentir y capacidad de adoptar expresiones morales, cualidades que se han desarrollado en los humanos a largo de millones de años de evolucionar».
Desengañémonos, no somos unos simples procesadores de información; somos más que un ordenador, el símil es falso. Cualquier información nueva que recibe nuestro cerebro no se procesa de manera racional, sino que se integra con lo que guardamos de experiencias pasadas e interactúa con diversas sensaciones, lo que nos permite inferir y decidir, incluso cuando nos falta información.
El ser humano tiene una inventiva inagotable y, si no conseguimos que las capacidades de nuestro cerebro se acerquen a las de las máquinas, podremos imaginar una serie de cerebros en redes imitando las redes informáticas. Incluso fantaseamos con que este conocimiento en red que tenemos actualmente en el World Wide Web se convierta, en un futuro, en una red formada por nuestras mentes interconectadas de alguna manera, algo que hoy en día sólo es posible en el mundo de la ciencia ficción (es muy interesante el experimento de la Universidad de Duke, Brain-to-Brain Interface, en el que se traslada en tiempo real una serie de información sensomotora entre el cerebro de dos ratas. Se publicó en Nature).
Por tanto, el patchwork multimodal de nuestro cerebro funciona perfectamente tanto con un texto lineal como con el hipertexto. Cada uno de ellos tiene unas ventajas y unas carencias, y cada uno de ellos es una parte de la realidad.
¿Nuestro cerebro actúa como un hipertexto? Sin duda lo hace.
¿Debemos convertido toda nuestra sociedad en hipertextual? No hay necesidad.
¿Para organizar las ideas que se mueven por nuestras mentes sólo hay un sistema: el hipertexto? Lo parece, pero no es realmente así.
¿Existe o puede llegar a existir una inteligencia colectiva que utilice la hipertextualidad como lenguaje base? La realidad es que hoy en día las estructuras sociales interconectadas están formadas por vínculos muy flojos que unen individuos y grupos sociales aislados entre ellos. No es una red, sino, según Ascher, «redes interconectadas que aseguran movilidad creciente de personas, bienes e infomación».

“Contribuição de cada individuo com suas idiossincrasias resultando na consciência coletiva.”
Ascher, para definir estas estructuras, utiliza la expresión Sociedad-Hipertexto y considera que estos grupos sociales aislados cada vez son menos diferenciables entre si, menos compactos, y hay un aumento progresivo del trasvase de individuos e información debido a las imposiciones económicas. Ascher augura que esta convergencia nos llevará hacia una especie de «multi-pertinencia social», en la que desaparecerán los vínculos familiares, gremiales, étnicos o comunitarios; la sociedad solidaria conmutativa sustituirá la mecánica rural o la orgánica industrial.
Por otra parte, Lèvy define esta inteligencia como repartida por todas partes y actualizada en tiempo real; pero no es una especie de enciclopedia galáctica como las novelas de ciencia ficción. Su objetivo no es preservar el saber, sino enriquecer las personas y, sobre todo, no rendir culto una comunidad abstracta como si fuera algo real.
Cada miembro de esta inteligencia aporta un poco de conocimiento, de manera que el conocimiento no se encuentra en los seres individuales, sino en la humanidad en su conjunto. No hay grandes secretos, cultos místicos, órdenes trascendentes, saberes escondidos ni arcanas sabidurías. El conocimiento no es otro que el que posee la gente, y por lo tanto, cualquier conocimiento es válido. Debemos olvidarnos de las notas escolares, los rankings de conocimiento, las categorizaciones de personas… porque continuar con este sistema, según palabras de Levy, es «un espantoso desperdicio de experiencia, de competencias y de riqueza humana».
Ahora bien, existe el riesgo de considerar esta descripción de lo que debe ser la sociedad hipermedia como una utopía, tan o más alocada que cualquiera de las elucubraciones que a lo largo de la historia de la humanidad han querido crear la sociedad perfecta.

Pero toda utopía tiene su lado oscuro y las distopías no están tan lejos como parece. Una sociedad hipertexto basada en una inteligencia global presupone que todo el mundo utiliza las herramientas para conectarse, evitando así una especie de tecno-ágora elitista. Tecnológicamente hablando, es relativamente sencillo que todo el mundo tenga conexión, pero, a pesar del igualitarismo de la conexión, habrá personas con más capacidades que otros. Podemos insistir en que solo hay que saber utilizar un ordenador (o el dispositivo que aún no existe que sirva para mantenernos conectados), pero el hecho de saber utilizarlo no implica saber cómo funciona, saber construirlo ni programarlo. Por lo tanto, ¿es necesario que todo el mundo sea excelente en su campo de acción o no importa la inteligencia individual, sino la global? Levy no lo dice explícitamente, pero parece reconocer que no importa el grado de cultura de cada miembro del grupo, ya que, incluso saber leer, no es imprescindible.
En fin, y para terminar, ni nuestro cerebro se desarrolla al 100% de sus capacidades con la hipertextualidad, ni nosotros nos relacionamos con los demás solo mediante canales hipermedia. El patchwork que conformamos todos nosotros no impide que cada trozo de tela sea diferente al de al lado (de hecho, DEBE SER diferente). Tenemos las ideas, pero, hoy por hoy, no tenemos las herramientas.
La ciencia ficción nos proporciona las herramientas, pero el mundo que resultará de de utilización de éstas, ¿será la Arcadia soñada o el Insog que dominará con mano de hierro (o de silicio) todas las individualidades?

Lo deseemos o no, el ciberespacio es el laberinto por el que se mueve el ser humano; salta de chip en chip, de bit en bit y avanza en cada bifurcación del camino. Tal como mencioné antes, no hay caminos sin salida en este laberinto. El problema no radica ahí, el problema es que cada bifurcación podría alejarnos más del verdadero camino.
BIBLIOGRAFIA
- Ascher, F. (2004). Los nuevos principios del urbanismo. Alianza.
- Bush, V. (1945). As we may think. The Atlantic. https://www.theatlantic.com/magazine/archive/1945/07/as-we-may-think/303881/
- Calvo Revilla, A. (2002). Lectura y escritura en el hipertexto. Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense. http://www.ucm.es/info/especulo22/numero/hipertex.html
- Campàs Montaner, J. (2005). Art, literatura i ordinador. Història d’una convergència. UOC.
- Eco, U. (2002). Prólogo a Paolo Santarcangeli. En El libro de los laberintos (pp. 9-18). Siruela.
- Eco, U. (2000, noviembre 19). La imaginación virtual. El País.
- Lévy, P. (2004). Inteligencia colectiva, por una antropología del ciberespacio. Organización Panamericana de la Salud.
- Lluch, G. (2008). De la ironia impossible a la imprescindible paròdia. En F. Carbó et al. (Eds.), El bricolatge literari. De la paròdia al pastitx en la literatura catalana contemporània (pp. 175-199). Publicacions de l’Abadia de Montserrat.
- Manes, F., & Niro, M. (2018). El cerebro del futuro. Paidós.

