Según el Diccionario de Filosofía de Ferrater Mora, el materialismo de Marx —y también el de Engels, conviene recordarlo— puede dividirse en dos grandes ámbitos: el Materialismo Histórico y el Materialismo Dialéctico. Aquello que en Hegel era el espíritu como fuerza determinante de la historia es reemplazado por una superestructura que sostiene la vida espiritual. Esta superestructura está constituida por las fuerzas económicas, y expresa la idea de que no es la conciencia la que determina el ser, sino el ser el que determina la conciencia. Por tanto, las ideas tienen un origen físico, es decir, proceden de la materia.

Las relaciones del ser humano con todo lo que le rodea son relaciones materiales, pues la relación del hombre con la naturaleza y con los demás hombres se basa en el robo, la extracción, el cultivo, la apropiación, el comercio y las necesidades materiales. El Homo sapiens se convierte de una vez por todas en Homo faber, ya que es mediante el trabajo como entra en relación con todo lo que le rodea. No existe una esencia humana, porque el hombre es un producto de sí mismo y de su relación con la naturaleza.
Ahora bien, el hecho de que no exista una esencia del hombre no impide que haya algo que conforme el concepto de humanidad, y esto, según Marx, es la historia social de los hombres.
¿Qué tenemos entonces? Homo faber, trabajo, posesión en relación con la naturaleza y con los otros hombres, más trabajo… todo ello conforma al ser humano. Sin embargo, ¿es eso todo lo que necesita para sentirse realizado? Podría parecer que sí, pero Marx afirma que no es así, ya que, a pesar de todo, el hombre es un ser alienado.

Hegel y Feuerbach también hablaron de esta alienación (Entfremdung, Entäusserung), aunque para cada uno significaba algo distinto. Para Feuerbach, la alienación consiste en la relación que el hombre mantiene consigo mismo a través de la ficción de Dios (superada mediante el conocimiento de la humanidad), mientras que para Hegel la alienación corresponde a la objetivación del Espíritu (superada a través del conocimiento de uno mismo). Para Hegel, es a través de la historia como el espíritu puede llegar al autoconocimiento.
Para Marx, en cambio, la alienación aparece porque el producto del trabajo del hombre —aquello que necesita el Homo faber para realizarse— y la organización de ese trabajo (horarios, tipo de actividad, etc.) no pertenecen al ser humano que los produce, sino que son propiedad del capitalista. Incluso la naturaleza tampoco le pertenece, ya que el obrero siempre la percibe como algo ajeno a él.
Es lícito preguntarnos si todo esto es así porque nos basamos únicamente en el binomio ser humano = obrero. Es una pregunta con muchas respuestas, dado que el propietario de los medios de producción (es decir, el capitalista) también es esclavo de estos, y la abstracción del dinero lo domina igualmente, haciendo que su vida también esté alienada.
¿Cómo se soluciona esto? De muchas maneras, pero Marx propone que el filósofo deje de interpretar el mundo y comience a transformarlo.
Una teoría verdaderamente revolucionaria, aunque, hasta cierto punto, esta revolución no tiene la intención de “conquistar el paraíso” ni de instaurar una edad dorada de felicidad, como el Jardín del Edén o la Era de Oro en la que Cronos gobernaba a los hombres. La revolución propuesta por Marx solo aspira a dar libertad al hombre para construir un mundo terrenal, ni más ni menos: un mundo sin una entidad supranatural que lo controle (sea Dios o el Capital), un mundo en el que el hombre sea simplemente hombre.

¿Hasta qué punto este discurso y estas ideas son actuales? Algunos sostienen que la opinión contemporánea sobre el Materialismo Histórico es similar a la que se tenía en la época victoriana frente al darwinismo: se lo rechaza antes de conocerlo en profundidad. Curiosamente, la comparación es oportuna, pues fue Engels quien relacionó a Darwin con Marx al pronunciar su discurso ante la tumba de su amigo:
“Así como Darwin descubrió la ley del desarrollo de la naturaleza orgánica, de la misma manera descubrió Marx la ley del desarrollo de la historia humana: el hecho tan simple, pero escondido hasta ahora bajo una proliferación de ideologías, de que los hombres tienen que comer, beber, tener un techo y vestirse antes de practicar la política, la ciencia, el arte o la religión.”
(Der Sozialdemokrat, nº 13, 22 de marzo de 1883)

¿Puede trasladarse la descripción que hace Engels del trabajo de su amigo a la sociedad actual? La verdad es que muchos movimientos contemporáneos, tanto de derechas como de izquierdas, suscribirían esas palabras. Además, si leemos críticamente el Manifiesto Comunista, encontramos descripciones que, pese a haber sido escritas hace más de 160 años, resultan proféticamente actuales: por ejemplo, la globalización, fenómeno que Marx ya anticipaba al prever que los mercados nacionales acabarían convirtiéndose en mercados mundiales. Además, Marx hablaba de la concentración de la riqueza en grandes empresas, una idea que en 1848 parecía ilusoria, pero hoy sabemos que el 1% de la población posee tanto patrimonio como el resto del mundo.
¿Solo por eso podemos afirmar la vigencia del pensamiento de Marx? Sin duda, pero también por lo que sostienen los pocos que hoy se declaran marxistas; estos afirman que el marxismo no es utópico, sino necesario.
Pero, seamos críticos: ¿lo es realmente? Supongo que sí; puede serlo por muchas razones, una de ellas es que puede canalizar el germen de rebelión inherente a la humanidad y ofrecer una salida a los males endémicos de nuestra sociedad que, según los marxistas, son el crimen, las drogas, el alcohol… todos ellos síntomas de la decadencia, el pesimismo y la desorientación del mundo actual.
Las soluciones siempre son las mismas: o nos refugiamos en el misticismo y la religión, o comprendemos los problemas del mundo para luchar contra ellos y superarlos. Para el marxista, la religión es una droga, ya que ambos conceptos representan la misma huida ante los problemas.
Baudelaire afirmaba, citando a Auguste Barbereau, que no comprendía cómo el hombre racional utilizaba medios artificiales para alcanzar la beatitud poética, cuando bastaban la voluntad y el entusiasmo. Los marxistas actuales afirman algo parecido: solo el materialismo dialéctico ofrece ideas nuevas, ideas de rebelión, de resistencia frente a las crisis sistémicas del capitalismo, la destrucción del medio ambiente, el narcotráfico, el terrorismo, la prostitución y los engaños mediáticos.

¿Es así? La dialéctica de Marx pretende explicar la esencia de la historia real de la humanidad mediante la llamada Ley de la Negación de la Negación; es decir, la contradicción que aparece en un momento histórico da origen a la lucha de clases y hace avanzar la historia. Es la necesidad la que impulsa a la humanidad a superar cada etapa histórica, y para Marx es la realidad económica la que configura esta especie de Ananke social.
Pero Ananke es una diosa voluble y peligrosa, y si hemos de creer al poeta Simónides de Ceos, diremos, como él, que “ni siquiera los dioses luchan contra Ananke”. Por tanto, la historia demuestra que allí donde se ha impuesto el marxismo, se ha generado una nueva contradicción que ha hecho que fuera superado tarde o temprano.
Siempre nos quedará la utopía.
BIBLIOGRAFIA
- Baudelaire, C. (2005). Paraísos artificiales. Edimat.
- Defez i Martín, A. (2001). Tres reaccions al hegelianisme: positivisme, marxisme i vitalisme. Universitat Oberta de Catalunya (UOC).
- Echeverría, B. (2011). El materialismo de Marx: discurso crítico y revolución. Ítaca.
- Fariza, I. (2015, enero 19). El 1% más rico tiene tanto patrimonio como todo el resto del mundo junto. El País. https://elpais.com/economia/2015/01/19/actualidad/1421689923_221680.html
- Fernández Liria, P. (2002). Regreso al campo de batalla. En L. Althusser, Para un materialismo aleatorio (pp. 9–36). Arena Libros.
- Mehring, F. (2009). Sobre el materialismo histórico y otros escritos filosóficos. Fundación Federico Engels.
- Woods, A. (2009, marzo 9). Entrevista: La vigencia plena del marxismo. Argenpress. https://www.argenpress.info/2009/03/entrevista-la-vigencia-plena-del.html