Una Piedra en el estanque

Uno de mis relatos ganó el I Concurso de relato Corto de Ciencia Ficción de ZonaEreader.

Con los relatos finalistas se publicó una obra colectiva en la que, casualmente, también yo realicé la portada.

I.

“Lo primero que aprende cualquier neófito, la primera ley, lo más básico, es que cualquier medio de transporte temporal puede viajar sin límite desde el momento de su creación hasta el futuro más lejano; y esto vale para las más antiguas cápsulas ovoidales o para los últimos modelos de corredores de materia. No creo que vayas a discutirme esto, tampoco me discutirás que ese vehículo no debe ni puede viajar a un pasado anterior al primer milisegundo de su existencia. La razón es clara: la existencia del vehículo no es más que una consecuencia de todos los hechos ocurridos hasta ese instante determinado, y nunca puede ser una causa que inicie su propia creación”. 

El hombre que estaba hablando lo hacía con un tono de voz monocorde, sin emoción, como quien repite una lección ya sabida y que, por evidente, no tendría que pronunciarse en voz alta, pues solo representa una perdida de tiempo. El hombre carraspeó un poco y siguió con su discurso: “Si la abertura temporal interfiere en esos hechos, sin duda modificará las circunstancias inmediatamente posteriores, por lo que puede imposibilitar la creación de la propia abertura, lo que nos lleva a una incongruencia, a un bucle en lo absurdo, a una paradoja… y tu sabes muy bien que la naturaleza no acepta las paradojas”.

La conversación transcurría en una habitación cerrada situada en un lugar indeterminado. Ese lugar tiene nombre, Temporalidad Nivel 3, pero poco más podemos decir de él. Sabemos que se encuentra en el llamado Vértice Exotemporal, por lo tanto está fuera de la corriente del tiempo tal como la conocemos. Podríamos usar un símil no totalmente adecuado, pero que ayuda a entenderlo; es como un pasillo que corre paralelo al transcurrir de la historia. Los que se encuentran en él viven sus vidas ajenos al devenir de nuestra realidad; tienen una serie de puertas (no físicas) por las que pueden entrar y salir a voluntad en cualquier época y allí pueden producir los cambios que creen oportunos para solucionar cualquier aspecto del futuro. Como no está influido por nuestro tiempo, ellos permanecen ajenos a los cambios, por lo que pueden observarlos y jugar a ser dioses. Ahora bien, estos “funcionarios temporales” son de carne y hueso, son hombres como nosotros y tienen sus oficinas y salas de observación en puntos determinados de la corriente temporal; en el caso que nos ocupa se encuentran en el llamado Siglo XIX de la Era Weldiana (a partir de ahora solo E.W.)

Su trabajo permanece oculto para la gran mayoría de la humanidad. Ellos se consideran unos benefactores, pero si se supiera de la existencia de sus tejemanejes, sin duda la raza humana, siempre tan ingrata, los consideraría opresores y decidiría acabar con ellos. ¿Hemos dicho que son hombres de carne y hueso? Lo son, y tan propensos como cualquier otro ser humano a la envidia, la soberbia, el ansia de poder, la mezquindad y la prepotencia.

Un hombre y una mujer están discutiendo. Ambos son TTs (pronúnciese tetés), o sea: Técnicos Temporales. Su trabajo es calcular, hasta el aspecto más ínfimo, los cambios que puede soportar un sistema al modificar en él cualquier variable. Llevan un buen rato discutiendo, y cada uno de ellos defiende sus ideas con vehemencia. No sabemos nada de ellos, ni sus orígenes, ni sus nombres reales, ni donde nacieron… No importa, ya hemos dicho que también ignoramos donde se encuentra la habitación en la que permanecen, sus aficiones, sus manías o sus temores. Los TTs, al igual que los demás técnicos y habitantes del Vértice Exotemporal, son gentes psicológicamente mutilada. Son personas que viven en un entorno atemporal. Entran y salen de la realidad y realizan su trabajo en la sombra, insisto en que están “fuera” de la corriente del tiempo tal como la conocemos nosotros, y solo ellos son conscientes de los efectos que han causado los “cambios” que realizan en lo que para muchos es el inmutable devenir lineal de los acontecimientos. 

No quiero discutir más”. Interrumpió la mujer, a la que llamaremos Ciprés, debido a su exagerada altura. “¿Empezamos?”. El hombre que había hablado hasta entonces (podemos llamarle Sauce, usando la misma analogía botánica) asintió y se sentó en una silla que estaba frente a él y ante un complejo panel de instrumentos del que sobresalía una esfera iridiscente. “Recuerda que para ganar lo tienes que hacer en 30 segundos”, advirtió a Ciprés.

Ella sonrió y comentó burlona que aun le sobrarían diez segundos. Sauce no hizo caso de la observación e insistió en que empezara. “Espera… un segundo… ¡Ahora!.”, dijo Ciprés, y pulsó un botón.

II.

Había amanecido nublada esa mañana en Perpignan. Marcel Tremplin salió de su casa sin ningún propósito concreto. Era una bonita mañana de primavera y confiaba en que transcurriera sin sobresaltos. Estaba jubilado desde hacía dos años y ya había alcanzado ese punto en el que la rutina empezaba a atosigarle, no obstante aun tenía variedad de aficiones que podían llenar su tiempo.

Esa mañana en concreto tenía la intención de ir hasta la biblioteca municipal para leer los periódicos y después acercarse hasta el local donde sus compañeros de fatigas le esperaban para la partida de domino de cada mediodía. Su mujer no lo esperaba hasta la hora de comer. Todo estaba programado, excepto un pequeño detalle sin importancia: Marcel ignoraba que ese día de mayo de 2006 iba a ser su último día en la Tierra.

Marcel siguió su camino tras saludar a un rostro levemente conocido, posó su mano en la cabeza de un niño que pasó veloz a su lado en patinete y se giró para observar una chica con una falda exageradamente corta. Caminó unos metros y se apoyó cansinamente en una farola, dispuesto a cruzar la calle tan pronto cambiara el semáforo. Estaba frente a la famosa estación de ferrocarril, el centro del mundo según los desvaríos de un artista quizás demasiado prolífico. A escasos dos metros de él había una cabina telefónica. Nunca la había mirado más de dos segundos seguidos, pero ese día veía algo distinto en ella. No sabía que era, pero levantó la mirada en tres ocasiones mientras esperaba el cambio de rojo a verde.

El semáforo cambió, e iba a cruzar cuando sonó el teléfono de la cabina. Marcel miró a izquierda y derecha: Estaba solo. El teléfono seguía sonando y el muñequito verde parpadeaba. En cuanto apareció de nuevo el muñeco rojo, Marcel estaba dentro de la cabina. No volvió a salir de ella.

La Gare de Perpiñán – Salvador Dalí (1965)

Lo que ocurrió fue demasiado rápido como para poder explicarlo convenientemente, digamos tan solo que descolgó el auricular y no tuvo tiempo ni de pronunciar un “¡Diga!”, pues en la milmillonésima fracción de segundo que siguió al instante en que el teléfono fue descolgado, Marcel se sintió rodeado de un haz de luz formado por todos los colores del espectro. A partir de ese momento un zumbido persistente le taladró los oídos y tuvo que cerrar los ojos. Notó el aire en el rostro y los abrió de nuevo para verse sobre un muro de piedra y madera. Ante él un grupo de hombres de largos cabellos vestidos con túnicas rojas. Todos empuñaban largas lanzas, espadas de doble filo, rectilíneas y escudos redondos de bronce que terminaban un poco más debajo de la cintura, dejando los muslos al descubierto. Algunos llevaban cascos adornados con cimeras y otros gorros de fieltro. La mayoría usaba unas canilleras de bronce que recubría las piernas desde la rodilla al tobillo. Todos iban descalzos.

Antes de que pudiera decir nada, una cantidad enorme de polvo llenó sus fosas nasales, empezó a carraspear y sintió de nuevo el misterioso haz de luz, rodeándole completamente.

Marcel no fue consciente de cómo las luces se apartaban de él. Solo pudo estornudar con fuerza, soltando todo el polvo acumulado. Tras ello pudo por fin abrir de nuevo los ojos. El escenario había cambiado de nuevo; ahora se encontraba en una especie de laboratorio. Oyó el sonido de una puerta que se abría a su espalda y fue a girarse, no tuvo tiempo, pues de nuevo las luces volvieron a rodearle y otra vez el zumbido persistente le obligó a cerrar los ojos.

Se sintió caer cuando le abandonaron las luces por tercera vez. Era como si volara a gran velocidad y notaba un calor inmenso creciendo dentro de él. No sintió nada, pero se desintegró en el aire con una gran explosión. Lo último que vio antes de morir fue un inmenso bosque de pinos a unos 3000 metros por debajo de él.

III.

Agosto de 480 AC; Los hombres al mando de Leonidas llevaban dos días resistiendo el empuje del ejercito persa, incapaz de superar la barrera que suponía el paso de las Termópilas. Jerjes, hijo de Darío, Rey de Reyes, deseaba vengar la humillante derrota que había sufrido su padre en Maratón hacía ya diez años.

Jerjes no se decidía a vengarse de los griegos, temía acaso otra derrota o quizás simplemente tenia miedo hacia aquellos invencibles griegos que, a pesar de su desunión aparente, sabían unirse cuando una fuerza exterior amenazaba sus fronteras. Finalmente se dejo convencer y, tras ofrecer a los dioses del mar una copa, una espada y una cratera de oro, ordenó a sus tropas cruzar por un puente de barcas construidas por los fenicios sobre el Helesponto.

300. Frank Miller (1998)

A finales de mayo había abandonado Sardes; en junio había cruzado el Helesponto; en julio ya estaba en Tesalia… ¡y ahora un puñado de espartanos tras una barricada de madera le impedía el paso!

El plan griego, ideado por Temistocles, consistía en retener a Jerjes en las cercanías de las Termópilas el mayor tiempo posible, por lo menos hasta que Euribiades hubiese derrotado a la flota persa. El lugar, un paso entre las montañas y el mar, era lo suficientemente estrecho como para que el plan funcionase.

Leonidas y sus 7000 soldados estaba resistiendo el empuje de 175.000 persas. Evidentemente los persas ignoraban el número de sus contrincantes: ellos solo veían la empalizada de madera que les cerraba el paso y suponían que había miles de griegos esperándoles al otro lado.

Jerjes pasó tres días dudando, sin atreverse a tomar una decisión. Al final optó por el ataque y sus hombres se lanzaron a la carga; Instantes después yacían muertos al chocar con la falange espartana que les estaba esperando con las lanzas en ristre. Pasó el día y por la tarde el Gran Rey ordenó que la guardia real persa, los llamados Diez Mil Inmortales, atacaran a los griegos. Inútil, cayó la noche y más cadáveres persas se acumularon ante las tropas de Esparta.

Pasados dos días, gracias a un traidor cuyo nombre no merece ser recordado, los persas han conocido un sendero que rodea el monte Kalidromos. Guerreros escogidos lo atraviesan y aparecen por sorpresa tras las empalizadas. Los griegos se dan cuenta que todo ha terminado y Leonidas ordena la retirada. En ese momento algo sucede; Un destello luminoso parece surgir de la nada y una figura humana se materializa ante sus ojos. Solo la ven durante un par de segundos, pues pronto el polvo la cubre y cuando este se disipa, ya no está.

Leónidas en las Termópilas. Jacques-louis David (1814)

Esa extraña aparición, en lo alto de la empalizada, fue vista por ambos grupos de combatientes y cada uno de ellos pensó lo mismo: Un dios había intervenido en la contienda. Los espartanos la identificaron inmediatamente con Apolo Pitio (aunque su aspecto no era el habitual en el dios, pero es bien sabido que los dioses olímpicos pueden aparecer bajo muy distintas formas). Entonces empezaron a dudar que los planes de retirada sean correctos. Existen días propicios y días nefastos. Los adivinos incdicaban que era un día señalado por la muerte, lo adecuado era retirarse, pero la aparición del dios de delfos demostraba que el Olimpo estaba de su lado y le recordaba a Leonidas que tenía que permanecer allí, luchando hasta la muerte.

Por su parte, los persas, demasiado inmersos en la espiritualizada y monoteísta doctrina de Ahura Mazda, creyeron que algún demonio se había aliado con los griegos, y el miedo hizo presa en sus corazones.

Gracias a la visión, Leonidas no tarda en cambiar de parecer: La retirada de las tropas debe realizarse, pero él se quedará a luchar. Junto a él, como un solo hombre, sus trescientos espartanos también se quedan. Los setecientos hoplitas de la ciudad de Tespias, todo el ejercito del que disponía la pequeña ciudad, también opta por quedarse a combatir. Leonidas, inflamado de ardor guerrero tras la visión, ordena atacar a los persas, mil hombres contra cien mil.

¿Qué pasó después? Los hombres de Leonidas rechazan a los persas una vez más, hasta que Jerjes (entre los muertos se contabilizaban dos hijos suyos) ordena una lluvia de flechas que llega a oscurecer el sol. Los persas han sufrido veinte mil bajas, pero han vencido. ¿Y luego? Lo que ya es conocido: El ejercito persa invade el Ática, incendia Atenas y, cuando nadie parecía poder oponérsele, en otoño del 479 a de N.E., en la llanura de Asopo. Cerca de Platea, el ejercito griego al mando de Pausanias derrotó a los persas de Mardonio. Poco después, en el cabo Micala, cerca de Samos, la flota griega derrota a la persa.

Aun pasaron diez años antes que el último soldado persa abandonara Europa, pero Grecia se había salvado, y las ciudades-estado griegas tuvieron campo libre para matarse entre ellas, tal como habían hecho siempre.

IV.

El bullicio de Praed Street llegaba apagado a la tercera planta del Hospital benéfico St. Mary, en Londres. Diríase que el laboratorio en el que trabajaba el Dr. Fleming se encontraba en un lugar distante, alejado de la ciudad y sus ruidos.

Hacía varias semanas que el doctor preparaba un trabajo para un tratado de bacteriología que le interesaba sobremanera. Había llenado varías placas con cultivos de bacterias, y aunque quizás debido al descuido que lo caracterizaba, el número de placas era excesivo. Cuando recogió y recopiló todos los datos para poder gozar de unas merecidas vacaciones, varias placas de Petri con cultivos de estafilococos, quedaron olvidados sobre su escritorio.

Una vez terminado su trabajo, el doctor echó una última mirada al laboratorio antes de apagar las luces y cerrar la puerta. Todo estaba en orden. Cerró y se alejó por el pasillo. No había ni andado tres pasos cuando oyó claramente un estornudo dentro del laboratorio. Estaba convencido que habían sido figuraciones suyas, no obstante abrió la puerta con cautela. Asomó lentamente la cabeza y acertó a ver una bola de luz que se replegaba sobre si misma. Parpadeó y se frotó los ojos; cuando volvió a mirar no había nada, había sido una alucinación.

Olvidó el asunto hasta septiembre. Al regresar a su laboratorio observó sorprendido una serie de cambios. Sobre una de las placas que había olvidado en su escritorio había crecido un moho de color verde azulado. No la tiró como habría sido lo lógico, sino que la estudió detenidamente y descubrió que aquella floritura (formada a partir de una variedad de chrysogennus notatum) impedía crecer a las bacterias, pues al entrar en contacto con el estafilococo se producía un fluido bactericida. Había sido dado el primer paso para la invención de la penicilina.

Es bastante difícil que un hongo en forma de cepillo como el penicillium pueda ser “apresado” en un laboratorio, al menos siempre se ha afirmado así en los libros de historia de la medicina. Fleming se preguntó muchas veces de donde había llegado la espora de penicilina y como había caído en la capsula de Preti. Nunca halló una solución satisfactoria, siempre dijo que no había descubierto la Penicilina, sino se la había encontrado.

V.

Las crónicas indican que el 30 de junio de1908, alrededor de las 7 de la mañana, Ilya Potapovich estaba cuidando sus renos en las inmediaciones de Vanavara, una remota aldea situada a orillas del río Tunguska. Se había agachado a recoger una herramienta cuando oyó una terrible explosión que parecía partir el cielo en dos. No tuvo tiempo de alzar la vista, pues casi inmediatamente sintió un calor abrasador y un viento proveniente del infierno que lo derribó al suelo… y con él a toda la aldea. Cuando pudo levantarse, unos minutos después, se sentía como si lo hubieran apaleado diez mil demonios. Asustado observó la destrucción que lo rodeaba; habían volado tejados, puertas y empalizadas.

Corrió hasta su casa, mientras todo se iba llenando de polvo y cenizas que caían del cielo. Su mujer estaba sentada en la puerta; medio aturdida y con la ropa como quemada por un fuego invisible. Ilya le gritó y zarandeó hasta que recobró el conocimiento, y ambos se abrazaron, temblando por haber presenciado la cólera del Ogdy, el Dios Fuego.

Dos días después, ya recuperados medianamente del susto, los hombres de Vanavara decidieron averiguar hasta donde había llegado la furia del dios. La superstición y el sentido común, les impidió acercarse al lugar en donde presumían había ocurrido todo, unos 100 kilómetros al norte de la aldea. Quisieron, no obstante, acercarse lo máximo posible. No fue mucho, pues hallaron miles de troncos de pinos y abedules arrancados de cuajo. Todos yacían en tierra, apuntando a la misma dirección: hacia el sur. Junto con los troncos hallaron un millar de renos carbonizados. Rezaron y pidieron protección a Dios. Tras ello se alejaron apresuradamente.

Los habitantes de Vanavara no lo sabían, pero la explosión, que había ocurrido a unos 3000 metros de altura en un lugar entre los ríos Cunya y Tunguska, había arrasado más de tres mil kilómetros cuadrados de taiga y abatido grandes masas boscosas. Miles de personas habían asistido minutos antes de la detonación al vuelo horizontal de un objeto luminoso que se dirigía hacia el este. Cuando el objeto se desintegró en el aire, lo hizo con una fuerza de 40 megatones (o lo que es lo mismo: 40 millones de toneladas de TNT o 10 veces la bomba de Hiroshima). Cientos de personas, antes de ser lanzadas por los aires pudieron observar una ardiente columna de fuego que se alzó en el horizonte a más de 20 kilómetros de altura. En Kanks, a 600 kilómetros del lugar de la explosión, los enseres cayeron de armarios y repisas y un temblor subterráneo sacudió la ciudad. Los sismógrafos de medio mundo detectaron la explosión y, esa noche y las siguientes, inmensas y luminosas nubes plateadas cubrieron el norte de Rusia. El fulgor nocturno era tan exagerado que se decía que en ciudades como Londres, Viena, Berlín o Copenhague, podía leerse de noche dentro de las viviendas sin iluminación artificial.

A partir de ese momento empezaron a desarrollarse las teorías más estrafalarias para comprender que pasó ese día de junio. Se ha hablado de meteoritos, naves espaciales que estallan en pleno vuelo, mini agujeros negros, pedazos de cometas… pero nadie ha hablado de un tal Marcel Tremplin, nacido en Martinica en 1947 y desaparecido una mañana de viernes en Perpignan, donde residía desde que se había casado.

VI.

“A veces añoro algo que no he vivido, y en esas ocasiones, cuando me despierto solidaria, me gustaría retroceder en la línea temporal para poder reparar los errores cometidos…” Sauce sonrió. No creía a Ciprés tan sentimental.

“No me conoces lo suficiente”. Afirmó Ciprés apartando con un movimiento del dedo índice una proyección logarítmica que resplandecía en el aire, a unos 40 centímetros de sus ojos. “¡Aquí está! ¡Ya lo he hecho! ¡19’48 segundos!”, anunció satisfecha.

Sauce aceptó a regañadientes los resultados. Reconoció que Ciprés había tardado menos de 30 segundos, pero aun tenían que comprobar si los cambios no habían causado efectos en la realidad circundante pero habían sido suficientemente amplios como para ser considerados efectos de nivel 2. 

Los términos de la apuesta estaban claros, pero Sauce aun no estaba conforme con el desarrollo de la misma. “Has hecho trampas… has actuado en épocas pretemporales… ya te advertí que la primera ley no escrita del viaje en el tiempo es que no se puede viajar a un pasado anterior a la creación de la maquina temporal pues…” Una carcajada fue la única respuesta de Ciprés; “¡Bobadas!, es tan solo una advertencia, no una ley”.

Sauce meneó la cabeza, no era una advertencia, era la principal norma no escrita de la Temporalidad: Está absolutamente prohibido tocar los tiempos anteriores al año 1 de la Era Weldiana… A veces se arrepentía de su trabajo, se comportaban como dioses sin serlo. Lo parecían, ¡eso si! eran los reyes del tiempo y podían hacer y deshacer… ¿Quién se lo podía impedir? Conocía la existencia de algo llamado ética pero no se atrevía a nombrar tal palabra. La ética no era más que una de las muchas supersticiones preweldianas. En los tiempos antiguos tenía razón de ser, en la actualidad estaba desfasada.

Antes de idearse el viaje en el tiempo, la gente tenía que agarrarse a esos conceptos vagos y llenos de lagunas, pero desde el momento en que se puso en marcha el gran plan para mejorar la humanidad, nada de ello fue necesario. Los viejos tiempos no podían cambiarse, la historia escrita en ellos era inmutable. En realidad tampoco se les hubiera ocurrido hacerlo, tenían mucho trabajo con los años que iban del año 1 de la EW hasta el más alejado futuro. Sauce meneó de nuevo la cabeza: la idiota de Ciprés había osado modificar los tiempos antiguos… ¿Cuáles serían las consecuencias?

Sabía, pues lo había leído en un grueso tomo que rescató de la Gran Biblioteca de Beijing, antes que el último cambio la convirtiera en una refinería de Helio 3, que en la antigüedad se hablaban en la tierra miles de idiomas inteligibles entre si. En uno de esos idiomas, llamado obrero o hebreo, no lo recordaba claramente, existían dos palabras muy parecidas para designar “rey” y “payaso”. Esas palabras eran Melech y Lemech. En ese idioma la inicial de Payaso, la “L” se pronunciaba Lamed, y significaba “corazón”. La inicial de Rey era la “M”, pronunciada Mem y significaba “cabeza”. O sea: Los payasos llevan el corazón delante de la cabeza y los reyes ponen la cabeza delante los designios del corazón… Ellos querían ser Reyes, y por ello habían olvidado que el corazón tiene que intervenir en sus acciones. Tampoco eran buenos payasos, pues si intentaban priorizar el corazón, hallaban que este se había ennegrecido por el poco uso que le habían dado y se había vuelto inservible. Eran una raza en decadencia, un simple soplo de aire bastaba para hacerles desaparecer, pero creían ser indestructibles. ¿Por qué nadie lo veía? Sauce y Ciprés en el fondo no eran más que dos piezas de una enorme partida de ajedrez. Eran dos engranajes dentro de la llamada Temporalidad.

Pero, ¿cómo empezó todo? Fue un simple hombre, un físico que había alcanzado el estatus de dios viviente, un ser mítico como los profetas de los antiguos tiempos, como Buda, Jesús, Mahoma, Johann Sebastián Bach o Isaac Asimov, seres cuyas vidas pertenecían en parte a la realidad y en parte a las leyendas.

Todo empezó en el año 3128 d C (el año 1 EW). Fue entonces cuando el incomparable Samuel Weld, con tan solo la energía de una planta de fisión, fue capaz de crear un campo temporal formado por taquiones, cuyos vértices estaban alejados 3 minutos y 20 segundos. Samuel Weld consiguió enviarse a si mismo una taza de café con leche que llegó 3 minutos antes de que fuera preparada. Fue el más grande físico de su época, y fue él sentó las bases de lo que ellos eran. La Temporalidad no existiría si él no hubiese ideado una forma práctica de viajar en el tiempo…

“¡¡Me prestas atención!!”, gritó Ciprés cuando se dio cuenta que Sauce seguía perdido en sus pensamientos. Sauce se frotó los ojos, “Perdona… Veamos que has hecho.”

VII.

“Siempre me ha gustado observar las eras pretemporales. Allí la historia está escrita y no puede ser modificada. Los grandes hechos o las grandes catástrofes son inmutables, y todo forma parte de un tejido temporal rígido y sin fisuras… no como nuestros tiempos, que son modificados a cada momento para corregir errores y para corregir los errores que producen esas correcciones…”

Sauce se impacientó, “Quieres dejarte de discursos e ir al grano…” Ciprés no hizo ningún caso y continuó con su cantinela: “Bien, como te decía, estoy harta de estar encerrada en el vértice exotemporal para evitar que los cambios me afecten, estoy harta de ser la que mira desde el exterior las grietas temporales que permiten ir hacia delante y hacia atrás. Nosotros, la Temporalidad, hemos convertido esos errores en un mecanismo de relojería, hemos domesticado el tiempo, pero no hacemos más que corregir los efectos de los cambios y los efectos de esas correcciones, y así hasta el infinito…”

Sauce no estaba de acuerdo. “Y como no te bastaba con tanto trabajo, ¡solo se te ocurre modificar lo que nunca había sufrido ningún cambio! ¡Las épocas pretemporales! El tejido de la realidad es débil, cualquier cambio no previsto en el pasado puede originar un cataclismo en el presente o en nuestro futuro…”

“¡Que miedo!” Se burló Ciprés. “Si quieres aviso al supervisor para que me suspenda de sueldo durante un par de meses… Seguimos aquí, ¿no?”

Sauce no quiso seguir discutiendo y le preguntó si ya tenía el resultado de los cambios. Ciprés asintió y le mostró una serie de cifras y ecuaciones que parpadeaban en el aire. Sauce tocó con el dedo algunas de ellas, y se desplegaron al instante en múltiples derivaciones que parecían formar una especie de tapiz abstracto, similar a los que se usaban para decorar los edificios públicos en los siglos XVII y XVIII de la E.W. hasta que los efectos secundarios del último cambio los eliminó como a tantas cosas bellas pero superfluas.

“¿Qué te parece?” Dijo Ciprés con un tono de orgullo en su voz. “Ha sido un cambio minúsculo. No ha afectado para nada la guerra, los mismos hombres que morirían en la retirada de las Termópilas ahora han muerto convertidos en héroes, pero todos los acontecimientos posteriores no han variado en nada…” Sauce meneó la cabeza, no le gustaba lo que veía; “Ha sido un sacrificio inútil. ¿Por qué lo has hecho?”

Ciprés no contestó, ni ella misma lo sabía muy bien, por un lado creía que un poco de romanticismo y poesía también tiene su lugar en la historia; No todo han de ser ecuaciones temporales… pero también desechaba la idea. ¿Romanticismo? ¿Poesía? Supersticiones de los tiempos antiguos.

Sauce seguía observando detenidamente las ecuaciones. “Reconozco que con una simple aparición de el individuo que has seleccionado, causas un efecto de nivel 2, pero has cambiado la historia de la Antigua Grecia… y la apuesta no contemplaba cambios. ¡Y menos en los tiempos pretemporales!”

Ciprés no estaba de acuerdo, creía que las reticencias de Sauce eran muy propias de su mentalidad, pues conocía los rumores que afirmaban que había nacido en la segunda mitad del siglo XXXII de la Era Weldiana, un siglo muy influido por una rigidez en las instituciones que impedían a la gente expresarse con libertad. Como todos los TTs, Sauce entró en la Temporalidad muy joven, con apenas 5 años, pero los prejuicios son los prejuicios, y a Ciprés no le gustaba ese siglo… “¡No busques más excusas! Afirmo que los efectos son mínimos y se habrían producido exactamente igual un par de meses después. Leonidas no había sido un héroe, pero los persas habrían pasado igual y habrían sido derrotados en Salamina, tal como sucede en la realidad actual. Un mínimo desorden absorbido por el sistema”.

“De acuerdo, ¿Y Fleming?”

VIII.

“¿Fleming? ¿Que pasa con él?”

“¡¿Qué que pasa?!”, dijo Sauce, “¡¿Fleming descubriendo la penicilina?! ¡¿En 1928?! ¿Cómo se te ha ocurrido?”. Sauce estaba nervioso, demasiados cambios. No le gustaban las modificaciones propuestas por Ciprés. “¿Por qué no? ¡Total solo he adelantado unos años un descubrimiento que ocurrió en 1943!”. Mientras Ciprés seguía hablando mordió una cápsula de Diotalamina que sacó de un tubo que llevaba en el bolsillo. “El descubrimiento de la penicilina fue el logro más importante de la medicina del siglo XX dC. Lo importante es el descubrimiento, no quien lo ha hecho. Es una pequeña broma por mi parte hurtarle el descubrimiento a Florey para dárselo a este tal Fleming del que nadie ha oído hablar. Si te molestas a calcular las derivaciones de mi modificación temporal, observarás que el tal Fleming solo realizó cultivos del hongo y no conseguiría avanzar más. En 1939 aparece Howard Florey y consigue aislar y purificar la penicilina”. “Ok”, dijo Sauce, “pero al menos se lo hubieses dado a otro investigador con más posibilidades… no se, a Waksman por ejemplo… la podría haber descubierto antes que la estreptomicina”, añadió.

Ciprés no dijo nada y se quedó observando como Sauce pasaba los siguientes minutos perdiéndose en un mar de cálculos, desarrolló varias ecuaciones y calculó tres posibles derivaciones. Al final seguía tan molesto como al principio. “De acuerdo, aparece de nuevo Florey y gracias a él la penicilina tiene un uso práctico, pero este adelanto de 15 años ha originado una desviación de nivel 4. Antes de tus modificaciones era Florey descubría la penicilina, y Chain quien la aislaba…”

Ciprés se divertía con todas las quejas de Sauce, en el fondo tanto le daba quien era el descubridor. Su cambio temporal no había producido la desaparición de nada ni ha creado nada nuevo, estaba convencida que la desviación se corregiría por si sola en una par de cientos de años. “Si compruebas el año 2150 dC no observarás ningún efecto”

Sauce se recostó en la silla, tenía que pensar. Hacía ya tiempo, en los albores del viaje temporal, se había descubierto que el tejido de la realidad es débil, cualquier cambio no previsto en un punto determinado puede originar un cataclismo en un punto posterior. Volvió a mirar a Ciprés, tenía los ojos cerrados y estaba recibiendo los efectos de la Diotalamina, tardaría un par de minutos en reaccionar. Se acercó a las ecuaciones temporales que brillaban en el aire y volvió a calcular las derivaciones.

Dos cambios no controlados sobre el sistema concreto de los años en los que se había movido Ciprés representaban una probabilidad de 1/190 de efectos posteriores no deseados. Pero estaba el tema de la explosión en Siberia. Cuando la introdujo en el sistema la probabilidad aumentó a 1/10000. Sauce calculó las derivaciones de la onda temporal según las ecuaciones de Sbanisky y dedujo que en ⁿ años la probabilidad crece hasta 1/10ⁿ. Cada vez más alarmado, Sauce introdujo la fecha exacta de los cambios, dando especial énfasis en que habían sido producidos con anterioridad al Día de la Reforma de Weld (7 de abril del 3128 d C), entonces dedujo que:

10ⁿ [m ∫ Cⁿ ≡ (10ⁿ)!(n-m)! √n!]

Donde la probabilidad que era de 1/10ⁿ se convertía en 1/(10000)ⁿ.

Sauce observo con inquietud creciente como la entropía del sistema alcanzaba un punto crítico, creando una asimetría temporal que crecía en relación a ellos. Se llevó las manos a la cabeza, miró a Ciprés y vio que se había “despertado”.

“¡Que! ¿Sigues con tus cálculos?”, le dijo burlona. “Si, pero tengo una duda, ¿por qué usaste una cronocápsula tan pequeña?”, le preguntó.

Ciprés se sorprendió, su especialidad era la construcción y diseño de cronocápsulas, el técnico era ella, Sauce era el matemático. Le extrañó que se interesase por un campo que no era el suyo. “Era la única manera de hacer dos paradas tan rápidas en un espacio de tiempo tan corto”, le contestó. “¿Y por qué la explosión?”, siguió preguntándole Sauce.

Ciprés estaba molesta, ¿a que venía este interrogatorio?. Tomó aire y siguió hablando en un tono parecido al que se usa para hablarles a los niños pequeños. “El hecho de ser tan pequeña también le proporciona desventajas. No he podido evitar que se acumule energía en el individuo. Solo hay una manera de deshacerme de ella: haciendo estallar la cápsula. Evidentemente no podía lanzarla hacia un pasado donde no hubiera testigos (por ejemplo a la era precámbrica), pues la energía se habría acumulado mucho más durante el viaje y la explosión habría sido catastrófica… En 1908, en Siberia, ha habido testigos, lo reconozco, pero estamos hablando de los tiempos primitivos, ¡entonces eran como animales! Nadie sospechará nada”.

Time Travellers I – Nicoletta Tomas Caravia

Sauce no respondió, se guardó para sí las derivaciones que habían empezado solo unos años después, en 1921, cuando un tal Leonidas A. Kulik (parecía una broma temporal, pues este nuevo personaje que aparecía en la marea de la historia era tocayo del héroe espartano), científico del Museo Mineralógico de San Petersburgo recibe como obsequio un antiguo calendario. El hecho no revestía más importancia antes de la modificación efectuada por Ciprés: Leonidas lo leía y lo guardaba en un cajón. Pero tras la modificación temporal, el calendario había variado ligeramente; En una de sus hojas se reproducía un artículo de un periódico siberiano que hablaba de una extraña explosión en 1908. Suponiendo que se trataba de un meteorito, Leonidas Kulik investigó y consiguió que la Academia de Ciencias patrocinara una expedición para encontrar restos del meteorito. En 1927 legó al lugar exacto de la explosión y al instante supo que no había sido un meteorito. Sus artículos y teorías empezaron a extenderse como una mancha de aceite, como las ondas formadas por una piedra en un estanque y la desviación de la realidad creció progresivamente. Finalmente todo quedaba reflejado en las ecuaciones que brillaban en el aire.

Ciprés las observaba atentamente. Sabía que incluso para un no-matemático como ella, resultaba claro que la ecuación mostraba una simulación de un teórico cambio de nivel A.

Sauce negó con la cabeza. “No es un cambio teórico, es el cambio que has producido”. Ciprés noto que gruesas gotas de sudor resbalaban por su frente. “Absurdo”, dijo, “es un nivel A. Nunca nadie ha hecho un cambio de ese nivel…»

Sauce eligió las palabras con cautela. “Hasta ahora nadie lo había hecho. Tu lo has hecho, y ha sido en una época anterior al Día de la Reforma. Puede haber afectado al propio Samuel Weld”.

“¿Seguimos aquí? ¿no?”. Ciprés notaba como se le agarrotaban los músculos de puro nerviosismo”. Sauce siguió hablando: “No hemos salido de la habitación en todo el rato, y que yo sepa no hemos sido molestados por nadie de fuera. ¿No te extraña que los supervisores de programación permitan que dos técnicos de base se encierren en una habitación restringida y no noten el aumento de energía…? ¿Has probado a comunicarte con el exterior?”. Ciprés negó.

“Yo si.”. Ciprés le miró interrogativa. “Nadie me ha respondido”.

Ciprés se paseó por la habitación, su nerviosismo iba en aumento. “Ridículo. Un fallo en la comunicación, suele pasar…”

Como respuesta Sauce le mostró el resultado de la aplicación de la formula Botztein-Romero de la resistencia del sistema una vez ha sido sometido a un cambio temporal. Lo había aplicado a la habitación en la que estaban. Ciprés observó con estupefacción la formula que resplandecía en el aire.

Sα= A∕10 x (8π/G2)2π(kG/nc)

“¿La entropía por unidad es 10³³?”. Ciprés notó que se le desencajaba la mandíbula. Sauce se recostó en su sillón; “Exacto, lo que origina una entropía por barión de 10¹¹¹, el equivalente a un agujero negro en el sistema… Si aquí tomamos la tercera ley de Weld de la conservación del flujo temporal y la aplicamos a la curvatura hipotética del cronopaisaje que has producido, solo encuentro un resultado…”

“Estamos en una singularidad”. Sauce asintió lentamente. “¿Todo ha desaparecido?” Dijo Ciprés con un hilo de voz.

Pasaron unos segundos que parecieron una eternidad. “Si. No existe la Cronorreforma, el campo temporal no ha sido descubierto, Weld se dedicó a cultivar ajos toda su vida y no descubrió nada de provecho… No se como, pero la humanidad ha tomado un nuevo rumbo y ha concentrado sus esfuerzos en otro campo del saber”.

Ciprés seguía buscando salidas. “Pero nosotros seguimos aquí, aun podemos salir y con nuestros conocimientos crear de nuevo los viajes en el tiempo y reparar lo que hemos hecho…” “¿Tú crees?” Sauce sentía como si se hubiese liberado de un gran peso. “¿Qué pasa cuando reinicias un sistema?”

“Se cargan los datos no almacenados”.

“Exacto, y aparece la nueva configuración. Prueba de abrir la puerta”.

Silencio.

”¿Y bien?” Insistió Sauce.

“No me atrevo”. 

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