¿Nos inventamos nuestra realidad?

¿El ser humano es resultado de una narración? ¿Nuestro pensamiento y nuestra cultura no existirían si no tuviésemos la capacidad de narrar?   

Para Jerome Bruner la humanidad cruzó el punto de no retorno cuando la cultura adquirió más importancia que la biología. Somos humanos gracias a la cultura humana y ésta no es un atributo individual per se, sino una realidad cuando interactuamos con otra gente, cuando compartimos con ellos infinidad de formas culturales. Esto es lo que nos unifica y nos hace humanos, y cuando la selección natural sea sustituida por la selección cultural se habrá completado el proceso de humanización.  

A mediados de los cincuenta se inició la llamada revolución cognitiva; autores como Skinner, Chomsky o Neisser quisieron unir la psicología con otras ciencias humanísticas como la sociología, la antropología, la lingüística, la neurociencia y la inteligencia artificial. Fue entonces cuando, inconscientemente (o no), se usó una metáfora para referirse a la mente humana: la computación. 

 

El hecho de identificar la mente humana con la inteligencia artificial de ordenadores y computadoras y la preponderancia de los datos frente el significante, hizo que se dejaran de lado los objetivos originales de los que iniciaron esta “revolución». A partir de ese momento, el dataismo, entendido como la reducción del mundo a un incesable flujo de datos, se convierte en la nueva religión, el nuevo humanismo que quiere imponerse asimilando la mente humana a un ordenador.

Bruner dudaba de que la mente humana y los procesos informáticos actuaran de la misma manera, a pesar de todo, hoy en día la creencia de que los organismos vivos somos algoritmos o sistemas de procesamiento de datos más o menos complejos se está imponiendo y Silicon Valley parece que quiere devenir la nueva Roma (spoiler: No lo hará).  

No obstante el ser humano sigue siendo el que es gracias a la cultura humana, y por ello el problema al estudiar a los individuos, en palabras de Bruner, es que se debe contar con lo que hacen estos, lo que dicen que hacen y la razón por la que hacen lo que hacen.

La cultura es algo tan intrínseco a la naturaleza humana que estudiarla a ella es estudiar el ser humano, y no somos biología revestida de cultura, sino cultura a pesar de las restricciones biológicas; esto nos lleva a una especie de paradoja, ya que la culminación de la psicología cultural es la consideración de la cultura de forma tanto inherente a la humanidad de manera que, cuando decimos psicología cultural, en el fondo sólo utilizamos un eufemismo para decir psicología y basta.  

Esta interacción tan intima entre cultura y psicología humana nos enseña una evidencia: para acceder a los significados precisamos la narración; lo que nos lleva a afirmar que los recursos narrativos de una comunidad son las herramientas para llegar a esos mismos significados.   

No existe una biología del significado, ya que el ser humano no posee un sistema innato para representar el lenguaje mediante significados; la causa siempre es cultural. Pero, ¿cómo accedemos a este significado? No es de forma innata; hay evidentemente una parte biológica, ya que los seres humanos están capacitados para actuar con el medio a través del lenguaje; pero la razón principal es cultural, ya que allí se encuentran los sistemas simbólicos con que se construyen los significados de las cosas.   

Hay un momento en que las dos partes se entrecruzan, es cuando el individuo adquiere el lenguaje, lo que le permite participar de la cultura y adquirir más significados. Chomsky afirmó que el lenguaje se adquiere utilizándolo. No aprendemos solo escuchando, el lenguaje se aprende usándolo para hacer cosas con él. El niño, antes de dominar el lenguaje, ya tiene establecidas una serie de intenciones comunicativas de forma muy clara. El ser humano tiene predisposición por el lenguaje pero es la «captación del contexto» lo que da inicio al lenguaje humano.

Venimos al mundo equipados con una serie de predisposiciones para construir una realidad social determinada e interactuar con ella y por eso la adquisición del lenguaje es más rápida cuando el niño antes de obtenerlo ha interactuado con todo aquello que pasa a su alrededor, de modo que obtenga una comprensión prelingüística de aquello que le rodea. 

Autores como Bruner opinan que esta interacción que usa el ser humano para comunicarse, tiene una base que la sustenta, y esta base es la narración, incluso antes de que el individuo obtenga la expresión lingüística. El ser humano aprende a hablar porque quiere construir narraciones y los niños entienden más fácilmente una proposición lógica si ésta está integrada en una historia.   

Hace setenta mil años comenzó la primera revolución cognitiva, cuando el Homo sapiens aprendió a hablar, pero no habló sobre lo que tenía ante sí, sino que empezó a contar cosas que sólo existían en su imaginación. Fue entonces cuando comenzó a tejerse una red de narraciones, ficticias pero reales a la vez: mitos, historias, religiones, dioses… todo servía para cohesionar la especie y por eso las narraciones cada vez incluían entidades sobrenaturales más fuertes y poderosas a quienes se les ofrecían cosechas. Eran entidades que dominaban el país, que otorgaban el poder a los reyes, que protegían las ciudades. Enki, Zeus, Yaveh, Odin, Júpiter, Ra, Visnú, Quetzalcóatl… todos ellos son entidades suprahumanas que sólo existen en la mente de quien los ha imaginado, pero son reales gracias a las narraciones.

 

Nuestro cerebro está compuesto de dos hemisferios conectados entre sí por cable neural. Aparte de controlar partes diferentes del cuerpo, cada uno de ellos está especializado en acciones diferentes: el hemisferio izquierdo controla el habla y los razonamientos lógicos y el derecho la información espacial.

A mitad del XX se trató a pacientes de epilepsia cortándoles el cable neural para evitar que los trastornos que sufrían pasaran de un hemisferio al otro. A partir de dicha intervención, esos pacientes se convirtieron en dos personas totalmente diferentes: una de ellas se veía obligada a inventar narraciones para explicar lo que sentía el otro, ya que al no estar conectadas las dos partes del cerebro obtenía unas sensaciones que no podía entender.

Podríamos decir que no somos unicamente un individuo (individere) sino un bidividuo (bidividere); tenemos el yo-experimentador y el yo-narrador, y sólo gracias al cable neural estas dos personas que habitan nuestra mente están entrelazadas. La sensación de hambre durante el Ramadán es diferente que la sensación de hambre por no tener comida; la diferencia está en que el yo-narrador inventa una historia que justifica el porqué del ayuno, y el yo-experimentador se la cree.  

¿Y nosotros? ¿quien somos de los dos? La mayoría de la gente se identifica con el yo-narrador, cuando decimos «yo». Entonces pensamos en el relato que nos hemos creado a partir de las experiencias que hemos vivido. Lo más seguro que incluya mentiras, exageraciones o obviemos algunos hechos esenciales, igual se contradice con el mismo relato de seis meses antes, pero es nuestro relato.

Eco explicó que la semiótica se ocupa de los signos y estos son los que sustituyen cualquier otra cosa, es decir «esa otra cualquier otra cosa no debe necesariamente existir ni debe subsistir de hecho en el momento en que el signo la represente. En ese sentido, la semiótica es, en principio, la disciplina que estudia todo lo que pueda usarse para mentir”. 

La cultura es mentirosa, ya que nos mentimos a nosotros mismos inventando dioses que nos consuelan de la muerte, excusas para poder aguantar periodos de depresión, amores para sentirnos eufóricos… todo son narraciones. La vida mental tiene un origen sociocultural; las vivencias propias junto con las de la sociedad a la que se pertenece construyen la mente.

Vigotsky afirmó que la conciencia humana no es un simple proceso cognitivo, sino que éste se han de añadir las emociones, impulsos y deseos humanos. dejó un trabajo inacabado sobre lo que él llamaba psicología de las edades; Vigotsky estudiaba las vivencias humanas de manera que estas constituían la base de la conciencia (la cultura moldea y es moldeada por las vivencias).   

La mente experimentadora, interpretadora de la realidad a partir de las vivencias propias es la mente humana que da sentido a lo que llamamos ser humano, aunue no sea más que una narración con final feliz.    

BIBLIOGRAFIA

  • ARCILA Mendoza, P.A.; MENDOZA Ramos, Y.L.; JARAMILLO, J.M.; CAÑON Ortiz, Ó.E.; (2010). “Comprensión del significado desde Vygotsky, Bruner y Gergen». Diversitas: Perspectivas en Psicología, p. 37-4.
  • BRUNER, Jerome (2006) Actos de Significado. Más allá de la revolución cognitiva. Alianza Editorial
  • CARBONELL, Eudald (2015). Ens farem humans? Cossetània
  • CONNER Snibbe, Alana. (2003). “Cultural Psychology: Study more than the Exotic Other”. A: Observer. Vol. 16 núm.12
  • ECO, Umberto (2000). Tratado de semiótica general. p. 22. Lumen
  • ESTEBAN Guitart, Moisés (2008). “Hacia una psicología cultural. Origen, desarrollo y perspectivas” A: Fundamentos en humanidades. Any IX, núm. II, p. 7-23
  • GAZZANIGA, Michael S. (2012). ¿Quién manda aquí? El libre albedrío y la ciencia del cerebro. Paidós
  • HARARI, Yuval Noah (2016). Homo Deus. Penguin Random House
  • KOTTAK, Conrad Phillip (2011). AntropologíaCultural: Espejo para la humanidad. McGraw-Hill
  • MILLER, George A. (2003). “La revolución cognitiva: una perspectiva histórica”. A: Cognitive Sciences Vol.7, No.3
  • PIZZINATO, Adolfo (2010). “Psicologia cultural. Contribuciones teóricas y fundamentos epistemológicos de las aportaciones de Vygotsky hacia la discusión lingüística de Bakhtin”. A: Universitas Psychologia.vol. 9 núm. 1 p.255-261

Deja un comentario