MEDICINA TRADICIONAL AFRICANA ¿SIMPLE REMEDIO MAGUFO?

No es raro encontrar artículos, ponencias o ensayos que se esfuerzan en sobrevalorar la llamada medicina tradicional africana (quien dice africana puede decir nativo-americana, polinésica, inuit, yanomami o Klingon).

Estos artículos parten de una premisa preocupante: el 80% de la población africana sólo tiene acceso a la medicina tradicional (datos de la OMS), pero este hecho no es óbice para que se considere la “medicina occidental” como prioritaria frente a los remedios naturales o simplemente mágicos. Evidentemente hay que abogar en la investigación, validación y comercialización de estos medicamentos tradicionales basados ​​en extractos de plantas, pero también hay que insistir en la eficacia de medicamentos contrastados frente a otros que solo proporciona un efecto placebo.  

 

Como ejemplo de lo anterior voy a analizar el artículo del Dr. Bartomeu Adrover, “Medicina Tradicional Africana: algunas razones para respetarla”, que podríamos resumir en una frase de la doctora Yvette Parès, citada en el artículo: «el verdadero problema es que los europeos no pueden aceptar que una obra africana pueda funcionar normalmente sin la tutela de un occidental o de un occidentalizado”. Evidentemente hay una serie de juicios de valor en el artículo que pueden ser refutados, pero si hay algo que chirría especialmente es la existencia de una presunta superioridad occidental respecto a otras culturas; en realidad ya ha quedado suficientemente establecido que esta presunta «superioridad» también se da en las otras culturas en relación a sus vecinos o al llamado «mundo occidental». Por otra parte, cuando el Dr. Adrover hace suyas las palabras de la doctora Parès y justifica su artículo afirmando que la mentalidad europea no permite que pueda funcionar algo que no ha sido ideado, probado, inventado o comercializado por ellos, en realidad está continuando con un estereotipo que afirma que el mundo africano no está preparado para aceptar la medicina occidental, y por eso hay que dejarles con su propia medicina tradicional.

Si este argumento fuera cierto, ¿no estaríamos considerando a los africanos como una especie de disminuidos culturales que no están preparados para aceptar algo que se ha demostrado que funciona científicamente? El hecho de que las grandes farmacéuticas no crean conveniente invertir en la distribución de medicamentos en los países del Sur Global, obliga a estos a depender de la medicina tradicional, pero esto no supone una «incapacidad» por parte de los pobladores de estos países, simplemente es una estrategia socioeconómica.

El artículo intenta justificar el uso de la medicina tradicional, pero en el fondo está perpetuando el paternalismo y la consideración de los habitantes del Sur Global como unos «incapacitados culturales» que no están preparados para la ciencia actual, y esto, ciertamente es falso. Quizás exagero al afirmar que la promoción de medicinas tradicionales como única herramienta en los países del Sur Global es una postura tanto o más paternalista y/o colonizadora que la negativa a distribuir medicamentos científicos, sea por cuestiones económicas o logísticas; quizás lo hago, pero es la sensación que obtengo al leer el artículo del Dr. Adrover.

En él las justificaciones se plantean siempre desde el punto de vista occidental, al tiempo que lo critica. Incluso se afirma que el etnocentrismo europeo «tiende a infravalorar al resto de culturas«; ¡claro que sí! No es un tema nuevo ¡Todos los pueblos son etnocéntricos! ¡Todos piensan que su manera de actuar es la única correcta y las razones que aportan son las mismas que aportamos nosotros…!

Geertz ya explicó que, en Java, la gente afirmaba que ser humano y javanés era lo mismo; por lo que un niño pequeño, un loco o un extranjero son unos adurung djawaaún no javanés«). Los adultos sanos, responsables, perfectamente integrados en la sociedad son sampundjawa («ya Javanés«, es decir, ya humano), y evidentemente para los javaneses no todos los modos de ser humano son igualmente admirables, ya que muchos de ellos, por ejemplo los chinos, son profundamente despreciados.

Por otra parte, Tunrbull también nos recuerda que los pigmeos de la tribu Mbuti se referían a las tribus vecinas como «animales» y, evidentemente, estos no podían ser considerados verdaderas personas, como tampoco lo eran considerandos ellos desde el punto de vista de sus vecinos.

La realidad es que casi siempre que dos sistemas culturales entran en contacto se produce un aumento de las semejanzas entre ellos; eso se llama aculturación. Se trata de un proceso complejo en que la cultura donante no aporta todos sus elementos culturales y el sistema de valores de la cultura receptora modifica la mayoría de estos elementos aportados. Es habitual la asimilación del grupo más débil por el más fuerte (la fusión cultural en igualdad de condiciones es mucho más rara). La aculturación es el miedo que siente cualquier cultura cuando se ve invadida por otra, el etnocentrismo es la defensa contra este miedo. Y una de las formas que adopta este etnocentrismo defensivo es el afrocentrismo, que presuntamente nació para equilibrar los agravios provocados por el llamado eurocentrismo.

El afrocentrismo habitualmente es considerado un movimiento pseudohistórico y racista, y se basa en un dato eminentemente falso: que la civilización occidental ha ocultado conscientemente la influencia de África y Egipto en la Grecia clásica.

Los afrocentristas afirman que la filosofía se originó África y los primeros filósofos eran africanos; las innovaciones en ciencia y tecnología se iniciaron en África y los pueblos del oriente Medio y los europeos simplemente les robaron; el Antiguo Egipto fue una civilización negra africana y era más cercana histórica, cultural y genéticamente a los negros subsaharianos que a otros grupos… Además los afrocentristas consideran a los africanos como un solo grupo y consideran que este grupo ha contribuido más a la historia de la cultura mundial que la civilización europea (postulan un origen nilótico de la civilización occidental).

Pero, dejando de lado el debate euro / afro / centrismo, y centrándonos en el artículo en sí, veremos que el Dr. Adrover define medicina tradicional y medicina científica y afirma que la primera corresponde a los «conocimientos y prácticas útiles para preservar y mejor la salud, que nacen de la cultura propia de una determinada sociedad», pero a continuación amplía esta definición afirmando que en África la base de esta medicina es el conocimiento empírico de las propiedades curativas de las plantas, y añade que estos conocimientos también son la base de nuestra medicina. Esto es una obviedad, pero tal y como está planteado parece que afirme que el conocimiento de las propiedades de las plantas es un legado de los pueblos africanos y después (y sólo después) de las otras culturas.  

El sentido común nos dice que medicina tradicional ligada plantas aparece en cualquier territorio habitado por humanos, aunque hay que reconocer que hoy en día la medicina tradicional africana es una medicina mucho más holística que la europea y, por la misma razón, tiene un factor psicológico similar al que el mundo occidental tiene, por ejemplo, la homeopatía; aunque hay que distinguir claramente la eficacia empírica de una planta de la simbólica. No es lo mismo buscar en ella un acto terapéutico que está convencido de una «botánica oculta».  

Cualquier cultura tiene un conocimiento de las plantas de su entorno, la etnobotánica europea ya aparece en 77 d.C. el libro De Materia Medica de Dioscórides y, a lo largo de los siglos, siempre ha estado presente de una manera u otra en nuestra sociedad.  Pero una cosa es preservar esta sabiduría y otra muy distinta es pretender que sustituya a la medicina científica. Aun es reciente (junio 2015) el caso del niño de Girona muerto por difteria porque sus padres decidieron no vacunarlo. La medicina científica funciona y, reconozcámolo, muchos de los procedimientos alternativos sólo se basan en la sugestión del paciente. Las mismas personas que proponen utilizar en África medicamentos basados ​​en procedimientos tradicionales, no propondrían lo mismo en cualquier país europeo.  

A continuación haré un pequeño experimento: sabemos que muchos estudios etnobotánicos nos hablan de la cebolla como elemento casi omnipresente entre los remedios medicinales. Si trasladamos a la actualidad los remedios tradicionales que utilizan la cebolla a la Europa del siglo XXI, curaríamos la apoplejía ingiriendo en ayunas tres cucharadas de agua en la que se ha hervido una cebolla blanca; el dolor de cabeza con inhalaciones de cebolla; la hidropesía con jugo de cebolla mezclado con hinojo; las heridas con cebolla cocida en grasa y hollín; la fiebre con un parche en la barriga hecho con cebolla blanca sofrita en aguardiente; las retenciones de orina con una pasta, aplicada en el ombligo, formada por cebolla, jamón picado, y grasa de cerdo filtrado en agua de azahar… Evidentemente, mirados bajo cualquier punto de vista, estos remedios nos parecen ridículos o incluso peligrosos. El hecho sea complicado el acceso a los medicamentos «científicos» para la mayor parte de la población africana no implica que la solución sea promocionar la medicina tradicional en lugar de luchar para que este acceso aumente mediante tratados de los gobiernos con farmacéuticas u organismos interestatales.  

Entre estas dos imágenes queda claro donde preferiríamos estar en caso de padecer una enfermedad grave.

 

El hecho de confiar en la medicina tradicional como remedio substitutivo incide, como he dicho antes, en un supuesto mediante el cual se considera que los africanos tienen una «incapacidad» para aceptar la medicina científica. Este pensamiento es más habitual de lo que parece en muchos círculos para-científicos. Basta observar a muchos «estudiosos» del mundo paranormal o adeptos a teorías extraterrestres que, debido a la ausencia de método en sus investigaciones, evitan cualquier herramienta que ayude al estudio objetivo y no tienen la mínima capacidad para analizar los fenómenos desde diferentes puntos de vista.

Estos «estudiosos» se sorprenden ante las construcciones de civilizaciones que no son la suya y observan templos pertenecientes a civilizaciones precolombinas o estatuas de la Polinesia y ven en ellas la prueba de civilizaciones extraterrestres. Pero esto no ocurre cuando observan el Coliseo de Roma o una estatua griega. La razón sólo es una: la superioridad racial e intelectual que creen tener frente a estas culturas hace que crean que son (y han sido) tan primitivos que no pueden construir nada si no es con la ayuda de una tecnología de otro planeta. Si la cultura estudiada es europea lo han construido por sus propios medios, si es africana, asiática o americana, entonces han sido los extraterrestres. Este racismo subyacente les hace afirmar que los «salvajes ignorantes» no podrían haber sido responsables de las estructuras en ruinas que se encuentran en sus tierras.    

Puerta del Sol – alrededor del 700 dC
Laocoonte y sus hijos – siglo I dC

 

Si esta forma de actuar la trasladamos a la medicina tradicional, no podemos aceptar, como he dicho antes, que se justifique el uso de esta medicina debido a que es más «fácil» de aceptar por los habitantes de países del Sur Global, ya que estos son unos «incapacidades intelectuales» que deben utilizar lo que pueden entender. Además no podemos elevarlo a un nivel que no tiene; hay que estudiar, conocer, aprovecharla, incluso promocionarla, colocarla en su justa medida… pero no convertirla en el remedio sustitutivo de otros medicamentos mucho más eficaces.  

Las sociedades humanas eligen siempre una serie de combinaciones de un repertorio de ideas que les son accesibles. El etnólogo intenta describir las configuraciones superficiales, quiere reconstruir las más internas y desea crear un sistema analítico que lo resuma todo. Pero la antropología no es química o matemáticas, es el estudio del pensamiento. El folclorismo se debe estudiar pero no se debe llevar al nivel de ciencia o filosofía. Siguiendo con pensadores africanos, citaré al filósofo ghanés Kwasi Wiredu, quien se quejaba de eso mismo cuando afirma que los antropólogos han centrado su estudio en las cosmovisiones populares africanas y las han considerado una especie de filosofía, y afirma que «en otros lugares del mundo, mejor situados, si queremos conocer la filosofía de un pueblo determinado, no nos dirigimos a campesinos, ancianos o sacerdotes fetichistas, sino que acudiremos a pensadores concretos«.

Quizás el problema está ahí, que nos más cómodo seguir observando algunos pueblos como si fueran «primitivos» y no los dejamos abandonar el estatus de niños para permitirles ser adultos.  

BIBLIOGRAFIA

  • Adrover, Bartomeu. (2012). Medicina tradicional africana: algunas razones para respetarla. http://blogs.elpais.com/africa-no-es-un-pais/2012/08/medicina-tradicional-africana.html
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