¿Cómo elegimos pareja?

Habitualmente a los adivinos se les consulta sobre tres cosas y habitualmente la tercera es el amor, y casualmente es esta la que preocupa más a los desdichados humanos, hoy en día y en el mundo antiguo.

En el rincón más oscuro del templo de Apolo en Delfos residía la pitia; encaramada sobre un trípode, escuchaba consultas y procuraba dar respuestas adecuadas. Ya entonces, al igual que ahora, la gente repetía las mismas preguntas, y una de ellas era saber si encontrarían la pareja adecuada. El problema es que las parejas no se eligen; como mucho se seleccionan. 

El titulo del articulo es «¿cómo elegimos pareja?», pero en realidad debería ser «¿cómo seleccionamos la pareja?».

Una elección siempre denota una voluntad de futuro y, como he dicho, elegir es escoger algo para un fin determinado, en cambio seleccionar es tomar algo de un conjunto finito porque consideramos que es el mejor de ese grupo. En catalán, está dicotomía queda más clara ya que se usa indistintamente «elegir» y «triar», y este segundo verbo, «triar», se corresponde más una elección dentro de un grupo desordenado, es decir, extraer de éste aquello que estamos buscando.

Es lícito cuestionarnos si la selección viene dada por las circunstancias;  si la formación de parejas es una cuestión social o cultural; si influye más la naturaleza o la cultura, o si importan más que la simple elección/selección, las relaciones de parentesco, las formas de matrimonio y la organización económica. 

En el fondo todas estas preguntas pueden resumirse en la primera: ¿Es una selección real?

El libre albedrío y el egoísmo cotidiano actúan de manera que, en el momento de la selección, no pensamos en nuestros descendientes de la cuarta generación, y tampoco solemos pensar si se trata de una buena pareja reproductiva para compartir nuestros genes; casi siempre seleccionamos aquella persona que nos parece mejor, casi siempre por impulso.

No sabemos cómo actuaba la Pitia Délfica, pero sí nos sentamos sobre su trípode podremos buscar, si tenemos suerte, nuestra pareja ideal. Este sitial lo conforman tres patas: el empuje social, la carga genética y el entorno cultural; y éstas se reparten en diferentes porcentajes según el momento, las personas, la cultura o la sociedad en la que estamos inmersos.

En la segunda mitad del XIX, el sociólogo alemán Georg Simmel afirmó que el amor no era más que una forma cultural; la sociedad conforma los parámetros sobre los que actúa el amor y éste, según palabras de Niklas Luhmann, es a la vez una semántica y el código de comunicación que da forma a las experiencias. 

Tanto uno como otro, a pesar de sus diferencias, consideran que la sexualidad no influye para encontrar pareja, por lo tanto importa más el componente social que los milenios de evolución de instinto humano que nos empuja a reproducirnos.

   

No es necesario insistir en que buscar pareja es fatigoso; se trata de una tarea a la que el ser humano dedica mucha energía, sobre todo porque suele considerar esta pareja como algo complementario de uno mismo. Esta visión viene dada por lo que podríamos llamar «mitos sociales», o sea las ideas transmitidas por la sociedad para impulsar a la futura pareja a seguir unos modelos matrimoniales impuestos por la tradición y a la vez por amigos, padres y familiares, quienes son los que finalmente eligen la pareja correcta. 

Las opiniones ajenas tienen más fuerza en la mayoría de los casos que la propia decisión personal.  Por lo tanto, ¿somos como robots que seguimos unos mandatos? ¿Es la sociedad la que decide quién es adecuado para mí? 

En realidad no se puede simplificar tanto, nuestras decisiones vienen dadas por el entorno social en que nos movemos, pero nosotros influimos y nos vemos influidos en él.  Antropólogos como Malinowski afirmaron que la organización social sólo se puede entender por el hecho de formar parte de un hecho cultural, ya que la cultura es la manera estandarizada en que se comportan los grupos.

Sin embargo, como he dicho antes, el empuje social sólo es una de las tres patas del trípode délfico;  es una pata importante, pero es sólo una, otra es la carga genética.

El instinto sexual humano, a diferencia del de otros animales, concentra sus esfuerzos en unas pocas crías a las que cuida durante mucho tiempo.  Si esta tarea la realiza una única persona, las probabilidades de que lleguen vivas a la pubertad son muy escasas comparadas con las crías de parejas donde los dos miembros se encuentran vinculados entre ellos por una relación afectiva. 

Si la relación humana sólo se centra en la reproducción es complicado mantener los dos miembros unidos a lo largo de los años que transcurren hasta que la cría pueda valerse por sí misma; en teoría, la unión sexual no reproductiva es una herramienta para formar una pareja estable, pero la invención del amor (y aquí entra cualquier definición del amor) hace que este vínculo pueda durar incluso cuando la cría ya no necesita ser cuidada. 

¿Y la tercera pata?  Se trata del entorno cultural, que es el que nos proporciona unos roles gracias a los cuales podemos pertenecer a nuestra sociedad.  Eva Illouz nos advierte que con el advenimiento del capitalismo, la identidad masculina basada en la dominación familiar, se amplía con la dominación laboral; desde el momento del nacimiento de la institución capitalista la familia sigue siendo una opción importante, pero no la única. 

En cambio, a pesar de la nueva sociedad capitalista, la mujer sigue concentrando sus esfuerzos en la familia y la maternidad;  esta descoordinación entre ambos sexos hace que actualmente sea más complicado encontrar una pareja «satisfactoria» donde los dos miembros se planteen unas metas comunes. La mujer mantiene un sentimiento de desazón si no puede realizarse como madre, y el hombre ya no tiene la necesidad de buscar un heredero. La sociedad ha cambiado, los paradigmas son diferentes.

Tres patas que, de distintas maneras, conforman la pareja deseable y las probabilidades de conseguirla. 

La pareja / familia ha cambiado a lo largo de los tiempos; ha cambiado de planteamiento, pero el matrimonio patriarcal, la familia nuclear católica, el amor romántico, los matrimonios concertados o la libre sexualidad, sólo son diferentes disfraces por el mismo concepto: el amor, concepto que Illouz asimila a la dominación masculina.

Con independencia del tipo de matrimonio, la impresión general es que la obligatoriedad del matrimonio ayuda a encontrar pareja a todos los miembros de la sociedad.  Es una impresión, pero en realidad es justo lo contrario, ya que las condiciones estrictas para poderse casar ocasionado que muchas veces la pareja elegida no fuese considerada la adecuada.

Lot y sus hijas (1633). Simon Vouet

Desde los inicios de la vida en sociedad aparecen unas reglas para poderse constituir en matrimonio;  las posibles relaciones aceptadas se encontraban en un abanico que regulaba la búsqueda de un compañero dentro de un grupo de edad determinado, de un sexo concreto, según unas normas de conducta, dentro de una población y de una clase social, etc.  Incluso la prohibición del incesto amplió las restricciones de unión entre primos o, en algunos casos extremos, entre cualquier grado de parentesco, por lejano que fuera. 

William Goode opina que la sociedad nunca puede permitir la formación aleatoria de parejas, ya que si lo hiciera, se produciría un descalabro en la estructura social que la modificaría radicalmente.  Según él, ese es el origen del llamado «amor romántico», que se convierte en un anhelo simbólico impuesto que sirve de válvula de escape para distraer la sociedad de las restricciones existentes.

Francesco Hayez, El beso (fragmento), (1859)

Empuje social, carga genética y entorno cultural se combinan y, junto con todas las innumerables excepciones, han conformado a lo largo de los siglos los diferentes tipos «de amor».  El Amor en mayúsculas es una invención de la literatura, pero los pequeños amores cotidianos pueden ser muchos y muy diferentes entre ellos.  

Podríamos englobarlos en tres grupos:

I – EL AMOR ROMANTICO 

A caballo de los siglos XVIII y XIX apareció en la literatura del llamado Amor Romántico, que tanto daño ha hecho a aquellos que han buscado de manera infructuosa ese amor ideal que en realidad no existe y que acostumbra a producir insatisfacción (problema habitualmente conocido como el Síndrome de Madame Bovary).  Este amor idealizado es algo inusual. No existe este compañero/a tan especial que complemente todas nuestras deficiencias y no es habitual esta atracción que, desde el primer momento, une los amantes con un vínculo indisoluble.

Esta idealización amorosa rompe con lo que era habitual en la Europa premoderna: el contrato matrimonial.  Entre las familias pobres era un medio para organizar el trabajo del campo y en las acomodadas para proteger las propiedades.  ¿Y el amor? ¿Dónde estaba?  La convivencia lo hacía aparecer.        

Romeo and Juliet (1884) Sir Frank Dicksee

Una pareja que comparte su vida hace que finalmente ambos terminen amándose de verdad.  El historiador estadounidense John Boswell nos señala que a lo largo de los siglos XVII y XVIII, en los epitafios de las tumbas de los cementerios europeos se mostraba el afecto profundo (y sincero) que sentían maridos y mujeres; en cambio en la sociedad actual es justamente al revés: el matrimonio suele comenzar con el amor y éste se va perdiendo con el paso de los años, por lo que al final ya no existe y es sólo «a distant memory«, según sus palabras. 

Y es en estas circunstancias cuando aparece el amor romántico, que va avanzando lentamente de las novelas a la vida, de manera que a mediados del XIX, todas las clases sociales actúan igual: la gente suspiraba por un amor verdadero, un amor más allá de la muerte, en que las almas enamoradas (perdonad la licencia poética) surcaban océanos de tiempo para reencontrarse.

Gary Oldman (Dracula) y Mina Murray (Winona Ryder) en Bram Stoker’s Dracula (1992)

En países industrializados como Estados Unidos, a finales del XIX la tendencia de basar las decisiones matrimoniales en criterios emocionales era casi universal, y a partir del primer cuarto del XX, con el aumento de jóvenes universitarios, los controles familiares se relajan y gana espacio una cultura que proclama que las relaciones sexuales prematrimoniales son recomendables, aceptadas e incluso necesarias para «explorar» la pareja adecuada con quien compartir la vida.

Entonces el amor romántico o amor verdadero se confunde con capricho, enamoramiento, amor a primera vista o deseo sexual; esto no puede permitirlo la sociedad, ya que, si fuera así, podríamos enamorarnos de la persona inadecuada (¡Dios no lo quiera!), una persona de otra clase social, del mismo sexo, de una etnia diferente, de una cultura ajena o de una edad incorrecta. 

Lévi-Strauss afirmaba que cualquier grupo debe supervisar y controlar el intercambio sexual de modo que haya una reciprocidad y no se vulneren las leyes de la endogamia (podemos sustituir perfectamente la palabra endogamia por clase social, etnia, sexo, etc.).   

II – EL AMOR INTERESADO 

Engels afirmó que el verdadero amor romántico sólo puede darse entre los miembros de la clase obrera, ya que éstos no tienen ninguna riqueza a ganar o perder, al contrario de los matrimonios burgueses que, según él, no son más que una hipócrita fachada de afecto y se mueven por intereses en lugar de por sentimientos.

Este planteamiento del matrimonio como herramienta para dar cobertura económica a la pareja también lo tocó Bourdieu cuando hablaba de los habitus.  Según él, al elegir la pareja lo hacemos dentro de unos habitus similares, de modo que si aumentamos los ingresos económicos o cambiamos de ámbito sociocultural, automáticamente escogemos la pareja que se encuentra en un habitus igual o similar al nuestro.  Bourdieu incluso afirma que una pareja compenetrada sexualmente pero en la que cada miembro pertenezca a un habitus diferente, a la larga acabará separándose por una especie de incompatibilidad. 

Evidentemente el habitus del que habla Bourdieu es un concepto sociológico, y no sólo económico, pero ejemplifica muy bien una situación muy habitual a lo largo del siglo XX en que la mujer, una vez casada, dejaba el trabajo para convertirse en madre y ama de casa, pasando a depender económicamente del marido. Esto se modifica a partir de la década de los 70 del siglo XX, con la entrada masiva de la mujer al mercado laboral, y desaparece en cierto modo el paradigma que afirma que un amor interesado es aquel en el que la gente busca en el otro aquello que puede hacer su vida más cómoda, y por eso se valoran los aspectos similares en ambos miembros de la pareja dentro de una serie de áreas como la educación, los valores, el estilo de vida, la nacionalidad o el ocio.  

III – EL AMOR SEXUAL 

El sexo puede ser la herramienta con la que se consigue un matrimonio, ya que el hecho de retrasar la relación sexual o de preservar la virginidad se convierte muchas veces en un arma perfecta para comprometer al otro en una relación.  La ecuación sería: ¿quieres sexo?  Comprométete.

Meat Loaf y Karla DeVito. Paradise by the Dashboard Light (1977)

Ya hemos visto que sólo con amor sexual no se cohesiona una pareja; el interés económico o el empuje sociocultural proporcionan más años de vida a la relación, pero hay quien considera, como por ejemplo la socióloga Eva Illouz, que la sexualidad es mucho más importante de lo que parece.  Illouz afirma que esto sucede debido a que las relaciones se inicien con la sexualidad, al contrario que en la época premoderna, en la que la sexualidad sólo llegaba cuando ya se había consolidado el matrimonio.    

La sexualidad como desencadenante de la relación hace que la elección de la pareja no se base en la estabilidad económica, la seguridad familiar, la genética o las similitudes culturales;  el desencadenante en este caso es la atracción física, entendida ésta como las características corporales que nos provocan un acercamiento. No puede negarse que la sexualidad es importante: en el ser humano el sexo no es sólo fecundación. Debido a parámetros culturales y de aspectos biológicos a la vez, y este hecho coacciona a muchas personas la elección de la pareja, por lo que se basa en un «deseo a primera vista», un deseo sexual que ambos miembros son conscientes que no durará.   

         

Jan Saudek. Dream and Reality (fragmento). 1996

La catalogación de la pareja dentro de unos parámetros sencillos y claros hace que la sexualización de las relaciones sea más fácil hoy en día que en la época pre-internet.  Hay una tendencia a actuar en el mundo real que se corresponde de la manera en la que actuaríamos a través de una web de citas.  El «yo» se convierte en el «seleccionador» y, si a través de la web se busca la pareja gracias a un catálogo casi infinito de atributos (color de pelo, de ojos, altura, tamaño de los pechos, musculatura, con barba o sin, pelo largo o corto…), en la vida real, inconscientemente o no, el «yo» cataloga a quien tiene delante como un conjunto de atributos y hasta más adelante (si continúa la relación) la pareja es vista como un ser humano, y no como una idealización sexual.

Esta exhibición, se presta a ser ridiculizada pero es muy demasiado común, y creo que puede ejemplificarse con la imagen de John Difool en el Incal de Moebius/Jodorowsky cuando está seleccionando en un catálogo las partes del cuerpo de la homeoputa con la que quiere pasar un rato de relax. 

   

CONCLUSIONES

La homogamia es el  matrimonio entre personas que son similares entre ellas, basándose en el origen étnico, la religión o el estatus socioeconómico. Este tipo matrimonial quiere ser una especie de protección social y puede adoptar diversas formas como la homogamia centrada en el origen social, étnico, económico o cultural.

El año 2013 el índice de homogamia en España era de un 84% (un 8,3% eran matrimonios heterógamos, o sea que las parejas pertenecían a niveles socioeconómicos muy diferentes).  Es un porcentaje muy elevado y esto es consecuencia de muchas razones y una de ellas es el acceso de la mujer a la educación superior, de manera que cuando busca pareja suele buscarla con un nivel educativo similar, mientras que años atrás la diferencia de niveles educacional entre hombres y mujeres hacía que fuera más elevado el porcentaje heterógamo donde el nivel cultural de la mujer era inferior.

Esto contrasta con la llamada «hipótesis del amor romántico» que sostiene que cuanto más industrializada es una sociedad, menos homogamia presenta, ya que la modernización de los estratos sociales lleva a que los padres no controlen las elecciones de la pareja de los hijos, haya más contactos entre grupos diferentes y todo el mundo esté más igualado económicamente. Además, en esta sociedad industrializada los emparejamientos se moverían por los gustos individuales y no por los criterios sociales; sin embargo, el porcentaje de homogamia en España sigue siendo muy elevado.

La razón puede encontrarse en otra hipótesis, la llamada «hipótesis de la adquisición de estatus»,  que sostiene justo lo contrario: cuanto más industrializada es una sociedad, más homogamia presenta, ya que dejan de importar los antecedentes sociales familiares y prevalecen los laborales y educacionales.

En el fondo es el mismo;  el ser humano tiende a la homogamia, y la pareja que se busca siempre se parecerá lo más posible a nosotros. Esta semejanza puede venir dada por unos intereses comunes (amor interesado), por una sexualidad complementaria (amor sexual), por unas aficiones comunes, por la pertenencia a una misma tribu o casta, o por unas aspiraciones amorosas complementarias (amor romántico).

En nuestra sociedad han cambiado los criterios de elección de parejas, la educación ha suplantado a la situación socioeconómica, pero mayoritariamente seguimos eligiendo pareja igual que hace 3.000 años: buscando la semejanza.

Y seguimos equivocándonos de la misma manera.

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2 comentarios sobre “¿Cómo elegimos pareja?

  1. No, las parejas gays/lesbianas no son homogamia por si misma, participan de la homogamia como cualquier otra pareja.Hay un estudio (puedes verlo aqui: http://www.reis.cis.es/REIS/PDF/REIS_153_011452167344175.pdf) que dice que la homogamia entre pareja de distinto sexo en España en 2001 era del 70'9 %; pero entre parejas del mismo sexo masculino solo del 58'8% y del mismo sexo femenino del 57'1 %.En 2011 el pporcentaje de homogamia en parejas de distinto sexo baja hasta el 57'7%, pero en las de mismo sexo masculino baja hasta 45'9 % y del mismo sexo femenino llega al 49'7.O sea, las pàrejas homosexuales son menos homógamas.

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