Mundo helenístico: El mosaico de Issos y la conquista del Imperio Persa

Esta imagen corresponde al conocido Mosaico de Issos, una copia romana de una pintura helenística que se encontró en Pompeya. La escena nos muestra un instante concreto de la batalla de Issos: el ataque de los hetairoi (ἑταῖροι, «compañeros»), los hombres que gozaban de la confianza del rey y tenían el honor de luchar a su lado.

La batalla tuvo lugar en el mes de Maimakterion, cuando era arconte de Atenas Nicócrates, es decir, en noviembre del año 333 a. C.

En la escena podemos observar a Alejandro en el momento en que se lanza contra Darío III Codomano, último rey aqueménida del Imperio persa. Pero, además de los dos protagonistas, aparecen otros muchos personajes que contribuyen a construir la escena y, sobre todo, a transmitir una determinada imagen de la batalla.

Alejandro como helios, copia romana de un busto helenístico

En el mosaico, Alejandro se encuentra a la izquierda de la imagen, sobre su caballo Bucéfalo (Βουκέφαλος), y lleva un peto decorado con la cabeza de Medusa. Su rostro es completamente humano: no hay en él ningún signo evidente de divinidad. El artista no parece querer convertirlo en un dios, sino mostrarlo como un héroe, concentrado y decidido en el momento del ataque.

Y esa diferencia resulta significativa si la comparamos con otras representaciones posteriores de Alejandro, como la que lo presenta bajo la apariencia de Helios.

Su contrincante es Darío III Codomano. Aparece sobre su carro, dando las últimas órdenes antes de la huida. Su rostro expresa preocupación y miedo. Alrededor del cuello lleva lo que parece ser un collar o amuleto formado por dos serpientes enfrentadas.

Uno de sus brazos aparece extendido y la mano está abierta. ¿Es un gesto de clemencia? ¿Está intentando ordenar algo a sus soldados? ¿O se trata simplemente de la representación de un movimiento realizado en medio del combate? Incluso se podría interpretar como el gesto previo al lanzamiento de un arma. El mosaico permite varias lecturas y precisamente esa ambigüedad contribuye a dotar de dramatismo a la escena.

El auriga real fustiga los caballos con furia, obedeciendo las órdenes de su rey e intentando escapar de la batalla. Su rostro muestra preocupación y concentración. Parece completamente ajeno al combate que se desarrolla a su alrededor: toda su atención está puesta en conseguir que los caballos avancen.

Ante Alejandro cae un noble persa. Tradicionalmente se le ha identificado con Oxiartes (Oxyathres), hermano de Darío, que según las fuentes acudió en defensa del rey cuando la caballería macedonia se lanzó contra él. La expresión de Darío, al contemplar la caída de su hermano, intensifica todavía más la sensación de peligro y derrota que domina toda la escena.

También vemos a un guerrero persa que encuentra la muerte bajo las patas de los caballos. Los animales avanzan en plena huida y parecen pisotear incluso a sus propios soldados. La imagen transmite perfectamente la desorganización de un ejército que ha perdido el control de la situación.

Otro guerrero o noble aparece moribundo mientras contempla su propio rostro reflejado en un escudo, como si fuera un espejo. Es probablemente una de las imágenes más inquietantes de todo el mosaico: un rostro que concentra terror, sufrimiento y desesperación y que, al mismo tiempo, parece contemplar su propia muerte.

¿Y quién más podemos ver?

Una multitud de guerreros, nobles y caballos que parecen compartir una misma actitud: miedo, desesperación y derrota.

Como el mosaico está muy dañado, no podemos distinguir con claridad los rostros de los guerreros que acompañan a Alejandro. Solo podemos identificar uno de ellos, y lo que se vislumbra en su rostro es muy diferente de lo que encontramos en el bando persa: no hay terror, sino determinación.

La batalla de Issos representó un punto de inflexión en la campaña de Alejandro y en la historia del Imperio aqueménida. Pero, además de su importancia militar, tuvo una enorme importancia simbólica. Darío había huido ante Alejandro y esa imagen quedó fijada en la memoria histórica.

La huida del rey no significaba necesariamente que la batalla estuviera perdida en aquel instante. Sin embargo, la imagen resultaba extraordinariamente poderosa: un joven rey macedonio avanzando contra el soberano del mayor imperio de su tiempo mientras este último abandonaba el campo de batalla. La valentía de uno y la huida del otro acabarían convirtiéndose en parte fundamental de la leyenda de Alejandro.

Y esta es precisamente la escena que parece interesar al artista: no tanto una representación neutra de una batalla como la construcción visual de una derrota.

Sin menospreciar la audacia de Alejandro ni su capacidad militar, la batalla de Issos fue también consecuencia de una serie de circunstancias favorables para los macedonios. El ejército persa disponía de una enorme superioridad numérica, pero el terreno estrecho en el que se produjo el enfrentamiento impedía aprovecharla plenamente. En el momento decisivo, Alejandro consiguió abrirse paso por el sector donde se encontraba Darío y atacar directamente el centro de mando persa.

El resultado fue la desorganización del ejército aqueménida. Cuando Darío comprendió que Alejandro se dirigía hacia él, abandonó el carro y huyó primero a pie y después a caballo, dejando atrás sus insignias reales, entre ellas el manto, el escudo y el arco.

La derrota no terminó ahí. Alejandro ocupó el campamento persa y capturó a la familia de Darío: su madre, Sisigambis; su esposa, Estatira; sus hijas, Estatira y Dripetis; y las mujeres que formaban parte de la corte. Alejandro las trató, según las fuentes antiguas, con especial respeto, conservando su rango y sus privilegios.

Les Reines De Perse Aux Pieds D’Alexandre. Charles le Brun

Pero lo que realmente nos interesa aquí es la imagen que hemos descrito: un rey joven, valiente y decidido frente a otro rey que aparece asustado y en retirada. Ese es el instante que representa el mosaico, supuestamente inspirado en una pintura de Filoxeno de Eretria realizada a finales del siglo IV a. C.

La escena convierte la batalla en algo más que un enfrentamiento militar. La transforma en una oposición entre dos figuras: Alejandro avanza; Darío huye. Alejandro domina la situación; Darío pierde el control. Los macedonios atacan; los persas retroceden.

Y esa oposición es la que hace que la batalla de Issos haya adquirido una importancia tan grande en la tradición histórica y artística.

El camino hacia Issos

Issos fue una de las grandes batallas de la campaña de Alejandro contra el Imperio aqueménida, pero no fue un episodio aislado.

Desde el momento en que Alejandro cruzó el Helesponto en el año 334 a. C. hasta su entrada triunfal en Babilonia, tres años después, su campaña fue una sucesión de enfrentamientos, asedios y victorias que lo llevaron cada vez más profundamente en territorio asiático.

La invasión tenía una justificación política: Alejandro se presentaba como vengador de las antiguas agresiones persas contra los griegos. Pero detrás de esta justificación había un objetivo mucho más ambicioso: la conquista del Imperio aqueménida.

Poner los pies en Asia con un ejército significaba, evidentemente, una declaración de guerra. Los sátrapas persas de Asia Menor salieron a su encuentro y ambos ejércitos se enfrentaron junto al río Gránico en el año 334 a. C.

La batalla terminó con una victoria macedonia que permitió a Alejandro avanzar por Asia Menor. Poco después caerían ciudades como Sardes, Mileto, Éfeso y Halicarnaso.

La recuperación de las ciudades griegas de Asia Menor era una de las razones que Alejandro podía presentar para justificar su campaña. Pero, una vez iniciado el avance, la conquista adquirió una dinámica propia: Alejandro continuó ocupando ciudades y territorios y construyendo, batalla tras batalla, la imagen de un conquistador destinado a dominar Asia.

Uno de los episodios más famosos de esta primera etapa fue el corte del nudo gordiano.

Alexander Cutting the Gordian Knot. (1898-99) André Castaigne

Según la tradición, quien consiguiera deshacer el famoso nudo se convertiría en dueño de Asia. Alejandro encontró una solución mucho más sencilla: en lugar de deshacerlo, lo cortó con su espada.

El episodio funciona perfectamente como imagen propagandística: Alejandro no necesita someterse a las reglas establecidas. Allí donde otros intentan encontrar una solución, él modifica las reglas del problema.

La tradición sobre el nudo también ha dado lugar a diversas interpretaciones relacionadas con su posible carácter religioso. En cualquier caso, lo que importa para la construcción de la figura de Alejandro es el significado que adquirió posteriormente: la demostración de que el nuevo conquistador estaba destinado a resolver aquello que otros consideraban imposible.

La segunda gran batalla fue la de Issos, de la que ya hemos hablado. La tercera, cronológicamente, fue el largo asedio de Tiro.

No fue un asedio fácil. Tiro era considerada prácticamente inexpugnable y su posición insular hacía extremadamente difícil el ataque. Alejandro contó además con la ayuda de contingentes navales procedentes de varias ciudades, especialmente de Chipre.

La conquista de Tiro tenía una importancia estratégica evidente: permitía a Alejandro controlar la costa oriental del Mediterráneo y eliminar una importante amenaza para sus comunicaciones. Pero también tenía un enorme valor simbólico. Una ciudad que había resistido durante siglos no podía quedar al margen del avance del conquistador macedonio.

Imperio de Alejandro con la ruta seguida por éste en sus conquistas

a cuarta gran batalla fue la de Gaugamela, en el año 331 a. C., y esta sí resultó decisiva para el futuro del Imperio aqueménida.

De nuevo, Darío huyó del campo de batalla antes de que la derrota de todo su ejército fuera inevitable. Pero esta vez las consecuencias fueron mucho mayores. Alejandro entró en Babilonia y posteriormente en Susa, mientras el poder aqueménida comenzaba a desmoronarse definitivamente.

La escena de Gaugamela repetía así, en cierto modo, la de Issos: Darío volvía a huir ante Alejandro. Pero si en Issos la imagen de la huida había convertido la derrota en una victoria simbólica, en Gaugamela esa imagen adquiría ya una dimensión política mucho mayor.

El rey persa había sido derrotado de nuevo y Alejandro avanzaba hacia el corazón mismo del imperio que había salido de Macedonia decidido a conquistar.

Así, entre Gránico, Issos, Tiro y Gaugamela, se fue construyendo una historia que acabaría convirtiéndose también en una leyenda: la de un joven rey que, batalla tras batalla, parecía avanzar hacia un destino que los contemporáneos podían interpretar como anunciado por los dioses.

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