El discurso de Angostura: El ideario político de Simón Bolívar

El 15 de febrero de 1819, Bolívar pronunció el discurso inaugural del llamado Congreso de Angostura, donde resume sus ideas políticas. No añade muchas ideas nuevas a conceptos que ya había desarrollado en otros discursos o escritos anteriores, pero lo que sí consigue en esta ocasión es una síntesis (contradictoria a veces) de su ideario republicano y democrático.

En esa época, Bolívar tenía 36 años y era un hombre que ya había vivido mucho, por eso añade todo su bagaje vital al discurso; añade sus experiencias y los recuerdos de sus años de estudios en Europa donde, según él, estudió matemáticas, esgrima, baile y equitación, però además, y de eso se enorgullece, estudió con personajes como Locke, Condillac, Buffon, d’Alembert, Helvetius, Montesquieu, Mably, Filangieri, Lalande, Rousseau, Voltaire, Rollin, Berthot y (por si la lista no es suficientemnete larga) con todos los clásicos de la antigüedad y los clásicos modernos de España, Francia, Italia e Inglaterra.

¿Estamos ante una exageración por parte del Libertador? No soy quién para decirlo, pero él así lo afirma en una carta que envió en 1825 a Francisco de Paula Santander, y yo me lo creo.

El Discurso de Angostura tuvo lugar unos meses después de la victoria de Boyacá, cuando la unión de facto entre Nueva Granada y Venezuela ya se había producido. En la ciudad de Angostura se proclamó la creación de la nueva nación: la República de Colombia. El congreso no sirvió para mucho más: se estableció un gobierno provisional presidido por Bolívar y se creó un ejército combinado de los dos países. El Congreso de Angostura inició lo que se conocería como Gran Colombia, una nueva nación que no se mantuvo estable durante muchos años.

Batalla de Boyacá. Martín Tovar y Tovar (1890)    

Suele considerarse este discurso como una de las obras más relevantes de Bolívar, ya que en él queda detallado todo su pensamiento político y se indican claramente sus opiniones democráticas, de gobierno, republicanas y constitucionales. Este discurso, además, obligaba a Bolívar, en cierto modo, a validar el gobierno de 1811, a pesar de que él mismo estaba convencido de que aquel gobierno había arruinado la República.

Con el discurso de Angostura propugna un nuevo orden, basado en un gobierno republicano de soberanía popular. Un orden legal que contiene ideas, entre otras, como la separación de poderes y la abolición de la esclavitud y de los privilegios aristocráticos; nada nuevo, en el fondo es una repetición de las ideas que bullían en el mundo político desde 1776. Pero Bolívar coge migajas de muchos lugares, y por ello se contradice a menudo; por ejemplo, critica la monarquía, pero acepta una monarquía de estilo británico.

El propio Bolívar se justifica, afirma que su crítica a la monarquía no está basada en los supuestos privilegios absolutistas sino en la convicción de que las Repúblicas concentran sus esfuerzos en la prosperidad del pueblo y las monarquías en la expansión territorial (“muy contraria es la política de un rey, cuya inclinación constante se dirige al aumento de sus posesiones, riquezas y facultades: con razón, porque su autoridad crece con estas adquisiciones, tanto con respecto á sus vecinos, como á sus propios vasallos […] los americanos ansiosos de paz, ciencias, artes, comercio y agricultura, preferirían las repúblicas a los reinos…” – Carta de Jamaica – 1815). Evidentemente el párrafo anterior es una generalización, ya que, conscientemente o no, Bolívar olvida el historial expansionista de la Primera República Francesa y del Consulado.

Bolívar tampoco acepta la monarquía constitucional, ya que la consideraba una asociación antinatural de aristocracia y de democracia, pero curiosamente (y esta es otra contradicción al discurso de Bolívar) no deja de remarcar que admiraba un sistema aristocrático similar al de la Cámara de los Lores británica.

Cámara de los Lores

No acaban aquí las contradicciones, pues Bolívar fundamenta su revolución en la libertad, pero está convencido de que la libertad absoluta degenera en el poder absoluto; por tanto, opina que las leyes debían buscar el equilibrio entre la libertad y las necesidades de la sociedad, un concepto rousseauniano en que la ley no es una autoridad divina, sino algo que nace de la voluntad popular.

El gobierno que propugna es único (aunque cree y repite que el mejor sistema político es el federalista), republicano (aunque admira la monarquía británica), centralista (aunque se queja del centralismo de las instituciones españolas), civil (aunque la presencia militar es la tónica general) y democrático (aunque tiene un temor respetuoso a las elecciones libres).

Bolívar creía, al igual que Montesquieu, que las leyes deben adaptarse al pueblo para el que han sido ideadas (Rousseau le da la razón cuando afirma que el carácter nacional debe influir en las leyes del país) y, llevando este hecho a la práctica, quiso una Constitución que no imite la estadounidense, sino que se fundamente en la estructura social y racial de Hispanoamérica. No quiso combinar ideas de los sistemas francés o norteamericano y, como máximo, copió del sistema británico el parlamento de dos cámaras (una de ellas formada a partir de elecciones y otra de senadores vitalicios).

Discurso de Angostura

Bolívar imaginó unos senadores que estaban por encima del bien y del mal, preparados para guiar al pueblo de modo que no tuvieran en cuenta intereses particulares o partidistas. ¿Realmente es posible este tipo de seres superiores? ¿Es una utopía pensar en estos semidioses que guiarían al pueblo hacia la sabiduría y la moralidad? En realidad esa es una de sus contradicciones, ya que en su discurso Bolívar añade aún mucho más.

Él, el hombre contrario a la monarquía, el republicano, el liberal, el Libertador, nos habla de un poder ejecutivo con tanto poder que sería asimilable a una especie de monarca (aunque su título sería el de Presidente). ¿Algo más? Sí, un cuarto poder llamado Poder Moral, una especie de sueño que no llegó a ponerse en práctica debido a la propia inconsistencia de la idea y la poca colaboración por parte de sus contemporáneos.

Resumiendo, en el Congreso de Angostura el discurso de Bolívar quiere buscar la representatividad del pueblo y proclama todo lo contrario: una especie de dictadura disfrazada de democracia con un senado hereditario, un presidente con funciones de rey absoluto, e ideas tanto peregrinas como la del poder moral, que no pueden llevarse a la práctica.

La constitución que se redactó a partir del Congreso no reflejó estas ideas, por razones más que evidentes y, ni los liberales ni los conservadores, aceptaron la figura del presidente vitalicio que tenía capacidad de nombrar al vicepresidente que a la vez le sucedería. Lo veían como una especie de monarquía civil y, sin duda, lo era.

¿Qué más refleja este discurso? En realidad el Discurso de Angostura refleja muchos de los fantasmas, obsesiones, deseos y anhelos de Bolívar.


Bolívar y la duda sobre la esclavitud

Cuando Bolívar nos habla de la esclavitud lo hace de manera vehemente, y afirma que, aunque se revoquen todos sus decretos, tiene que haber uno que se mantenga: la abolición de la esclavitud (“yo abandono a vuestra soberana decisión la reforma o la revocación de todos mis Estatutos y Decretos; pero yo imploro la confirmación de la libertad absoluta de los esclavos, como imploraría mi vida y la vida de la República”. Discurso de Angostura – 1819). Esta afirmación tan categórica podemos considerarla sincera o bien podemos pensar que se fundamenta en algún tipo de interés político ya que hasta entonces los esclavos eran parte del ejército (en el fondo eran lo que popularmente se llama «carne de cañón»). Estos luchaban bien por los realistas o por los patriotas, aunque consideraban el ejército como un mal menor, ya que ni en un bando ni en el otro mostraban el mínimo entusiasmo.
¿Podemos creer en la existencia de un deseo sincero de liberar estos esclavos por parte de Bolívar? Hay una anécdota de cuando tenía unos doce años que nos narra cómo se fugó de casa de su tío y tutor, don Carlos Palacios, para ir a vivir a casa de su hermana María Antonia. La ley estaba del lado de don Carlos y finalmente el pequeño Simón tuvo que volver a casa de su tío.

Retrato de Simón Bolívar a la edad de 17 años (1801)

La gracia de la historia está en el expediente judicial que se instruyó a consecuencia de ello. En este, el futuro Libertador afirma que “los tribunales bien podían disponer de sus bienes, y hacer de ellos lo que quisiesen, mas no de su persona; y que si los esclavos tenían libertad para elegir amo a su satisfacción, por lo menos no debía negársele a él la de vivir en la casa que fuese de su agrado”. PPodemos considerar estas palabras como uno de los primeros intentos del joven Bolívar para considerar la conveniencia de la liberación de los esclavos, pero ¿podemos considerar este deseo tan primordial como el deseo que sentía por su propia vida y por la República? Podríamos hacerlo, ya que años más tarde, en la Constitución que redactó para Bolivia, dijo que no podía creer que hubiera algún boliviano tan depravado que quisiera legitimar una violación tanto flagrante contra la dignidad humana como la justificación de la esclavitud («¡Un hombre propiedad! ¡Una imagen de Dios puesta al yugo como el bruto!», exclamaba en el Discurso delante el Congreso Constituyente de Bolivia – 1825).

No obstante, no podemos olvidar que cuando habla de libertad humana habla sobre todo de la libertad de los criollos, y cuando dice «americanos» está diciendo americanos blancos, ya que los negros, indios y mestizos no pertenecen a esta categoría; a pesar de todo, él era un hombre de su época y se movía además por unos intereses suficientemente objetivos de modo que cuando liberaba a un esclavo era con la condición de pasar al ejército y la razón de esto, por extraña que parezca, es que Bolívar creía firmemente que la mejor escuela para aprender sobre la libertad es pertenecer a la milicia y luchar por la emancipación («¿Sería justo que mueran solamente los hombres libros miedo emancipar a los esclavos? ¿No será útil que estos adquieran sobre Derechos en el campo de batalla y que se disminuya su peligroso número por un medio necesario y legítimo?«).

¡La libertad! Uno de los grandes anhelos de Bolívar, junto con la Moral.

Bolívar, el defensor de la Moral

A lo largo de su vida, Bolívar tuvo una obsesión sobre la importancia de la moral como fundamento ético de la República. En el discurso de Angostura dice que «Moral y luces son los polos de una República, moral y luces son nuestras primeras necesidades»; no la ropa, la comida o las armas (recordemos que estaban en plena guerra), la moral era una de las primeras necesidades. Una República comprometida en la educación y la moral de los ciudadanos era la justificación de la guerra en la que estaban inmersos. Esta idea del Poder Moral era algo imprescindible para Bolívar para contrarrestar los vicios, la tiranía y la ignorancia (según él) del pueblo americano, y por eso está presente en todo el discurso.
La moral sería la brida que controla el caballo desbocado del pueblo ignorante. Ya he dicho que Bolívar era muy consciente de las ideas de Montesquieu con relación a la adaptación de las instituciones al pueblo que las debe recibir; si esto lo sumamos a su desconfianza en relación a los conciudadanos, tenemos una República que no puede estar sometida a los «caprichos del pueblo», sino que debería conformarse a partir de un sufragio restringido, un ejecutivo poderoso y la inmutable Moral dando sus sabias directrices para guiar al pueblo.
Sería un Poder Moral que estaría constituido por unos censores que, a imagen y semejanza del areópago ateniense o los censores romanos, fiscalizar al pueblo y el gobierno, controlarían los tratados públicos, defenderían la Constitución y velarían y dirigirían el desarrollo moral del pueblo.

 

Bolívar diplomático, 1860. Óleo de Aita (seudónimo de Rita Matilde de la Peñuela, 1840-?)

No funcionó. Sin duda había una minoría ilustrada que comprendía sus propósitos, pero la contradicción entre los intereses particulares, los valores abstractos que propugnaba y la necesidad de constituir nuevos gobiernos allí donde no había, apartaron de la realidad sus utópicas ideas sobre el Poder Moral. Nunca más se han vuelto a plantear seriamente y cayeron en el cajón del olvido, junto con otras propuestas suyas, como el Senado hereditario y aquella presidencia republicana tan parecida a una monarquía o una dictadura.

Bolívar el Dictador Liberador

Un dictador era un magistrado de la antigua Roma que obtenía poderes extraordinarios otorgados por el Senado habitualmente en casos de emergencia o guerra. Entre los años 1824 y 1827 Bolívar ostentó el título de Dictador, pero al inicio del Discurso de Angostura dice que sólo en caso de extrema necesidad «me habría sometido al terrible y peligroso cargo de Dictador Jefe Supremo de la República«.

Años después, cuando obtuvo el título de Dictador del Perú, afirmó también que se vio impelido por las circunstancias, pero que hubiera preferido renunciar «al espantoso título de Dictador» (Simón Bolívar, Libertador, Presidente de Colombia a los peruanos – 1824). Remarcó múltiples veces que prefería el título de Ciudadano al de Dictador, e incluso al de Libertador o al de Pacificador. Bolívar tenía muchos defectos, y uno de ellos era la falsa modestia, sus contemporáneos lo sabían y él era consciente, tal vez por eso dejó muy claro que no deseaba el poder, aunque nadie le creía.

En el año 1814 en Caracas se apresuró a afirmar que si protestaba por los títulos otorgados era sincero, él no era «…como Sila, que cubrió de luto y de sangre a su patria […] pero quiero imitar al dictador de Roma en el desprendimiento con que, abdicando el supremo poder, volvió a la vida privada y se sometió en todo al reino de las leyes. No soy un Pisístrato, que con finas supercherías pretende arrancar vuestros sufragios afectando una pérfida moderación, indigna de un republicano, y más indigna aun de un defensor de la patria. Soy un simple ciudadano que prefiero siempre la libertad, la gloria y la dicha de mis compatriotas, a mi propio engrandecimiento” (Discurso de Bolívar en Caracas, Ante la asamblea reunida ese día en el templo de San Francisco, (1814)”, y el año 1881, en Cúcuta, decía que prefería «...el título de ciudadano al de Libertador, porque éste emana de la guerra, y este emana de las leyes» (Discurso de Bolívar en Cúcuta, Ante el Congreso de Colombia, al encargarse de la Presidencia de la República, (1821).

Simón Bolívar a caballo, por Arturo Michelena

La verdad es que, a pesar de sus palabras, Bolívar siempre cayó en una especie de Despotismo Ilustrado, con un más que evidente desprecio de las masas populares iletradas y con una defensa cerrada del Senado hereditario y de la presidencia vitalicia. En el Proyecto de Constitución de Bolivia (1826) afirmaba que la soberanía del pueblo era la única autoridad legítima en cualquier nación, pero también sabía que esta soberanía se ejerce mediante elecciones; y eso es algo muy peligroso.

Las elecciones las carga el demonio

En 1828 Bolívar dirigió unas palabras al Consejo de Gobierno en Bogotá (Palabras dirigidas al Consejo de Gobierno a la entrada del Libertador en Bogotá – 1828) y, entre otros temas, afirmó que él siempre sería el eterno defensor de las libertades públicas y su único soberano era la voluntad nacional, pero sólo tres años antes ideó que el presidente de la República eligiera al vicepresidente para que éste lo sucediera en el cargo y de esta manera «se evitan las elecciones, que producía el grande azote de las repúblicas, la anarquía, que es el lujo de la tiranía y el peligro más inmediato y más terrible de los Gobiernos populares» (Discurso delante el Congreso Constituyente de Bolivia – 1825).

Unos cuantos años antes, concretamente en 1812, afirmaba convencido de que las elecciones populares «hechas por los rústicos del campo, y por los intrigantes moradores de las ciudades, añaden un obstáculo más a la práctica de la federación entre nosotros: Porque los unos son tan ignorantes que hacen sobre votaciones maquinalmente, y los otros tan ambiciosos que todo el convierten en facción» (Manifiesto de Cartagena – 1812)

Este es el problema: Bolívar continuó el camino que se inició en las primeras revoluciones liberales y que decía que el único sufragio posible es un sufragio censatario, cuanto más restringido mejor. En la Constitución Federal de 1811 se pedían 21 años de edad y propiedades por valor de entre 200 y 600 pesos para poder votar, pero a partir del Congreso de Angostura todos los propietarios o arrendatarios pudieron votar (sin especificar cantidad determinada de renta) y también se dio derecho a voto a todos los militares (incluso a la tropa, aunque éstos tenían unas limitaciones que no tenían del grado de cabo hacía arriba). De cualquier manera, sobre el papel, era indispensable saber leer y escribir para poder ejercer esta soberanía.


La Soberanía

…se encuentra en el pueblo, y Bolívar lo repite siempre que tiene ocasión: “¡Pueblos! Ninguno puede poseer vuestra soberanía, sino violenta e ilegítimamente. Huid del país donde uno solo ejerza todos los poderes: es un país de esclavos” (Discurso de Bolívar en Caracas, Ante la asamblea reunida ese día en el templo de San Francisco, (1814).   

Pero un pueblo soberano, en palabras de Montesquieu, es un caballo que puede hacer caer su jinete a la mínima ocasión y ya hemos visto que Bolívar se vanagloriaba de haberlo estudiado (vemos su huella en el Discurso de Angostura, así como la de Locke, Bentham, Rousseau y otros, de forma más o menos explícita). Montesquieu y otros precursores ilustrados de la Revolución Francesa de 1789 son los referentes principales de Bolívar, pero también lo es la llamada Constitución Jacobina del Año I (1793) y la Termidoriana del Año III (1795).

Retrato de Jean-Jacques Rousseau, por Alan Ramsay (1766)

No son estas las únicas influencias en su idea de soberanía; como esta soberanía popular debe estar regulada (controlada incluso) por el ejecutivo (“Nada es tan peligroso con respecto al pueblo como la debilidad del Ejecutivo”, dice en el Discurso de Angostura) se ven claramente en el discurso ecos de su formación clásica con referencia a los cinco eforos espartanos o los censores romanos. Y con esta combinación Bolívar idea su república monárquica.


República en las formas, monarquía en el fondo

Ya he indicado en varias ocasiones la pseudo-república monárquica que quería instaurar Bolívar. Estaba convencido de que era el sistema que mejor funcionaría, aunque no fuera el mejor sistema de gobierno (“No adoptes el mejor sistema de gobierno, sino aquel que tenga más posibilidades de funcionar”. Carta de Jamaica – 1815). Con ello Bolívar nos demuestra un pragmatismo que bebía de Montesquieu que le hace afirmar que la monarquía era imposible en América debido a factores eminentemente geográficos: su naturaleza salvaje, los desiertos que invitan a independencia … en fin, que creía que no podrían aparecer reyes en América, ya que sólo por el hecho de coronarse, estarían firmando su sentencia de muerte, como «la espada pendiente sobre Dionisio» (Discurso delante el Congreso Constituyente de Bolivia – 1825), dice, confundiendo a Damocles el adulador con Dionisio I de Siracusa, aquel que lo puso a prueba.  

Su República-monárquia, tal como he dicho antes, tendría un Senado vitalicio-hereditario que haría de contrapeso entre la democracia directa (las «malditas elecciones» que son una prenda a pagar si se quiere democracia) y el potencial despotismo del Rey-presidente 33, de modo que sirva de protección»… entre las olas populares y los rayos del Gobierno …» (Carta de Jamaica – 1815).  

Ciceron denuncia a Catilina, obra de Cesare Maccari (1840-1919)​

En Angostura se propone este senado hereditario similar al inglés, ya que Bolívar no podía descartar la idea de una monarquía constitucional estilo británico (“en lugar de un rey habrá un poder ejecutivo electivo” – Carta de Jamaica – 1815), sin embargo vuelve a cambiar de idea ya que la Constitución boliviana de 1826 era más similar al modelo consular napoleónico que al inglés (aunque el modelo napoleónico en parte procedía del inglés). En esta constitución se habla de un presidente que sería un alcalde que podría nombrar al vicepresidente y los secretarios de Estado.

¿Americanos o o europeos?  

Otro problema al que debería encontrar una solución era decidir si los criollos eran americanos o europeos. Bolívar se pregunta en el Discurso de Angostura sobre de identidad colectiva de su pueblo, que no considera europeo, pero tampoco americano del norte y prefiere buscar el origen antropológico en una mezcla de África y de América antes de que imaginarlos con un origen europeo.
Hace un discurso de unidad racial mestiza afirmando que la parte europea se ha mezclado con la India y ésta con la africana. Todos son hijos de una misma madre: América.

No consideraba los pueblos sometidos a la metrópoli española como indígenas ni europeos, al menos, ya no lo eran: eran americanos; americanos que tenían el origen de sus desdichas (y de sus derechos) en Europa. En sus oportunas referencias a Esparta, a la Roma Clásica y en la Inglaterra victoriana, se añade la identificación del desmembramiento del Imperio Romano con la liberación de las colonias americanas, una demostración de la añoranza que siente hacia una Roma republicana idealizada, más cercana a la teatralidad neoclásica, a sus posturas forzadas, operísticas y melodramáticas, que a la realidad histórica.
Bolívar se queja de la situación de los americanos una vez retirada la Monarquía Española, y crea una imagen de desmembramiento que asimila a una situación mucho peor (a su juicio) que la de los reinos que nacieron cuando el Imperio Romano cayó. Bolívar interpreta que aquellos reinos recuperaron su estado inicial una vez desaparecido el imperio, en cambio, como ellos no son ni aborígenes ni españoles, tienen una clara desventaja que no tenían aquellos reinos que siguieron a la caída del Imperio Romano de Occidente. Bolívar, en este párrafo, juega con sus interlocutores, y calibra muy bien su discurso, mostrando claramente la malograda situación que viven; pero hace trampas.

Batalla de Vouillé (507), entre francos y visigodos, representada en un manuscrito del siglo XIV.

Bolívar era un hombre instruido y conocedor de la antigüedad clásica. Sabía que la descolonización de América y la caída del Imperio Romano no son situaciones comparables ni histórica, ni social ni racialmente. Un ejemplo: en el año 402 d. C., Flavio Estilicón evacuó la isla de Britania ante la invasión de los pueblos anglosajones. Estos pueblos a lo largo del siglo IV ocuparon toda la isla y los britanos primero, y los Britano-romanos después, se fusionaron con ellos y los recién llegados sajones se convirtieron en los verdaderos habitantes de la isla. En el siglo XI, Guillermo el Conquistador invadió la isla con un ejército normando, bretón y francés; ¿qué pasó entonces con los sajones? Pues que se fusionaron con los invasores y los recién llegados normandos se convirtieron en los verdaderos habitantes de la isla. Hoy en día, inconscientemente, consideramos todos estos pueblos que han ido ocupando la isla desde el tiempo de los celtas como los verdaderos «ingleses». Esto es trasladable a la península ibérica; ¿sólo las antiguas tribus iberas prerromanas son las verdaderas poseedoras del territorio? Y, ¿qué hacemos con los celtas? ¿Y los romanos, los alanos, los vándalos, los visigodos, etc.? ¿Y en Grecia? ¿Quiénes son los verdaderos griegos clásicos? ¿Los pelasgos? ¿Los aqueos? ¿Los helenos? ¿Los dorios?

Si trasladamos este planteamiento al discurso de Bolívar, ¿por qué dice que ellos viven en una tierra de nadie? ¿Por qué afirma que no son ni europeos ni indios? Lo hace para justificar de la manera más clara posible que ellos eran americanos, predestinados a romper con el pasado y crear algo nuevo. No podía aceptar una continuidad dentro del territorio, ya que ellos eran los únicos depositarios de la soberanía de los nuevos países. ¡Americanos! ¡Nada más! Curiosamente aceptaba una herencia africana, pues su pueblo «no es el europeo, ni el americano del Norte, que más bien es un compuesto de Africa y de América, que una emanación de la Europa”, en definitiva que era imposible “asignar con propiedad a qué familia humana pertenecemos”.

Al no tener pasado sólo les quedaba un camino: el futuro.  


Bolívar, un gran hombre consciente de que lo era

Bolívar dice en su discurso que no quiere ser Lucio Cornelio Sila o Pisístrato, pero sin duda se veía reflejado en el personaje de Julio César. Bolívar era plenamente consciente de su papel individual en la historia universal y escondía con una falsa modestia lo que creía que le correspondía por sus propios méritos y por la Divina Providencia: “En medio de este piélago de angustias, no he sido más que un vil juguete del huracán revolucionario que me arrebataba como una débil paja. Yo no he podido hacer ni bien ni mal: fuerzas irresistibles han dirigido la marcha de nuestros sucesos...”     

Quizá por eso se atrevió a compararse con Jesucristo y el Quijote cuando dijo aquello de “Jesucristo, don Quijote y yo hemos sido los tres más insignes majaderos de este mundo”, aunque, en honor a la verdad, sin duda se trata de una frase apócrifa, por tanto lo más seguro que no la pronunciase él, sino que le fuera atribuida por sus contemporáneos. Si es así, esto nos ayuda a entender qué pensaban de él más que si la hubiese pronunciado él mismo.

Bolívar tembló pensando que harían los «pobres ciudadanos» cuando él no estuviera, ya que desgraciadamente no era inmortal y como no hay nada tan frágil como la vida de un hombre, muerto él «¿qué bien haría a esta república? Entonces se conocería la utilidad de haber anticipado la separación de estas dos secciones durante mí vida » (Carta a Daniel Florencio O’Leary – 1829)  

Bolívar y la felicidad

La inmortalidad no está hecha para los hombres, ni la vital ni la profesional y mucho menos la política. Bolívar tenía miedo de lo que pudiera ocurrir cuando ya no estuviera, pero a lo largo de su vida repitió insistentemente que él no quería el poder, que lo cogía porque se lo pedían, que era provisional… lo mismo que le pasaba a Mark Twain con el tabaco le pasaba a Bolívar con el poder (hay una frase atribuida a Mark Twain, escritor de Misuri, que decía «Giving up smoking is the easiest thing in the world. I know because I’ve done it thousands of times.”) y las razones pueden ser muchas, pero él mismo dijo que, aunque creía que el sistema federal era el mejor para proporcionar la felicidad a los ciudadanos, no era adecuado para los nuevos estados que se formaban en América, ya que los habitantes de estos nuevos países «... no se hallan en aptitud de ejercer por si mismos y ampliamente sobre Derechos» (Manifiesto de Cartagena – 1812)  

Si ellos no están preparados para ejercer el poder, alguien lo tiene que hacer por ellos; pero siempre pensando en la felicidad de sus conciudadanos. Esta es una de sus máximas preocupaciones, por lo que las últimas palabras que se le atribuyen antes de expirar son: “Mis últimos votos son por la felicidad de la Patria. Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos, y se con solide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”.

La muerte de Libertador (1883), por Antonio Herrera Toro

Bolívar murió en 1830 y también muere entonces la Gran Colombia, el país creado en 1819 en el Congreso de Angostura y que sólo resistió once años. Ese mismo año se separan Ecuador y Venezuela, y en 1903 Panamá.

Un tiempo antes, Bolívar dijo al general Urdaneta, último presidente de la Gran Colombia: «Nunca seremos dichosos, ¡nunca!», Una verdadera profecía.    

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