Polibio de Megalópolis (200 aC – 118 aC) disfrutó de algo inestimable para un historiador: conocer de primera mano los asuntos políticos y militares de su época, primero como embajador de la Liga Aquea y luego como miembro destacado del llamado círculo de los Escipiones.

El año 166 aC fue trasladado a Roma como uno más de los mil nobles convertidos en rehenes. Durante su cautiverio se ganó la amistad del general romano Lucio Emilio Paulo Macedonio y se convirtió en tutor de su hijo Publio Cornelio Escipión Emiliano, a quien acompañó en sus campañas y gracias a ello estuvo presente en la Tercera guerra Púnica, las guerras de Hispania y las destrucciones de Cartago y Corinto.
Los compatriotas de Polibio vieron en él una especie de traidor del estilo de Flavio Josefo, otro historiador que, pese a las actuaciones de Roma para con su pueblo, había aprendido a comprenderla y, lo que es más difícil, amarla.
En los escritos de Polibio se observa un tono hagiográfico y un intento continuo de convencer a sus compatriotas de las bondades de ser gobernados por los romanos. A pesar de esta presunta parcialidad, su obra es una de las la fuentes más fiables en relación los hechos que vivió y, incluso es mucho más fiable que las de otros autores de la época, ya que, sin duda, sus vicisitudes vitales le dieron un punto de vista mucho más universal.
Polibio recupera en sus escritos la tradición aristotélica de las seis formas de gobierno: tres de originales y tres degeneradas. Él está absolutamente convencido de la progresión cíclica de la historia. En la Política de Aristóteles podemos leer: “En nuestro primer estudio sobre las constituciones hemos reconocido tres especies de constituciones puras: el reinado, la aristocracia y la república; y otras tres especies que son desviaciones de las primeras: la tiranía, que lo es del reinado; la oligarquía, que lo es de la aristocracia; la demagogia, que lo es de la república”.
Polibio afirma que de la realeza primigenia nace la tiranía, tras ella, la aristocracia la sucede, pero habitualmente ésta degenera en oligarquía; llega un punto en que esta oligarquía se vuelve inaguantable parapor el pueblo, entonces una série de revueltas llevan a ésta a la democracia que, pasado el tiempo, queda enmascarada por la demagogia. Polibio llama a la demagogia, oclocràcia (ὀχλοκρατία, de okhlos, plebe, masa), y con ello señala la forma corrupta de democracia.
¿Cómo desaparece la demagogia? Cuando aparece un líder fuerte, que con el tiempo se convertirá en rey y, cuando éste tome el poder, dará inicio de nuevo el círculo, o en palabras de Polibio: “Tal es la revolución de los gobiernos, tal es el orden que tiene a naturaleza en mudarlos, transformarlos y tornarlos a su primitivo estado”.
Globalmente a este proceso se le denomina anaciclosis, y nos describe como los sistemas políticos tiendan a degenerar de manera que, al tratarse de una repetición cíclica, existe una fatalidad que lo impregna todo; cualquier sistema político degenerará y por muy innovador que éste sea, no podrá evitar seguir el camino predestinado; por ejemplo San Agustín critica esta teoría a De Civitate Dei, sobre todo en el libro XII, 13, donde afirma que si Cristo murió por todos nosotros una vez, no lo volverá a hacer, ya que si una vez muerto venció la muerte, la venció para siempre.
Pero, a pesar de ser partidario de esta fatalidad cíclica, Polibio no puede olvidar a quien sirve, por lo tanto afirma que Roma conservará su poder gracias a la sabia combinación de monarquía (cónsules), república (senado) y democracia (comicios).
En Roma, con el tiempo, el senado logró el control absoluto sobre el ejército, la política exterior, las leyes y la religión. La clase senatorial solía estar formada por las mismas familias, por tanto el régimen político era más oligárquico que republicano. Los comicios ciudadanos habían perdido prácticamente toda significación política, en cambio los comicios centuriados tenían una estructura socioeconómica hacía que valieran más los votos de la nobleza y el orden ecuestre que los de los plebeyos, por lo que tenían amplias competencias, entre ellas elegir cónsules, pretores y censores.
En definitiva, esta era la combinación mixta que predestinaba Roma a dominar el mundo, un pueblo que, según sus palabras, en cincuenta y tres años logró que «todas las partes conocidas del mundo conocido han caído bajo la dominación romana«.

En realidad Polibio simplifica e idealiza el sistema político romano, ya que éste era más aristocrático que popular, tal como nos remarca Grimal cuando afirma que “la organización política, las costumbres eran las de una aristocracia”,. Esto queda demostrado, en cierto modo, con la existencia de instituciones como el patronaje (patrocinium) y jerarquías morales como dignitas o auctoritas, que constituían un pilar esencial en su organización política.
Además, las diferentes facciones senatoriales, del mismo modo que los partidos políticos actuales, competían por ganarse el favor del pueblo, sin olvidar que no era un régimen representativo, ya que la auctoritas del senado estaba por encima de cualquier propuesta popular.
El tiempo se encargó de contradecir a Polibio y el sistema político romano resultó insuficiente para hacerse cargo de la organización de las nuevas conquistas. Ante la derrota de los cartagineses y de las monarquías helenísticas, con un sistema pensado para una ciudad-estado, los esfuerzos para mantener el equilibrio del que habla Polibio, no evitaron que el sistema colapsara. Pero él era, en cierta manera, consciente de ello, ya que nos advierte que «todas las cosas en este mundo perecen» y los gobiernos no son la excepción; y en el caso de Roma por culpa de «…“…la pasión de mandar y la especie de mengua que se tendrá en obedecer empezaran el trastorno del gobierno«. Roma tiene el mérito de su gobierno mixto, afirma, y eso le da estabilidad, pero una cosa es la estabilidad y la otra la perpetuidad.
Pero los caminos históricos transcurren por extraños senderos y, a pesar de que cualquier escritor escribe pensando en la posteridad, Polibio no esperaba que sus escritos influyeran en un conjunto de hombres de estado que vivieron en un territorio tan alejado de él (tanto en el esapcio como en el tiempo) como los Estados Unidos del siglo XVIII.
Hay muchas similitudes, bastantes de ellas anecdóticas, entre la Roma Republicana y Estados Unidos; los Padres Fundadores de los Estados Unidos tenían la mirada dirigida a Roma y lo que ella representaba. Era una Roma idealizada, evidentemente, pero era la imagen en la que querían reflejarse; por eso no es casual que Jefferson bautizara el cerro donde construir el edificio que ocupan las dos cámaras del congreso de Estados Unidos con el nombre de Capitol Hill (antes se llamaba Jenkins Hill, un nombre mucho menos épico), inspirándose en el Capitolinus Mons de Roma donde se levantaba el templo de Iupiter Optimus Maximus.

Tampoco son extrañas las continuas referencias a Virgilio, ya que las lecturas de éste ocuparon un lugar preferente a las lecturas escolares y universitarias de las clases altas europeas y americanas. Gracias a estas lecturas encontramos referencias virgilianas muy claras en el reverso del Gran Sello de los Estados Unidos, donde pueden leerse los lemas «Annuit Coeptis«, lema que aparece en las Geórgicas y la Eneida y «novus ordo saeclorum«, extraído en este caso de las Églogas; y si no ni fuera suficiente con el sello, los periódicos de la época se informaba del proceso constituyente con un encabezamiento virgiliano: «Incipient magni procedere menses«.


Uno de los principales partidarios del gobierno mixto era Jefferson, de quien sabemos que poseía numerosas ediciones de obras de Polibio en su biblioteca privada. Se han conservado cartas suyas de 1787 (el mismo año en que se estaba redactando la constitución) en la que afirma que está comprando copias de las Historias de Polibio para regalar a sus amigos. También tenemos a Adams, que se encontraba en Londres en el momento de la convención y cita a Polibio en varias cartas que envía a su mujer. Además, en su libro A defence of the Constitutions of government of the United States of America, dedica todo un capítulo a la doctrina de la constitución mixta de Polibio.

¿Nos basta con eso? En realidad no, ya que Polibio no es más que uno de los tres referentes que citan los Padres Fundadores, junto con Aristóteles y Montesquieu. Los tres, cada uno a su manera, son partidarios de la separación de poderes, por tanto, ¿de quién obtienen los fundadores de Estados Unidos su inspiración?
Podemos descartar casi automáticamente a Aristóteles, ya que si inicialmente se inspiraron en él, fue para evitarlo. A partir de las lecturas de Platón, Tucídides y Plutarco, los fundadores de Estados Unidos fueron conscientes de que el exceso de democracia lleva al caos, y pensaban que dejar el poder en manos del pueblo, que es fácilmente influenciable, es firmar una inestabilidad perenne. Años más tarde la democracia griega queda «rehabilitada» y es mostrada como ejemplo para las clases dirigentes de Estados Unidos, pero en un primer momento, cuando construían el edificio de la nueva nación, Aristóteles no es el modelo.
Más cercano en el tiempo a ellos está Charles Louis de Secondat, Barón de Montesquieu, quien nos habla profusamente de la separación de poderes en su obra el Espíritu de las Leyes (1748). Evidentemente Montesquieu es un buen referente y sus planteamientos son paralelos a los de Polibio. Por lo tanto, ¿cuál de los dos es el referente principal? El sistema de balanzas para equilibrar la separación de poderes que describe Montesquieu está inspirado directamente en Polibio, quien es citado en el Espíritu de las Leyes. Por ejemplo en el capítulo XVII del libro XI donde dice que “la parte que tenía el senado en el poder ejecutivo era tan grande que, según Polibio, los extranjeros pensaban todos que roma era una aristocracia”.
Polibio auguraba que Roma conservaría su poder gracias la sabia combinación de sus instituciones judiciales, legislativas y ejecutivas; los fundadores de la nación estadounidense lo conocían, por estudios y por afición; reconocían la labor de Montesquieu, pero acostumbraban a buscar referencias más antiguas (tal como hizo el propio Montesquieu, no lo olvidemos).
En las actas de la Convención Federal de 1787 se menciona a Montesquieu, pero en realidad lo consideran una autoridad que da apoyo a sus puntos de vista, no como el origen de estos. Los delegados solían citar las fuentes antiguas de las cuales el mismo Montesquieu había obtenido su información. La fuente antigua principal, además de Aristóteles y Cicerón, casi siempre es Polibio.
Por tanto, como conclusión, podemos afirmar que fue Polibio y no Montesquieu quien inspiró la Constitución de los Estados Unidos ya que sabemos que el trabajo de Polibio sobre la separación de poderes es un precedente del de Montesquieu; su sistema de equilibrios es similar a los detallados en la Constitución de los Estados Unidos, y los llamados Padres Fundadores conocían, leían, citaban y admiraban a Polibio.

Para terminar, un par de detalles en boca de dos de los Padres Fundadores. Uno es Adams, quien en su libro An Essay on Man’s Lust for Power (1763) dijo, parafraseando Polibio, que no existía ninguna forma de gobierno que evite las violencias del poder, ya que la monarquía se convierte en despotismo, la aristocracia en oligarquía, y la democracia en anarquía. Y si con esto no es suficiente, está Madison, quien afirmó en The Federalist Papers(1787-88) que “el oráculo que siempre se consulta y se cita sobre este tema es el famoso Montesquieu«, por lo tanto si el oráculo es Montesquieu, el dios que le dicta las frases sólo puede ser Polibio.
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Buena reflexión. Excelente post
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Gracias
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